Qué hubiera sido de ellos sin ellas
Entre 1724 y 1730 se lleva a cabo lo que los historiadores denominaron proceso fundacional de la ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo. Una especie de punto medio a la endémica discusión de la historiografía uruguaya, casi una tradición en todos los ámbitos de no encontrar una fecha exacta a los procesos. En el caso de Montevideo –como en el nacimiento mismo de Uruguay– las fechas son tres: la llegada estrepitosa de Zavala expulsando a los portugueses en 1724 y la formación por el mismo Zavala en 1730 del primer Cabildo; aunque la fecha más discutida, y por eso más cercana a la realidad, es la llegada del primer contingente a poblar la novel población en 1726. Una ciudad necesita pobladores y son ellos los que marcan el compás del nuevo poblado. En 1729 una nueva oleada de pobladores canarios llegó en el navío Aviso San Martín, dándole definitivamente a la ciudad un matiz canario inconfundible. Montevideo, una ciudad canaria Después de la llegada de los primeros canarios a partir de 1726, y más aun desde 1729, comenzó Montevideo a sentir la llegada de nuevos elementos desde Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes y Asunción del Paraguay. Este crecimiento no podrá ser tildado de explosión demográfica, dado que Montevideo tendrá una exigua población durante muchos años y su crecimiento no será acelerado. Pero es claro que llegaron a partir de esa fecha muchos más pobladores y soldados, tranquilos por su destino. Cuando el padre Cayetano Cattaneo cuenta en sus memorias el viaje del segundo grupo colonizador de canarios, al que él acompañó, nos da una somera idea de lo que significaba para la soldadesca arribar a este rincón desierto del sur. Cuenta el padre que “al saber los soldados su destino, parece que fuesen enviados al infierno”, es más, se produjeron una serie de conatos de sublevación y la idea del motín fue cotidiana en todos durante el viaje. ¿Qué hizo, entonces, que algunos años después Montevideo fuese un destino concurrido? Primeramente, ya no era llegar a trabajar, a crear, a levantar civilización en un desierto, trabajo que hicieron lentamente aquellos primeros valientes. De alguna manera, era más fácil llegar en 1730, con el Cabildo funcionando, los solares entregados y la ciudad encaminada. Pero no nos podemos olvidar de lo más tentador que Montevideo tenía en ese momento. Sus mujeres. Es claro que la conquista española no se caracterizó por la abundancia de mujeres, más bien por la escasez de estas, que se convirtieron en un “bien” muy escaso y preciado por los españoles. Hablamos de mujeres europeas, dado que los conquistadores convivían con indias y negras, pero estas últimas no gozaban en la mayoría de los casos de derechos, ni ellas ni sus hijos. Es así que llegaban a estas tierras los extranjeros que eran muy bien tratados por las isleñas (canarias), que los esperaban. Se creó, a partir de esto, un raro mito o tradición de la amable “hospitalidad” de las montevideanas. Es del todo cierto que sólo ellas les darían la esperanza y la fuerza a sus maridos y amantes para seguir sobreviviendo los primeros años en aquel desierto rodeado de indios bravos. De alguna manera la fiebre de los casamientos se apoderó de Montevideo: estos se daban uno tras otro en la pequeña comunidad que de esta forma se iba fusionando. Los hijos que nacían ya no eran ni canarios, ni porteños, ni peninsulares, eran montevideanos, eran hijos de aquel sueño. Pero es claro que en una ciudad en la que la mayoría de los pobladores son de determinada procedencia, el matiz será puesto en esta cultura. Se efectuaron entre 1726 y 1756 alrededor de 160 casamientos en los que ambos o por lo menos uno de los cónyuges era canario o hijo de canarios. Podemos ver en el Libro primero de matrimonios de la Catedral de Montevideo que de 1726 a 1750 se efectuaron 123 casamientos, en los que uno o los dos cónyuges son