Por supuesto, los blancos seguidores de Wilson Ferreira Aldunate y su hijo Juan Raúl exiliados, perseguidos y encarcelados por el gobierno autoritario y los adherentes a Carlos Julio Pereyra, otros nacionalistas dignos que sí se opusieron a la dictadura, tienen derecho a evocar a Michelini y al “Toba” Gutiérrez Ruiz.
Esto no es un homenaje sólo a prohombres de la política y demócratas auténticos. Esto es honrar la memoria de las víctimas de un magnicidio y a dos mártires de la lucha por la libertad.
¿Quiénes tienen derecho? Sólo los que se opusieron a la dictadura: la izquierda, el movimiento sindical, el movimiento estudiantil y, por supuesto, los colorados dignos, los verdaderos batllistas y los blancos dignos, los wilsonistas, más allá de que luego votaron, en diciembre de 1986, un perdón a los verdugos de Michelini y Gutiérrez Ruiz.
No tienen derecho los colorados traidores, los pachequistas aliados de los militares, los blancos aliados de los militares y los más de dos centenares de miembros de ambas colectividades tradicionales que mancillaron su propia historia, cuando colaboraron con los criminales ocupando cargos de confianza, en el Consejo de Estado, usurpador al disuelto Poder Legislativo, en ministerios, en direcciones de empresas públicas y en gobiernos departamentales.
No tiene derecho, por ejemplo, el senador Pedro Bordaberry, quien nunca condenó el golpe de Estado encabezado por su padre, el dictador Juan María Bordaberry, por genética familiar e ideológica, cuyo régimen autoritario también fue responsable por los magnicidios. Tiene poco derecho el Partido Colorado, que nunca pidió perdón por la ruptura institucional, porque el segundo dictador del proceso también fue un colorado: Alberto Demicheli.
El Partido Colorado tuvo otros personajes siniestros que fueron cómplices de la dictadura desde altos cargos de gobierno, como el penalmente sentenciado y hoy fallecido excanciller Juan Carlos Blanco, y el también desaparecido exministro de Economía y Finanzas Alejandro Végh Villegas, quien inauguró una de las primeras experiencias neoliberales en Uruguay, epígono del ministro de Hacienda del segundo colegiado blanco, Juan Azzini. Tiene poco derecho el herrerismo, porque el general Mario Aguerrondo, quien fue candidato a la presidencia por el ala conservadora herrerista en las fraudulentas elecciones de 1971, fue uno de los cabecillas de la insurrección militar que aniquiló el estado de derecho y arrasó a las instituciones.
No tienen derecho, porque el blanco Martín Recaredo Echegoyen presidió el Consejo de Estado y usurpó el lugar de los legisladores electos expulsados del Palacio de las Leyes, que se transformó en una suerte de cementerio, ultrajado, en la mañana del 27 de junio de 1973, por el golpista y luego dictador general Gregorio Álvarez, quien entró a la fuerza junto a su patota militar.
Los nacionalistas de derecha tienen la conciencia sucia, porque su correligionario Aparicio Méndez, que fue dos veces ministro en sendos gobiernos colegiados blancos, fue el tercer dictador de un proceso que duró doce años de espanto, de muerte, de represión, de torturas, de asesinatos, de desapariciones y de pillaje.
¿Tiene derecho a homenajear a Michelini y al “Toba” el expresidente herrerista Luis Lacalle Herrera, quien fue electo diputado en 1971 por el ala derechista que apoyó la candidatura del golpista Aguerrondo? ¿Tiene derecho Lacalle Herrera, que, siendo muy joven, publicó el libro “Trasfoguero”, que lisonjea al sangriento dictador español Francisco Franco, y cuando éste falleció en 1975, concurrió a la embajada española y saludó con el brazo derecho extendido, a la usanza de la fascista Falange Española? ¿Cómo justifica su hijo Luis Lacalle Pou esa deleznable actitud?
Incluso, ¿tiene derecho Julio María Sanguinetti a homenajear a Michelini, luego de haber negado la existencia del criminal Escuadrón de la Muerte que operó antes del golpe de Estado, poner en duda la existencia del Plan Cóndor y, según se sospecha, quien pudo haber pactado con el golpista general Hugo Medina la proscripción de Wilson Ferreira para que no fuera candidato y así poder ser electo presidente?
Incluso, ¿puede homenajear al emblemático batllista, que fue compañero de él en la lista 15 de Luis Batlle Berres cuando, en secreto, en el Pacto de Anchorena, siendo ya mandatario, habría garantizado según testimonios de personas cercanas al cónclave cívico militar celebrado en esa residencia presidencial la impunidad de los delitos de lesa humanidad? Luego, Hugo Medina fue ministro de Defensa Nacional del gobierno de Sanguinetti. Es obvio que era quien estaba a cargo de tutelar una democracia que nació amputada por la exclusión de decenas de políticos proscritos y miles de presos políticos.
¿Por qué la derecha aún hoy insiste en exigirle al MLN que pida perdón por su actividad guerrillera, cuando colorados y blancos no pidieron un perdón, por lo menos simbólico, por el hecho de que decenas de sus miembros colaboraron con la dictadura y, aunque no hubieran sido la mano ejecutora, tienen responsabilidad, por lo menos indirecta, en los asesinatos de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz hace ya cincuenta años?
Mientras ellos ocupaban bancas en el ilegal Consejo de Estado y usurpaban cargos en ministerios, empresas públicas y gobiernos departamentales, la dictadura cívico militar consumó sendos magnicidios. ¿Por qué no piden perdón por la complicidad de sus miembros con el criminal gobierno autoritario?
Si comparten las banderas de verdad y justicia que sostienen los familiares de los desaparecidos cada 20 de mayo, ¿por qué no se pliegan a la Marcha del Silencio? Es muy factible que sientan vergüenza y/o culpa, por no condenar lo que deben condenar, por no callar lo que debieron callar, por no decir lo que debieron decir, por no pedir disculpas por la deleznable conducta de sus correligionarios traidores y por levantar la mano en el Parlamento en diciembre de 1986, para perdonar a los verdugos que asesinaron a Zelmar y al “Toba”. Esa lápida sólo se levanta con un arrepentimiento sincero y firme compromiso democrático. De lo contrario, la historia no los absolverá, porque la memoria es invulnerable al olvido.