El 6 de diciembre, al tiempo que la expectativa generada por su liderazgo comenzaba a desvanecerse, muere el presidente Óscar Gestido y asume Jorge Pacheco Areco. La continuación de la historia la conocemos muy bien.
Habría que remitirse unos años atrás, a la muerte de Luis Alberto de Herrera un 18 de abril de 1959, para rastrear el fin del ciclo histórico que estaba culminando y personificarlo en el histórico líder nacionalista. Nuevamente para ello recurriremos a la pluma de Carlos Quijano, que en la oportunidad escribió: «En sus manos lleva una frustrada y mutilada victoria. Una victoria que no pudo querer».
La historia y la vida de los líderes guardan una estrecha sincronía. Pero se trata de una sincronía desfasada, que no se solapa. Convencionalmente, el transcurso de una generación se estima en 25 años. Y debieron pasar 25 años para que el optimismo de los cincuenta, se interrumpiera con el quiebre institucional que preludió el ocaso de un modelo que fue jalonado, desde el gobierno o desde la oposición, por liderazgos asentados y prestigiados al nivel popular.
Debieron pasar 25 años de penurias, de confrontación política y social, de autoritarismo y de padecimiento, para que volvieran a emerger los liderazgos. Y debió llegar el año 1989 para que Tabaré Vázquez, que poco tiempo antes era un desconocido, comenzara a materializar ese nuevo liderazgo y ese nuevo modelo de país desde la Intendencia de Montevideo. La herencia del autoritarismo militar había quedado en el pasado (no tanto como podríamos pensar por entonces) y se abría el ciclo neoliberal, de la mano de los herederos de los caudillos desaparecidos.
El paulatino ascenso de la izquierda se dio, indiscutiblemente, de la mano de Tabaré Vázquez, que recogió el legado que le confiriera el general Líber Seregni y recién en 2005, con un país reducido a escombros, de la mano del oncólogo que surgió de la nada, se abrirían los caminos a un renacimiento por el que la sociedad uruguaya estaba clamando de manera casi desesperada. Comenzaba la era del «progresismo», un híbrido ideológico que a la luz del erial que se dejaba atrás tenía connotaciones revolucionarias. De las limitaciones del nuevo modelo hablará la historia, de sus fortalezas hablaron los uruguayos, que le dieron permanencia durante quince años, viviendo el éxtasis de su emergencia y padeciendo, sin comprenderla cabalmente, la decepción de su paulatino declive.
Pero en esta alternancia de goces y penas, hay una figura que no puede discutirse y esa es la de Tabaré Vázquez, cuyo primer gobierno sólo resiste la comparación con el primer mandato de José Batlle y Ordoñez (1903/1907) o, de manera más relativa, con los gobiernos del llamado «segundo batllismo».
Por lo mismo, para completar esta breve reseña, en tiempos de pandemia, con una economía globalizada en recesión, donde prima la incertidumbre y las fuerzas conservadoras amenazan con subvertir los logros alcanzados en los últimos lustros, sólo cabe decir que con Tabaré Vázquez no sólo se va un líder y un conductor, sino también un símbolo de la esperanza que siempre, aún en los momentos más duros, logró infundir en su pueblo. Y parafraseando nuevamente a Carlos Quijano, sólo nos resta repetirnos, casi obsesivamente, la frase con que comenzamos estas líneas:»Muere cuando el enigma está sin resolver, cuando la tarea se torna cada vez más urgente…»
Es que al decir de Sófocles en su clásica tragedia «Áyax»…»porque nada hay que no pueda sobrevenir»