Cumplir 50 años en el quehacer poético es toda una hazaña, no solamente de temporalidad y de perseverancia, sino también de pulso sobrio, vibrante y sostenido. Penco recordó que el primer poemario del autor se publicó en un año paradigmático y preñado de acontecimientos terribles: en 1968 se produjeron el Mayo francés, la matanza de Tlatelolco en México, el asesinato de Martin Luther King en Estados Unidos, la continuada catástrofe de la guerra de Vietnam y un largo etcétera. Pero ¿qué había pasado 50 años atrás de ese 68? Nada demasiado agradable. Terminaba la Primera Guerra Mundial, con su horroroso rastro de violencia y de muerte, y una porción de jóvenes poetas –todos caídos en batalla- nos dejaba cierto número de versos estremecedores, que hablaban de su juventud escamoteada, de la desesperanza y del absurdo.
En la tormenta de la historia, la tormenta de la poesía desparrama las semillas creadoras. De aquellos jóvenes prematuramente caídos, a la obra de Jorge Arbeleche, están tendidos un viento y una lluvia en la que sobresalen la obsesión por el tiempo perdido y por el tiempo recobrado, por la cotidianidad devenida en universalidad, por el instante que insiste en ser eterno, capturado en una visión, en un olor, en una rememoración mínima. Y en el medio, volando en alguna de esas semillas, anda también el poeta español León Felipe, de quien también se cumplen en este 2018 50 años de su muerte.
Si Arbeleche rescata la alegría diminuta y la tristeza triunfante -como lo dicen, en el acápite de su último libro, Juana de Ibarbourou y Marosa di Giorgio-, León Felipe nos habla de la lucha entre la miseria de la humanidad y el resplandor de la esperanza, nacida de esa misma miseria; porque, al fin de cuentas, si el animal humano es capaz de los actos más degradantes y bestiales, es también el productor de todo cuanto existe de luminoso y de trascendente sobre la faz de la Tierra.
Durante el acto en el Centro Cultural de España, Arbeleche leyó un poema, titulado ‘Con Martha en Florencia’, que yo también había elegido para comentar, porque se trata de uno de los que más me han tocado el alma:
“Le cuento que pienso a veces
en las nubes como pastores blancos
que preparan la mesa roja de la resurrección
y allí estaremos todos sentados y serenos
mirándonos mirar la cabecera
donde nos estará mirando Dios”.
León Felipe también tiene en cuenta a Dios, pero la suya es una melancolía de muy diverso signo. No sé si le habrá agradado la idea de que Dios lo mirara; según él, Dios nos arroja al mundo para divertirse a costa de nuestra mezquindad y demás vicios. Es cierto que su vida no fue demasiado amable. Le tocaron las duras.
Como tantos otros españoles tuvo que desterrarse de su patria y se convirtió en una especie de embajador y patriarca del exilio. Se ha dicho de él que es un poeta conocido pero no reconocido. Lo primero, por simple evidencia, es cierto. Lo segundo es un asunto dudoso, sujeto a interpretación. Empezó su vida como farmacéutico, puso botica y dio algunos pasos en la actuación teatral, pero terminó en la cárcel por deudas. En prisión leyó y releyó El Quijote.
Cuando lo liberaron ya no era el mismo. Durante el resto de su vida, que fue muy larga, no pasó un solo día sin escribir y sin dar vueltas a sus grandes temas: la soledad, el destino trashumante, las paradojas irónicas de la existencia. León Felipe jugaba a ser lo ínfimo, lo humilde, lo castigado y roto. No le importaba, por otro lado, el cultivo de las formas y de la métrica elegante; no decía lo que -más o menos- todo el mundo esperaba que dijera. Al contrario: metía el dedo en la llaga y ponía cara de pocos amigos. Él mismo llegó a afirmar: “Creo que soy el más torpe y el más ciego de todos los poetas españoles, pero me salva el poder responder de todos mis versos con mi sangre”.
En alguna vida pasada debió haber sido monje trashumante, de esos que iban de pueblo en pueblo predicando contra todos los males del mundo y denunciando a lo largo y a lo ancho las miserias humanas. Por lo menos eso se desprende de muchos de sus versos. “Así es mi vida, piedra, como tú”, dice en uno de sus poemas más famosos.
“Como tú,
que en días de tormenta,
te hundes en el cieno de la tierra,
y luego centelleas
bajo los cascos,
bajo las ruedas”.
Y en ‘Romero’, expresa:
“Ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero”.
Volviendo a aquella afirmación de que la poesía no suele ser el fuerte de los uruguayos, yo creo que, en todo caso, no es el fuerte de nadie, sino más bien la inquietud, el desasosiego y la incitación permanente a pensar. Por suerte para Uruguay y para el mundo, contamos entre nosotros con un Jorge Arbeleche, entre tantas voces formidables. Por suerte, la poesía nos desnuda, nos expone, nos coloca frente a lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Eso no suele ser un motivo de atracción en estos tiempos facilistas en que campean las mentiras, las deformaciones, las frases huecas de dos renglones y los consuelos de tontos. Busquémosla, pese a todo. La poesía, esa tormenta, continúa soplando y derribando muros.