El tiempo siguió transcurriendo y el desastre de la falta de agua adquirió repercusión internacional. Algo previsible si consideramos la gravedad de la situación y lo extraordinario de que un país se quede sin provisión de agua potable para dos tercios de su población en pleno siglo XXI. Ante esto, el gobierno se parapetó en una victimización nacionalista insólita y desató una guerra retórica contra el mundo, acusando a los extranjeros de opositores y falsarios, y a los opositores locales de difundir una campaña antiuruguaya por el mundo.
Finalmente, llegaron lluvias que aliviaron la situación coyunturalmente y el gobierno se encuentra apuradísimo por decretar el final de la crisis hidríca sin haber concretado una sola medida ante la contingencia, salvo la exoneración de impuestos a las aguas embotelladas, cuando ya más del 80% de los habitantes del área metropolitana había renunciado al agua de la canilla para el consumo humano. Cínicamente, las autoridades comenzaron a decir que ellos, que seguramente nunca tomaron agua de la canilla, porque pertenecen a estratos acostumbrados a consumos de otra sofisticación, tomaban agua de la canilla, como la ministra de Economía, Azucena Arbeleche, o el ministro de Desarrollo Social, Martín Lema.
Ahora bien, las lluvias que cayeron aliviaron la situación, pero la sequía no terminó y nada sugiere que se pueda bajar la guardia y que en unas semanas o un poco más, nuevamente retrocedan las reservas. Se necesita una temporada de lluvias para normalizar la situación y si viene, fantástico, pero si no viene, la situación puede volver a repetirse.
Lo que el gobierno ha dejado claro con esta crisis y está dejando claro ahora, cuando se jacta del final de una crisis que no sabemos si terminó, pero que si terminó, no tuvo nada que ver con su gestión del problema, es que constituyen una sarta de incapaces, a la par de insensibles, pero que además solo están preocupados en disminuir el costo político. Porque son básicamente una agencia de publicidad, como los definió Rosencof, pero una agencia de publicidad meada por los perros. No olvidemos cuando el gobierno estaba apuradísimo por instalar que la pandemia había pasado y el presidente se fue surfear en La Paloma, en el medio de un crecimiento exponencial de casos que terminó con la saturación de los CTI y tuvo como corolario una masacre de 1.600 personas por mes entre marzo y junio de 2021, llevando a Uruguay al primer puesto de mortalidad por covid por número de habitantes en todo el planeta por una cantidad de semanas consecutivas.
Ojalá que de la crisis del agua haya pasado lo peor, pero la gestión de este desastre fue un espanto, y las supuestas soluciones, como la desalinizadora de Estados Unidos -que además es de una capacidad muy limitada- o la conexión con el río San José todavía las estamos esperando. En todo ese tiempo, el gobierno se mostró negado y negador y además mucho más preocupado en atacar a las autoridades municipales, que sí buscaron y propusieron soluciones, y a rechazar las críticas, pero también la ayuda internacional, tal vez porque se creen infalibles o, mucho más probable, porque saben que aceptar ayuda es reconocer el problema y saben que reconocer el problema es también reconocerse a ellos mismos como responsables.