La psicología del odio
Por Alfredo Percovich
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Por Alfredo Percovich
Alexandre considera que es necesario formar conciencia crítica, poder «ver y escuchar más allá de lo inmediato», instalar «la importancia de la responsabilidad de opinión, el respeto y la acepción del disenso», como una forma de construir puentes para una convivencia verdaderamente democrática. En espacio de conversatorio e ideas, habló de Freud, Marx, lucha de clases, feminismo, el miedo, la rabia y se detuvo especialmente a analizar la figura del general Manini Ríos en la escena nacional y su incidencia en el endurecimiento del discurso del gobierno. Desde su óptica, Manini es una «caricatura del patriarcado», una especie de «padre autoritario que le habla a sus hijos desde el rigor».
¿Cómo definirías el escenario actual que solemos sintetizar como «grieta»?
Lo veo como un panorama socialmente hostil, que precisamente favorece la existencia de ese término que designa una rotura, una fractura que nos divide como colectivo. Los unos y los otros, los buenos y los malos, izquierda y derecha, fachos y bolches, focas y rosados, machistas y feministas. Una lógica poco sana que afecta valores y que no ayuda a entender la complejidad de la vida política ni a integrarnos como sociedad. La llamada “grieta” se transforma en un lugar imaginario que termina construyendo una forma de pensar distorsionada, bipolar que dificulta la autocrítica y también la búsqueda de consensos en tanto todo lo equivocado está enfrente y la verdad se ubica en el lado al que pertenezco. Es una variable de la teoría de los dos demonios. Esto es peligroso porque ese pensamiento genera odio, prejuicios, el desprecio por el diferente, la desconsideración por el otro.
¿A dónde conduce el odio?
A pesar de que el odio -igual que el amor- es de los sentimientos más primarios que nos atraviesan como seres humanos, puede tornarse peligroso cuando no lo logramos integrar correctamente. Es una emoción negativa que mal encauzada lleva a la intolerancia y a la violencia. No conduce a nada bueno.
¿Crees que estamos «contagiando» a las nuevas generaciones ese clima de odio y desprecio por el distinto?
Tal vez no estemos siendo suficientemente conscientes de la importancia de intervenir para terminar con ese discurso que lo alimenta. Al no hacerlo, corremos el riesgo de estar dejando un legado fértil al desarrollo de espirales de violencia que se nutre del odio por el que piensa distinto. Ese «otro» distinto se transforma en algo persecutorio al que, como tal, hay que destruir por temor a que nos dañe. De ahí la importancia y la necesidad de “desactivar” esa lógica de grieta social. De trabajar para cerrarla, para «despolarizar» la vida política.
Los hechos recientes de rociar con combustible y prender fuego a personas que viven en la calle, apalear con bates de béisbol a adictos en situación de calle e incluso el ataque a puñaladas a un militante político en el departamento de Salto ¿son casos aislados o pueden ser analizados como consecuencia del discurso del odio y la aporofobia, entre otros factores?
Quisiera creer que son hechos aislados más propios de trastornos de conducta individuales que de algo planificado por una organización política. De todos modos, también puede ser pensado como un síntoma que habilita la pregunta sobre qué nos está pasando como sociedad. Porque más allá de que pudieran ser conductas individuales, no son cualquier conducta, activan una señal de alerta que no sería adecuado negar. Estos actos son más que la consecuencia de un discurso, también son parte de una cultura que empieza a fallar en sus funciones esenciales como la de regular la convivencia o el crear condiciones de satisfacción de las necesidades humanas. Nuestra cultura actual favorece la rivalidad, la inmediatez, la exclusión y la intolerancia. La violencia, por tanto, es su máxima expresión. Debemos entender que los opuestos no necesariamente tienen que ser eliminados, que lo antagónico puede contener afinidades a incluir. No hacerlo es banalizar la política, además de ser peligroso.
El presidente de la República planteó una particular visión en la que, por un lado, estarían los que protestan y, del otro lado, «la gente de bien».
Precisamente en la línea de lo que veníamos diciendo con respecto a desactivar el odio, todo lo que divide no suma en ese sentido. No creo que sea el ánimo del presidente ahondar la grieta. O no debería serlo. Para eso debe darse cuenta de la importancia del contenido de su discurso en estos tiempos en que a los cambios políticos se le suma la incertidumbre de la pandemia. Todos estamos más susceptibles, irritables. Los mensajes políticos -especialmente del presidente de la República- deberían ser en el sentido de promover la unidad y no la división. En todo caso, ¿qué es ser “gente de bien”? ¿No protestar? Seguramente podemos coincidir en que la mayoría de los uruguayos estamos “del lado del bien”, que es otra cosa bien distinta si definimos ese lado como el de quienes se unen en la defensa del trabajo, la solidaridad, la salud, la justicia, entre otros valores y derechos compartidos. El lado del bien incluye el derecho a protestar cuando algo de ello se pierde o hay riesgo de perder. Obviamente, el lado del bien admite la protesta pacífica.