canarios o descendientes de estos. A su vez, vemos que desde 1751 a 1756 se efectuaron 37 casamientos con estas características. Factores demográficos Juguemos un juego, sólo un juego para comprender. El censo hecho en 1757 por el procurador general don Nicolás Herrera consignaba que Montevideo contaba con 173 casas y 1.667 almas. La cifra de 160 casamientos representa 320 personas; a estas hay que sumarles los hijos que seguramente tendrían en más de una oportunidad. Sabemos que la mortalidad infantil era un enemigo letal, pero la mayoría de familias consignadas en aquella época tenían por los menos tres o cuatro hijos, sino más. De esta manera, si sumamos estos más los canarios que llegaron casados, o que no lo hicieron, nos da un número estimado muy alto y significativo en aquel diminuto Montevideo de poco más de 1.600 personas. Un total de 160 casamientos sumados a sus hijos, más los llegados casados, más sus hijos y los solteros. Podemos decir, entonces, que la novel ciudad se canariza rápidamente, simplemente observando los números. Y a través de las mujeres, muy preciadas en aquel medio solitario y agreste. Más aun, si seguimos analizando esos números, veremos que 118 de los 160 casamientos son de mujeres canarias con hombres de otras nacionalidades, y que sólo 42 son de canarios entre sí o de hombres de las islas con mujeres de otras nacionalidades. Esto demuestra que la fiebre por las mujeres era grande y que fueron factor importante en el nacimiento de Montevideo como una realidad diferente y única. No podemos constatar a simple vista a los descendientes canarios de esas mujeres, su apellido muere con ellas, mientras que el de los hombres se perpetúa generación tras generación. Pero sería tonto quitarle preponderancia al hecho de que esas mujeres eran canarias y que en realidad cimentaron la ciudad desde abajo. Sigamos jugando. Pensemos que 118 mujeres canarias o hijas de canarios se casaron en Montevideo. Podríamos agregarle a estas diez canarias, aproximadamente, que llegaron casadas de las islas que estaban en edad de procrear (Padrón Millán). Aunque podemos hablar de algunos nacimientos de hijos de canarios llegados en el San Martín aquí en Montevideo, dejaremos de lado estos datos, dado que no tenemos edades que consignen la capacidad de procrear de las mujeres. Pero con estos datos diremos que 128 mujeres (sólo mujeres) tenían capacidad de procrear, asignándole cuatro hijos (tres niñas y un varón) a cada una y sólo tomando para el juego a las niñas. Otorgaremos por generación unos 50 años, entre la muerte de una generación y el nacimiento de otra. Volvamos hacia atrás. Tenemos entonces en 1738, según un funcionario real que pasó por Montevideo, “poco más de cien vecinos y trescientos hombres de tropa entre infantería y caballería”. Si sumamos la cantidad de mujeres del Padrón Millán con las del Padrón Gorriti, encontramos entre 21 y 23 mujeres (en edad de procrear), más algunas otras niñas que están por entrar en esa edad. Todo esto, sumado a los hombres y niños, nos da un promedio estimado que a simple vista es más que significativo, más de 50%, consignando los dos padrones. Podemos plantear, entonces, que en estos primeros años en Montevideo predominan los canarios, más que cualquier otra comunidad. En 1743 el gobernador del Río de la Plata, Domingo Ortiz de Rozas, planteó que Montevideo contaba con 154 habitantes; la tendencia canaria continuaba. El primer gobernador de la Ciudad, José Joaquín de Viana, en 1757 le asignaba 1.933 habitantes, número mayor que el de Herrera. Ya para 1757 tenemos los 118 casamientos efectuados. Si les asignamos los cuatro hijos (tres mujeres y un hombre) que dijimos, tenemos 354 (+118) mujeres. Entonces, 472 mujeres de todas las edades (sólo mujeres), en una ciudad de 1.933 habitantes, son 24,4%, todo esto sin contar a los hombres y sus descendientes. Para 1778 el padrón general levantado por el Cabildo