Para la oligarquía es todo ganancia pero no así para la gente común, incluyendo las clases medias. Repasemos el drama argentino.
Las cosas por sus cifras
Christine Lagarde recibió a Nicolás Dujovne, pero no hay más dinero para la Argentina. Donald Trump tuiteó dos veces que apoya al gobierno de Macri pero no movilizó un dólar. Justo es decirlo, nada evoca el gesto de George W. Bush hacia Jorge Batlle en el año 2000. No hay confianza en el gobierno argentino. Ni la gente, ni “los mercados” (nombre que se da a los grupos de poder económico real) confían ya en el gobierno argentino debido al descontrol del mismo sobre la economía.
Tras una serie de jornadas de escalada imparable, el dólar cerró el martes a $A 39,79 (con picos de $A 47); y la respuesta gubernamental fue pedir más adelantos al FMI, subir la tasa del Banco Central a un imposible 60%, y anunciar un mayor ajuste fiscal. Si este rumbo continúa ya sabemos lo que le espera al gobierno de Macri y, desgraciadamente, a la Argentina y sus vecinos.
El dólar, la variable fundamental en nuestra región, cerró el martes (después de la consabida venta de última hora por parte del Banco Central de la República Argentina, BCRA) a $A 39,79 -luego de tener picos de $A 47- lo que significa una devaluación de 40,6% en lo que va de agosto y de 113,9%, teniendo en cuenta que la divisa cerró a $A 18,60 al 31 de diciembre de 2018.
Nada indica que esta espiral no continúe indefinidamente cuando, terminada la confianza, toda la liquidez se dirige a la divisa norteamericana. Esta espiral a la larga favorecerá la competitividad de la economía argentina, mejorando sus exportaciones y su turismo, en detrimento de los nuestros.
Debe señalarse que el Real se devaluó un 22% en lo que va del presente año, en tanto que nuestro país depreció su moneda nacional un 13%. Argentina fue nuestro quinto comprador de bienes en 2017, y representa el 81% de los turistas que nos llegan del exterior.
El “riesgo país” de Argentina subió nuevamente a 783 puntos básicos, o sea que si los mercados financieros le prestaran a Argentina (y no lo hacen, por lo que su gobierno recurre solamente al FMI), a la tasa debe adicionarse 7,83%.
La primera medida del presidente fue solicitar la reformulación del acuerdo standby con el FMI, adelantando los desembolsos. Obviamente es para poder atender los compromisos ya asumidos, un gesto desesperado.
Con el FMI se comprometió llegar a un déficit fiscal primario de 2,7% por ciento del PIB para 2018 y 1,3% por ciento para 2019, variables alcanzables solamente al precio de un ajuste fiscal que sería políticamente y socialmente intolerable. También se comprometió una inflación de 32% para 2018, cuando la oficial llegó ya a 35,5%.
La segunda gran medida tomada el martes 30 de agosto fue llevar la tasa de interés del BCRA a 60%, para contrarrestar la fuga hacia el dólar y frenar la inflación. Cabe consignar que se trata de una tasa totalmente impagable para cualquier actividad lícita, e incluso debe serlo para cualquier actividad ilícita. No hay economía que pueda trabajar, y menos crecer, con semejante costo del dinero.
Los grandes empresarios, como José Ignacio de Mendiguren y Cristiano Ratazzi, entre muchos, que el martes 2 se reunieron en el Council of the Americas, criticaron fuertemente la totalidad de las medidas y exigieron “cambios profundos”.
Las previsiones de crecimiento, que ya se habían vuelto negativas, fueron fijadas en una caída del PIB de Argentina del 2,4% del PIB por el propio Nicolás Dujovne, quien previó también una inflación de 42%.
El futuro y los vecinos
Es verdad que este escenario no ocurre despegado de otros acontecimientos: el contexto externo se ha complicado para América Latina con la apreciación del dólar y la suba de las tasas de interés impulsadas por la administración de Donald Trump, que aspiran los capitales de regiones inestables como la nuestra. Asimismo, Argentina está envuelta en un alud de escándalos de corrupción que afectan al kirchnerismo y al macrismo, y que obviamente llevan a desconfiar de todo el sistema político.
Pero ninguno de estos factores elimina la responsabilidad del gobierno de Mauricio Macri, cuyo carácter oligárquico, corporativo, primarizador y voraz por definición; su falta de sentido de la realidad, y hasta la falta de sentido del peligro para tomar medidas que «sorprendan a los mercados» (como le aconsejan sus periodistas obsecuentes, apuntando al alejamiento de Marcos Peña) lo hace total responsable de esta carrera hacia el vacío, que nuevamente asombra al mundo y aterroriza a la región.
Esa carrera que nos arrastra a nosotros, porque atraso cambiario, devaluaciones regionales sin contrapartida, y confianza ilimitada en nuestras propias posibilidades no son buenos consejeros, cuando estamos en medio de la negociación de la última Rendición de Cuentas de esta Administración y a meses de una feroz campaña electoral.
El gobierno uruguayo, protegido por su seriedad y sus fortalezas, hace todos los esfuerzos por despegarse de la debacle argentina, devaluando suavemente y protegiendo en lo posible el turismo. Las inversiones sabrán dónde acudir en la región, viendo lo que ocurre en Argentina y Brasil.
Mientras tanto, la oposición clama por ajustes fiscales como los de Macri y Temer, porque esa es la política que quieren.
Una política que por todos los medios debemos evitar que llegue al gobierno en 2019.