En este espacio hemos consultado a distintos sociólogos, filósofos y cientistas políticos sobre los ataques -especialmente desplegados en redes sociales- contra los trabajadores y los sindicatos. Hay quienes sostienen que se trata de odio de clase y quienes consideran que en realidad son embates que apuntan al gran bloque social que es visualizado como el espacio que confronta ideas con el gobierno, en un panorama de cierta confusión de la oposición política. ¿Tú cómo lo percibes?
Pienso que las dos hipótesis pueden ser complementarias. Es un tema difícil de desarrollar en pocas palabras. Para muchos, hablar en la actualidad de “lucha de clases” es algo obsoleto. Y podría serlo si se remitiera al concepto marxista del siglo XIX que de algún modo pierde vigencia en el siglo XX. Sin embargo, muchos de esos conceptos hoy se han reformulado y adecuado a las realidades del capitalismo actual. El mundo de hoy impone la necesidad de renovar las ideas de forma permanente. En un momento en que, como tú dices, la oposición presenta un “panorama confuso” a punto de partida de la falta de una sincera autocrítica que dificulta instalar una discusión ideológica más profunda; el movimiento sindical se presenta tratando de interactuar e integrar a la mayor parte de los sectores sociales para defender los logros conseguidos y sus reivindicaciones actuales. Esto puede ser visto como una amenaza por aquellos sectores económicos con intereses antagónicos a los trabajadores. De ahí, tal vez, la necesidad de desacreditarlo, de debilitarlo mediante los ataques públicos. Es evidente que las redes sociales están siendo utilizadas por muchos para el despliegue y desarrollo de discursos y campañas de odio y, lamentablemente, no creo que se esté haciendo todo lo suficiente por poner límites. Lo peligroso es que si se debilitan las «redes sociales reales” -las que están desarrolladas por organizaciones humanas tangibles-, entonces se fortalecerá la incidencia de estos mensajes virtuales que fomentan la fragmentación social.
¿Qué incidencia tiene un partido como Cabildo Abierto en el panorama nacional y, especialmente, en el Parlamento y en el gobierno de coalición?
Seguramente un politólogo podría dar una opinión más calificada que la mía. De todos modos, creo que este partido permite visibilizar más claramente una expresión ideológica que se encontraba mayoritariamente distribuida en los partidos tradicionales. Un partido integrado por muchos simpatizantes o incluso participantes de la dictadura, en el que una parte de la población parece haber encontrado -quiero creer que circunstancialmente- en el general Manini un líder mesiánico, con aire populista, con el cual se identifica. Referente de la derecha más autoritaria al punto de estar proponiendo una nueva ley de caducidad. Es un hombre que impresiona como “desafectivizado”, poco diplomático y sin interés en serlo, rígido, marcial, de tono autoritario, que cuando habla parece no querer explicar, sino juzgar y dar órdenes. Una caricatura del patriarcado. Un padre autoritario que nos habla como a “hijos del rigor”. Si al príncipe -a decir de Maquiavelo- se lo conoce por quienes lo rodean, varias de las expresiones públicas de sus principales colaboradores -además de las suyas, por supuesto- podrían dar cuenta de su más genuino pensamiento. Recuerdo algunas, como los dichos de su esposa Irene Moreira, que, de ganar el Frente Amplio, “no sabría si habría elecciones en cinco años”; las expresiones del diputado Martín Sodano sobre suprimir la agenda de derechos, sus comentarios sobre el aborto, como el “si te gustó, bancátela”, o la más reciente declaración de la diputada Ynés Monzillo, quien entiende que el femicidio no está motivado por el odio del hombre, sino que “tal vez tiene un exceso de amor y por eso la mata”. A la coalición multicolor, creo que -aunque no lo diga públicamente o lo haga en voz baja- esta convivencia le significa un problema a corto, mediano o a largo plazo, pero un problema al fin, en tanto muchos de los integrantes de la misma no comparten esa visión autoritaria, que incluso algunos ven como retrógrada. Pese a todo, entiendo positiva su inclusión política y su inserción en el escenario democrático. Más allá del desempeño electoral que los llevó a su representación parlamentaria actual, ahora se les abre el desafío de tener que sostener el discurso con argumentos y razones. Al decir de Unamuno, tiempos de convencer y no de vencer, tal como estaban acostumbrados. Tarea no sencilla, por lo visto, hasta ahora.
