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Mecha prendida en Ucrania

Durante las últimas dos semanas, la guerra civil en Ucrania se ha reactivado; el gobierno ultraderechista apoyado por Occidente e Israel ha emprendido una campaña de bombardeos contra las autoproclamadas repúblicas populares independientes del este del país, apoyadas por Rusia; esto sitúa al país más pobre de Europa al borde de la guerra abierta.

Por Manuel González Ayestarán

Apenas un mes después de que se reiniciasen las negociaciones de paz en Siria, la guerra volvió a Ucrania, el otro espacio de hegemonía que las potencias occidentales desean arrebatar a Rusia. Tras el golpe de Estado ultraderechista asestado en la capital del país en 2014 con el apoyo de EEUU y la UE, las regiones de Donetsk y Lugansk, situadas en el este del país sobre la cuenca minera de Donets (conocida como Donbáss), se declararon repúblicas populares independientes. Desde entonces, su población de mayoría rusoparlante se apoyó en Rusia para defender su autonomía contra las medidas ultranacionalistas emprendidas por el gobierno de Kiev. Estas medidas pretendían, entre otras cosas, abolir el uso oficial de toda lengua distinta al ucraniano y, según los gobiernos del Donbáss, iniciar una campaña de limpieza étnica en el país.

Hasta ahora, milicias socialistas locales, apoyadas por brigadas internacionales comunistas, anarquistas y socialistas han mantenido sus posiciones con apoyo ruso contra el gobierno nacionalista de Kiev, apoyado financiera, mediática y militarmente por Estados Unidos (EEUU), la Unión Europea (UE) e Israel. Hasta finales de enero el conflicto se mantuvo en un clima de baja intensidad debido a la firma de los acuerdos de Minsk el 19 de setiembre de 2014. Estos acuerdos fueron refrendados por los gobiernos de Kiev, Donetsk, Lugansk y la Federación Rusa bajo supervisión de la Organización por la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE). El texto contempla, además del alto al fuego, la concesión de un autogobierno especial a las repúblicas populares del Donbáss, una reforma constitucional y la celebración de elecciones en ellas. Kiev, por su parte, se muestra negativo a avanzar en estas negociaciones.

Sin embargo, durante la pasada semana los bombardeos se han intensificado sobre el Donbáss, generando una situación bélica de primer nivel. Todo empezó un día después de que el presidente estadounidense, Donald Trump, y su homólogo ruso, Vladimir Putin, mantuviesen conversaciones en las que acordaron mantener relaciones basadas en la estabilidad y la cooperación. Paralelamente, el presidente ucraniano, Petro Poroshenko, se encontraba en un viaje oficial a Alemania que canceló debido a la reanudación del conflicto.

Los hechos

El 31 de enero el gobierno de Kiev acusó a las milicias del Donbáss de abrir fuego contra sus posiciones en la ciudad de Avdeevka. No obstante, las milicias denunciaron que el 26 de enero sus contrincantes iniciaron bombardeos sobre Donetsk, a los que optaron por no responder en cumplimiento de los acuerdos de Minsk. Las fuerzas populares aseguran que tres días después los nacionalistas ucranianos lanzaron de nuevo un ataque de grandes dimensiones contra tres frentes: Yasinovataya, Gorlovka y Zhabichenvo. Esto obligó a la milicia a replegarse y a iniciar un contraataque de respuesta.

Según un reporte de la OSCE, el 2 de febrero las tropas ucranianas iniciaron bombardeos sobre las ciudades independientes con tanques, lanzacohetes múltiples y otras piezas de artillería pesada. Esta organización denunció también el agravamiento de la situación en la ciudad de Yasinovátaya, controlada por las milicias progresistas. En la primera semana se reportaron alrededor de 32 muertos y varias decenas de heridos, además de cortes de electricidad y de suministros básicos en la ciudad de Avdeevka, sometida a temperaturas de 28 grados bajo cero.

Este altercado sacó a la luz que los nacionalistas ucranianos habían instalado sus fuerzas de artillería dentro de la ciudad de Avdeevka, tal y como se ve en varios videos tomados por el reportero de la BBC Tom Burridge. Esto contradice un punto crucial de los acuerdos de Minsk, en el que se obliga a ambas partes del conflicto a retroceder todo armamento pesado hasta 15 kilómetros de la línea divisoria entre los frentes. Entre el pasado domingo y el martes, se han denunciado bombardeos de más de diez horas de duración. Según la OSCE, entre el 3 y el 4 de febrero el gobierno de Kiev lanzó más de 4.000 proyectiles.

