La solución es original: renunciar a las convenciones del género y exponer la artificialidad del mismo, transformando el relato realista y documentado en una construcción consciente y constante que no tiene reparos en deformar los hechos reales o añadir pinceladas de marcada ficción. En la serie, la propia Moria es narradora y observadora de los hechos: durante su fiesta de cumpleaños, mira hacia atrás y se proyecta a sí misma, observando una serie de maquetas que representan sus momentos más representativos. En ellas están sus respectivas actrices Sofía Gala Castiglione, hija en la vida real de la actriz, la interpreta en su juventud; Griselda Siciliani la encarna en su madurez y Cecilia Roth se hace cargo de los últimos años de la vida, incluyendo el episodio de la cárcel. El recurso es interesante y permite un elemento de sorpresa que lleva a la narración por caminos alocados y casi mágicos, emparentando la mirada con la de uno de los directores predilectos de la actriz: Paolo Sorrentino, el gran cineasta italiano de La grande bellezza y Fue la mano de Dios. Moria comparte mucho de una de las biopics realizadas por Sorrentino, Silvio y los otros, excéntrico acercamiento a la vida del polémico Silvio Berlusconi: como en esta serie, hay un continuo guiño cómplice entre creador y retratado, eligiendo tomar de su vida lo más glamuroso y concentrándose en esa belleza de lo efímero y superficial en vez de profundizar en los elementos más intrigantes.
El problema principal de la serie es que, más allá de esos apuntes, no hay elementos de sorpresa o alguna intención más allá del homenaje. Las mejores biopics son las que logran capturar la esencia del personaje sin idolatrías, encontrando en esa figura una forma de comentar, para bien o para mal, sobre el mundo que lo rodea. En Moria hay muchos elementos que se prestan para una mirada más incisiva, pero son tristemente reducidos a decorado al servicio de una colección de greatests hits: se presenta la escena argentina de teatro de los años ‘70, con algún comentario puntual sobre la cosificación de la mujer en el escenario, pero queda reducida a apenas una mención cuando la protagonista anuncia que, por contrato, ‘a ella no la toca nadie’. La dictadura cívico-militar, obviamente, también aparece en escena, aunque su tratamiento es aún más ligero: luego de usar su influencia para sacar de la cárcel a un grupo de bailarines gays, la voz en off declara que ‘en la dictadura, ser diferente te podía costar la vida’, dando paso a una larguísima escena en un baile clandestino en Tigre. Y los problemas personales de la diva, que incluyen varios abortos, una brutal terapia de electroshock autorizada por sus padres y diversas situaciones de violencia, se resumen en un (muy) breve montaje con palabras en pantalla y una fuerte presencia musical. Todos esos elementos, en manos más valientes, podrían haber sido material de una gran serie sin traicionar el espíritu de homenaje, pero aquí parecen más bien un colgajo incómodo que los guionistas sí o sí tenían que poner, casi con desgano.
El punto fuerte es, claramente, lo que los fanáticos vienen a buscar: los momentos polémicos y las peleas televisivas que ocupan gran parte de la serie, ficcionadas con notable histrionismo por Griselda Siciliani. En lo demás, Cecilia Roth intenta encontrar un punto más humano, aunque se lo impide nuevamente un libreto que no puede escapar de la obsesión por pasar de una muletilla a otra; en el caso de Sofía Gala, su propia conexión con el material le ofrece una dimensión emocional que no siempre está en el papel. La propia Moria actúa en los últimos momentos y junto a Gala, dos mujeres atravesadas por la decisión de la primera de convertir ambas vidas en un reality continuo y enfermizo, le dan a la serie su punto más emotivo cuando la madre, emocionada, le pregunta a la hija en la última escena: ‘¿Me perdonas?’. Si bien no hay un motivo claro para esta pregunta en ese contexto, uno podría asumir que el pedido de disculpas bien se debe, precisamente, a esa decisión. Es una lástima que Moria, la serie, no haga más por cuestionarla.