¿Vivimos en una sociedad bajo sospecha? Te lo pregunto específicamente en relación a cierta estrategia que sugiere auditar todo porque casi todo «huele mal». Y, en tal caso, ¿eso puede generar una futura construcción de eternas revisiones y hasta revanchas con los sucesivos recambios de gobierno?
Acá también, sin pecar de ingenuo, prefiero ser un poco más optimista, sobre todo en materia de derechos. Por un lado, la palabra del presidente de la República de respetar los derechos obtenidos, incluso alguno con el que, en su momento, no comulgó. Muchos de esos derechos -más allá de lo que el discurso oficial diga en la interna del país- nos prestigian internacionalmente, lo que constituye un factor favorecedor para la promoción de las inversiones que estimula el gobierno. Puede ser que se intente obstaculizar algunas acciones o prácticas derivadas de esos derechos. Pero, en ese caso, los uruguayos no “de bien”, sino “del lado del bien”, como decía anteriormente, deberán estar atentos para alertar en caso de que así fuera.
Con respecto a la revisión de la instrumentación de las políticas sociales, considero que no sumaría al cierre de “la grieta” si esta se hiciera con espíritu de revancha o de justificación de recortes económicos. Por el contrario, creo que mejorarlas, convertir alguna en política de Estado que le dé continuidad, incluso en sucesivos gobiernos con otros signos, sería una buena medida. Si de esas revisiones surgiera la existencia de delitos, debidamente probados por la Justicia, su condena debería ser unánime. Sumar al cierre de “la grieta” también implica no justificar los errores, menos los delitos, vengan de quien vengan.
¿Qué puede hacer la psicología y específicamente el psicoanálisis para aportar a esclarecer este escenario actual de grieta y odio al que piensa distinto?
Existen varios niveles de intervención en los que, como psicólogos, podemos aportar al mejoramiento de este escenario actual. Incluso a nivel de las intervenciones clínicas en tanto sepamos que este tipo de fenómenos sociales siempre repercuten de algún modo en la práctica de la psicoterapia. La pandemia actual es un ejemplo claro de ello, en el que vemos cómo los problemas de salud mental adquieren algunas características diferenciales, no solo cuantitativa sino cualitativamente, en función de los sentimientos, ideas, conductas, vínculos, que desencadenan esta situación. Así como en este ejemplo, también sucede algo parecido con las repercusiones de la llamada “grieta”, en la que algunos síntomas, como el miedo o la rabia, en ocasiones, están atravesados por situaciones vinculadas a esta realidad. Cuando así sucede, la ayuda, en ocasiones tratada focalmente respecto al manejo de esas emociones, favorece los resultados. El psicoanálisis ha estudiado mucho el tema del amor y el odio. Cuando estos sentimientos se hacen presentes en los procesos, hay que trabajar en el sentido del desarrollo de la tolerancia subjetiva, la toma de conciencia de la imposibilidad del consenso absoluto, de la no estigmatización de lo diferente, de la falsa solución de la eliminación del contrario. Además, y en tanto los psicólogos no somos seres que transcurrimos encerrados en un consultorio, también podemos aportar con nuestra participación en equipos interdisciplinarios en ámbitos institucionales, educativos o cualquiera de nuestras inserciones sociales y políticas, a contribuir para generar conciencia de la necesidad de desactivar el odio en los distintos escenarios en que se desarrolla, incluyendo la llamada “sociedad tecnológica”, en la que la falta de represión favorece la falta de límites y la amplificación de mensajes hostiles y la promoción de violencia. Podemos sugerir a quienes tienen responsabilidades políticas y educativas sobre la necesidad de formar conciencia crítica para poder ver y escuchar más allá de lo inmediato, instalar la importancia de la responsabilidad de opinión, el respeto y la aceptación del disenso como una forma de construir puentes para una convivencia verdaderamente democrática.
¿Cuál crees que es el rol del feminismo o los feminismos en este tiempo?
Estoy convencido de que los movimientos feministas son parte activa y fundamental de un cambio social que abarca no solo las injusticias y desigualdades de género, sino de la humanidad en su conjunto. La mujer ha sido históricamente despojada de muchos de sus derechos y relegada en varios aspectos, como la participación política activa, la sexualidad, el control de su cuerpo y las oportunidades laborales, por mencionar algunos. Los movimientos feministas, con su participación activa, han empezado a hacer reconocida una realidad invisibilizada por ocultamiento, negación o aceptación cultural. Creo que es evidente que, como movimiento social, están logrando avances, aunque disten del ideal de la igualdad. Esto, entiendo, se convierte en todo un desafío de lograr encauzar ese crecimiento en un sentido participativo y diverso. Además, han logrado la participación de jóvenes que han encontrado en esta causa un motivo de expresión que trasciende el tema de género y confronta una visión arcaica y prejuiciosa de la realidad.