Este fue, de hecho, el punto de vista desarrollado por la ultraliberal primera ministra inglesa Margaret Thatcher: «una tal cosa como la sociedad, no existe«. Para ella, sólo existirían los individuos. En esta visión, si cada uno optimiza su vida el conjunto será armonioso. Por lo tanto, hay una clara distancia entre las concepciones liberales y la visión católica. Nosotros tampoco podemos separar la opción preferencial por el pueblo de la crítica al neoliberalismo. En otras palabras, el pueblo se forma como una entidad política en el rechazo de la visión neoliberal y alimenta su identidad con los puntos de apoyo que encuentra, para hacerlo, en su cultura específica.
Desde allí pasamos al tercer punto que puede conducir a una visión universalista fraterna compartida entre creyentes y no creyentes. Esta es la definición de un pueblo «abierto». Me parece que llega en el momento adecuado en el debate francés. Nosotros también rechazamos la noción de un pueblo encerrado en la repetición de una identidad congelada. «Los grupos populistas cerrados«, escribe el Papa, «desfiguran el término «pueblo», ya que en realidad de lo que hablan no es del pueblo real. De hecho, la categoría de «pueblo» está abierta. Un pueblo vivo, dinámico y que tiene futuro está permanentemente abierto a las nuevas síntesis, incorporando al que es diferente. No lo hace negándose a sí mismo, sino que, por estar dispuesto a cambiar, a cuestionarse, a desarrollarse, a enriquecerse; y así puede evolucionar«. Aquí encuentro lo que dice Edouard Glissant cuando nombra y describe esta apertura. «La criollización [«créolisation», en francés]», dice, «es un mestizaje de artes, o de lenguajes que produce lo inesperado (…). Es la creación de una cultura abierta e inextricable, que trastorna la uniformidad de los principales medios de comunicación y centros artísticos. Se hace en todos los campos: en la música, las artes visuales, la literatura, el cine, la cocina, a un ritmo vertiginoso (…)». Al retomar en sus palabras esta observación, el Papa facilita el surgimiento de una concepción universalista basada en una intimidad ampliamente compartida. Ésta es indispensable para construir la cultura de la ayuda mutua humana general frente a las angustias globales que enfrentamos. Concluyo tomándole prestadas sus palabras a Jorge Mario Bergoglio. «Es muy difícil proyectar algo grande a largo plazo si no se convierte en un sueño colectivo. Todo esto se expresa mediante el sustantivo «pueblo» y el adjetivo «popular». Si no fueran tomados en cuenta –con una fuerte crítica a la demagogia– se dejaría fuera un aspecto fundamental de la realidad social.»