de Montevideo estima la población en 4.270 vecinos. Ya han pasado casi 50 años de 1730, por lo que debemos deshacernos de una generación, entonces, 118 mujeres perecen. Nos quedan 354 mujeres, a las que les asignamos a cada una cuatro hijos (tres mujeres y un varón). Tenemos en 1780 unas 1.000 mujeres aproximadamente. Todo sin contar las líneas masculinas. Por último, diremos que a principios del siglo XIX, Félix de Azara estimó en 15.425 los habitantes de Montevideo y su ejido. Y aquí podemos terminar el juego diciendo que 50 años después (1830 aproximadamente), si quitamos a la generación que perece (354), tenemos 708 potenciales madres de cuatro hijos (tres niñas y un niño), las que procrean 2.114 hijas, sólo hijas, y entre hijos e hijas casi 3.000 (2.832); sin contar las generaciones que vienen por la línea paterna desde 1730. Para estos años los números ya no importan, ya que la ciudad tiene su personalidad y eso es lo importante. Más que nada, y a pesar de la intrascendencia del juego, la importancia radica en no olvidar que las mujeres son protagonistas de la historia aunque la misma historia las rechace. Esas mujeres son las que riegan las costumbres y la sangre canaria de una silenciosa manera; sus apellidos se pierden, pero su sangre permanece. Sangre canaria, apellido gallego Quizás no muchos sepan que José Artigas, caudillo principal y prócer de Uruguay fue uno de esos silenciosos canarios, dado que su abuela por parte de madre (María Camejo) era una canaria llegada en 1729 en el navío San Martín. Pero la realidad marca que esas mujeres fueron para Montevideo una luz, un apoyo en tiempos difíciles. Escritores y viajeros notaron su independencia y sus matices únicos. El muy punzante abad Dom Pernetty, quien visitó estas costas entre 1763 y 1764, nos ha dejado una interesante descripción de las mujeres de la época, claro está, desde la perspectiva de un cura francés. Nos cuenta Pernetty que las montevideanas gozan de la misma libertad que las francesas: “Ellas hacen sociedad de muy buen grado y no se hacen de rogar para cantar, bailar, tocar el arpa, la guitarra o la mandolina. Ellas son mucho más complacientes que nuestras francesas”. El abad nos habla sobre lo complacientes que son las montevideanas, demostrándonos el mito del que hablábamos anteriormente y que viene definitivamente de los primeros años de Montevideo tras aquel mar de casamientos que se sucedían como si el mundo fuera a terminarse. Más aun, Pernetty nos habla de la libertad de las mujeres: plantea que “en sus casas tienen la misma libertad que las francesas”. Se nos esclarece el panorama si partimos de la base de que Montevideo, en sus primeros días, necesitó del trabajo del hombre y de la mujer conjuntamente para levantar de la nada una ciudad, y no es raro pensar que la mujer, al ser preciada por la mayoría de los hombres, encontró su lugar en esta mínima sociedad, siendo ella la protagonista y el premio de las veladas. Las mujeres eran muy coquetas en aquel Montevideo, nos cuenta José Manuel Pérez Castellano (1743-1815), montevideano de la primera hora (hijo de dos inmigrantes canarios): “Las mujeres generalmente gastan medias blancas de seda, sayas de lo mismo, negras para la iglesia, y de otros colores para el paseo […] En el peinado, hebillas, zapatos y los vestidos tiene tanta jurisdicción el capricho y los modifica tan diversamente, que sería dificultoso hacer relación circunstanciada de su diversidad”. Y así sigue detallando Pérez Castellano sobre los avatares de la moda de las montevideanas tan caprichosas en su vestir. Por último plantea el clérigo que “regularmente visten con honestidad sin descubrir jamás los pechos, y muchas veces ni aun la garganta”, pero aunque eso no significa nada, dado que lo que no se ve, se imagina, el cura debe hacer algunas salvedades: “Y digo muchas veces, porque algunas están de otro parecer”. Y agregándole más realidad a su carta, culmina