El pasado martes, Angela Merkel y Vladimir Putin pidieron un alto al fuego en el país. Por otro lado, el presidente de la Comisión de Defensa de la Cámara de Representantes de EEUU, William MacThornberry, instó a la administración Trump a enviar armamento letal al ejército ultraderechista. “Creo que hay un apoyo bipartidista [demócratas y republicanos] profundo y amplio para proporcionar armas letales a los ucranianos a fin de que puedan defenderse; este ha sido el caso durante los últimos dos años”, señaló. “A ambos lados del pasillo casi todos mantienen el mismo punto de vista sobre esto, así que espero que la nueva administración lo haga”, añadió.

El contexto

El conflicto se desató a partir de que el expresidente ucraniano Viktor Yanukovich rechazara en noviembre de 2013 firmar una serie de acuerdos de asociación y libre comercio con la UE por considerarlos abusivos y contrarios a los intereses del país. En su lugar, el dirigente se manifestó a favor de reforzar sus relaciones con Rusia y la Comunidad de Estados Independientes. A raíz de esto, comenzaron una serie de protestas en la capital a cargo de grupos nacionalistas proeuropeos a las que se unieron diferentes colectivos neonazis y de extrema derecha.

La revuelta conocida como Euromaidán, tildada de democrática y popular por los medios de comunicación afines a la OTAN, estuvo organizada por el grupo neofascista Pravy Sektor. Esta formación fue uno de los principales instigadores de los disturbios que se desencadenaron posteriormente. También el partido parlamentario de extrema derecha Svoboda (ultranacionalista y reivindicador de figuras antisoviéticas que colaboraron con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial) y la Iglesia ortodoxa ucraniana del Patriarcado de Kiev apoyaron este movimiento “popular”.

En 2015, la secretaria adjunta de EEUU, Victoria Nuland, admitió que su gobierno ha “invertido más de cinco mil millones de dólares para ayudar a Ucrania a lograr estos y otros objetivos.” Por otro lado, el cineasta estadounidense Oliver Stone presentó el año pasado su documental Ucrania en llamas, el cual muestra la participación de Washington y la CIA en la organización del Euromaidán y el posterior golpe de Estado. Stone afirmó en 2015 que, según sus investigaciones, la CIA llegó a causar los disturbios que desataron las revueltas, haciendo que varios francotiradores disparasen contra manifestantes y adjudicando este acto al gobierno de Yanukovich. Además, es público que organizaciones neoliberales cercanas a Washington, como el Instituto Albert Einstein, la Agencia Internacional de Desarrollo de EEUU (Usaid, por su sigla en inglés), la Fundación Nacional para el Desarrollo y la Open Society del especulador financiero George Soros contribuyeron en la formación de los grupos que provocaron las revueltas.

Desde el golpe de Estado el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha emitido varios créditos para Ucrania a cambio de la privatización del país. Desde entonces, la población ucraniana ha sufrido un destacado empeoramiento de su nivel de vida. La deuda pública en 2015 ascendía a 80 por ciento de su Producto Interno Bruto (PIB) y se espera que en 2017 llegue a 168 por ciento. El salario mínimo cayó de de 4.650 grivnas (171 dólares) mensuales antes del golpe a 1.550 grivnas (58 dólares).

La actual ofensiva del gobierno ucraniano contra el Donbáss coincide con su presidencia rotativa del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (CSNU), y se da en un momento en el que la OTAN trata de concentrar sus tropas en torno a las fronteras de Rusia. Además, en 2017 varios países europeos como Alemania, Francia, Holanda y Austria celebrarán elecciones. Esto puede poner en jaque la hegemonía estadounidense en la región, ya que en todos ellos hay fuerzas políticas euroescépticas con posibilidad de ganar los comicios, las cuales están a favor de levantar las sanciones impuestas a Rusia en 2014 por su participación en el conflicto ucraniano y su negativa a ceder la península de Crimea.

Para analistas como Inmanuel Wallerstein lo que EEUU persigue en Ucrania con su apoyo al gobierno nacionalista es debilitar la posición de Rusia en Europa, de forma que las potencias del viejo continente nunca puedan mirar a su gran vecino a la hora de establecer posibles alianzas. Esto se debe a que sectores de las burguesías alemana y francesa pueden tener en sus similares rusas potenciales aliadas ante una hipotética alianza tácita entre China y EEUU. Wallerstein defiende que este matrimonio de potencias podría darse debido a la pérdida de hegemonía global de la hasta ahora considerada primera potencia mundial. Con este contexto de fondo, los ataques de Kiev contra las repúblicas populares del Donbáss obedecerían a una suerte de provocación para Rusia, buscando el movimiento en falso que ocasione otra guerra.

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