El otro día, uno de mis hijos me envió la foto de una oruga (léase bicho peludo) posada en una hoja de ceibo, que él sostenía por la punta; no diré que la oruga era bonita, pero al menos era impactante. ¿Qué necesidad tenía mi hijo de hacer esa fotografía, y mucho menos de enviármela? La belleza es un advenimiento o una epifanía, o sea eso que sucede de repente, y esto vale para cualquier belleza, la del niño que juega solo, abstraído en su monólogo fantástico, mientras sus padres duermen la siesta; la del mar, el cielo, el viento y los árboles, únicos testigos del juego del niño (además de mí misma, que me levanto en silencio, y en silencio lo miro jugar, sin que él lo sepa).
¿Qué tienen en común todas estas cosas? Comparten el hecho de no ser exactamente cosas, sino más bien momentos o fenómenos efímeros, que no podemos traer a nuestra presencia por el simple imperio de la voluntad, sino que vienen cuando ellos quieren, cuando termina de caer una estrella fugaz o cuando acontece un milagro. La belleza, dice Cheng, es un “aparecer ahí”, un entrecruzamiento, una interacción, un encuentro entre lo que acontece bajo el signo de lo bello, y la mirada o la sensibilidad que lo capta. Lo primero que me entusiasma de esta idea es que derriba un concepto demasiado arraigado en la cosmovisión de Occidente. Creemos que la belleza viene dada; al menos así la concibieron los griegos. Había que sacarla del mármol, donde yacía escondida, a golpes de martillo y de cincel. Había que convocarla en la pintura, en la música, en la poesía y en la narrativa, por medio de medidas o cánones que incluían la regla de oro o la armonía ideal de los entes. Parece que nada de esto es así.
Los absolutismos estéticos no serían tales. Según Cheng, una pintura de Cézanne nació de un encuentro entre el pintor y la montaña Sainte-Victoire. No se sabe qué le dijo la montaña, o que no le dijo, pero la belleza de la obra no es solamente el resultado de unas manchas de óleo, sino ese algo que se aparece de modo súbito, y que puede desaparecer con idéntica rapidez. La belleza, básicamente, es una cosa viva que nunca se entrega por completo. Hay que sudar un poco para descubrirla, especialmente si tenemos en cuenta, como dije antes, la enorme dosis de maldad que nos rodea. En el prólogo a la obra de Cheng, expresa Jean Mouttapa: “¿Para qué hablar de la belleza si no es para tratar de hacer volver al hombre a lo mejor de sí mismo y sobre todo aventurar una palabra que pueda transformarlo?”.
Me parece que en esa frase se resume con gran claridad la idea fundante sobre esta cuestión. Hablar de belleza porque sí no tiene mayor sentido; sería algo así como un escándalo, una banalidad, un pecado de frivolidad. Pero si logramos comprender a la belleza a partir de una conciencia aguda sobre la barbarie del mundo, sin olvidar ni siquiera por un instante la presencia del mal, entonces podemos trascender la banalidad. La estética da paso a la ética. Ya dijo Dostoievski que la belleza salvará al mundo, porque como señala Cheng, “cada experiencia de belleza recuerda un paraíso perdido y llama un paraíso prometido».
En el ejemplo del niño y su monólogo, ¿qué es lo bello, y dónde está? No se sabe, pero se siente. Su aparecer ahí es siempre nuevo, sorprendente, luminoso. No importa si el niño crece y se va, y un día vuelve y lo encontramos cansado, gastado, con los restos de su infancia tirados en los caminos de la existencia y sin rastro de belleza. ¿O sí? ¿Puede un rostro ser bello sin cesar, una vez y otra y otra más, aún en medio de las miserias de la vejez, la decrepitud y la locura? Yo creo que sí puede. Yo al menos lo experimenté con mi madre, en sus días finales. Para Cheng una verdadera belleza debe ser misteriosa y sin fondo… como la última mirada que mi madre me echó, desde su lecho de muerte, durante aquel día de marzo tan lleno de sol y de aire tibio.