diciendo: “No hay materia en que se pueda hablar con menos seguridad que esta”. En todas las épocas las mujeres montevideanas han sido reconocidas por su lugar en la sociedad. Cuando los ingleses invadieron Montevideo a principios del siglo XIX, los mismos invasores contemplaban maravillados a las nativas. Se enamoraban y siempre tenían algo que decir sobre su libertad y su lugar en la sociedad. Nos relata un inglés sobre las mujeres: “Dejadme que os llame la atención sobre los grupos de mujeres hermosas que se pasean por las azoteas de sus casas; no parece disgustarles que las miremos… no son enemigas de los ingleses, como sería de suponer; sus maneras son francas y sus pasiones, como la llama contenida largamente, tan solo esperan una oportunidad para inflamarse con intensidad […] He seguido varias veces con admiración los pasos de las mujeres de esta tierra; ¿Cómo describir su andar hechicero? No es el gracioso porte de Melpómene, ni el paso de sílfide de una adolescente; ¡es algo exquisitamente encantador! El paso es corto e irregular, el porte elegante, el aire gentil y todo el conjunto tan agradable, que la descripción resulta pálida comparada con la realidad”. Aquellas mujeres no eran enemigas de los ingleses, nos cuenta este fascinado invasor –que no es el único–; los casacas rojas enamorados se repetirán en aquel Montevideo tomado. Más adelante siguen las referencias hacia aquellas doncellas de Montevideo, que sin duda se generaron en el matiz canario de la ciudad. Mellet se percata de ese lugar en la sociedad que consiguieron las mujeres en general: “Las mujeres en general hablan castellano con mucha corrección y gusto, pero lo que influye en sus atractivos es la tendencia irresistible que tienen por toda clase de bebidas y por el tabaco de fumar; han contraído el vicio de tal manera que no lo dejan hasta la tumba”. Sí, esas son montevideanas. ¿Cómo generaron ese lugar? Hay que ir hacia la fundación de la ciudad, las primeras canarias y la creación de la nada de civilización. Es ya en el siglo XIX que, en 1820, Freycinet nos cuenta: “Las señoras estaban bien vestidas y con mucho gusto”. Más adelante critica sus zapatos, pero culmina diciendo: “No respondían ni a la pequeñez ni a la hermosa forma de sus pies”. Las mujeres han sido las grandes olvidadas de la historia desde siempre y la de Montevideo no es una excepción. Pero claro está que fueron las que forjaron la ciudad a la par de los hombres. Trabajando, amando, divirtiéndose, pero también criando a sus hijos, siendo madres abnegadas. ¿Cuántas canciones de cuna les habrán cantado? ¿Cuántos “arrorró” habrán enseñado a sus hijos, que hasta hoy se utilizan en Uruguay? Esta es la canción de cuna con la que se durmieron los hombres que generarán el Uruguay. Artigas, Lavalleja, Maciel, Herrera, entre muchos otros. Cuenta Isidoro de María: “Usos y costumbres, como tantas otras que dejamos en el tintero, del tiempo de nuestros abuelos, en que las buenas mamás, haciendo el arrorró al niño, o meciendo la cunita de madera, cantaban el ‘arrorró mi niño, arrorró mi sol, arrorró pedazo de mi corazón’…”. Justamente esta canción de cuna, tan repetida en Uruguay desde la época colonial, es una voz originaria de la Islas Canarias. Consignan varios autores que ya en el siglo XVIII el poeta tinerfeño Marcos Alayón, en una “Loa de Adoración para la noche de Navidad”, lo empleó en la forma de Gran Canaria (arroró): “Duérmete, mi amor Descansa, no llores, arro, ró Que mi culpa es justo Que la llore yo, arro, ró, ró”. Así, esas madres rescataron parte de su pasado canario y lo colocaron dentro de las costumbres montevideanas, que por línea directa fueron orientales hasta convertirse en uruguayas. Estas mujeres fueron manos para trabajar en esos primeros años, fueron pechos en los que llorar en tiempos difíciles, fueron cuerpos en los que gozaron maridos y amantes y fueron vientres de los que nació Montevideo.