En sucesivas cadenas de elecciones (hablo acaso de siglos), mis antepasados decidieron irse a vivir a España y a Italia, a América, a Argentina, a Brasil, a Uruguay, y un poco más tarde a Cerro Largo y más específicamente a Melo. Hubo entre ellos de todo: latifundistas fronterizos, escribanos metidos a políticos que anduvieron entreverados en los sucesos de la revolución de 1904, hombres doctos a quienes acudía el pueblo para pedir consejo; y también cierta mujer indígena, bella como pocas, cambiada por un lazo en una estancia, según una leyenda familiar. Y un día, hubo mi padre, y hubo mi madre, y hubo una casita en Melo, en la que yo nací, mientras el mundo giraba y los acontecimientos se sucedían. De entonces a este hoy, lo que se ha trazado en mi destino ha sido un camino de posibilidades. No un camino, en rigor, sino algo mucho más tortuoso, impredecible y peligroso (porque, ha de saberse, la vida es peligro también). Un vendaval que ha mezclado mi destino con el de otros, y mi historia con otras.
Cuando regresé de Europa, a mediados de enero de 2020, el Covid-19 me venía mordiendo los talones y yo no lo sabía. Mientras estuve en Francia, ignorante de ese nuevo peligro, mientras brindaba con mi hijo en Navidad y en Año Nuevo, el Covid-19 andaba dando vueltas bajo nuestra ventana y yo no lo sabía. De Europa a Uruguay, de los aeropuertos en los que ya acechaba el hálito del virus hasta el hoy en que escribo; de la pradera granítica en que nací, allá en el norte profundo, hasta la supuesta “nueva normalidad”, el aluvión de los cambios ha sido demoledor, y de tales cambios se han aprovechado (y se seguirán aprovechando) los malintencionados de siempre.
Las posibilidades de existencia implican, ante todo, elecciones y decisiones. Quienes intentan hoy sacar tajada del supuesto aislamiento y adoran la quietud más o menos obligada a que estamos sometidos; quienes temen, en el fondo, el momento en que tal quietud se termine; quienes, con mayor o menor ventajería política, mueven sus fichas desde el rencor y la venganza y la deshonestidad y el apresuramiento, porque la voz de “aura” ya ha sonado; quienes le sacan el jugo al momento y explotan a fondo su cuota parte de poder para resarcirse de los largos años de obligado ayuno; todos ellos realizan también elecciones y decisiones. El asunto es darse cuenta y actuar a tiempo.
Yo, y todos ustedes que me leen ahora, estamos no en el modo “quédate-quietito-en-casa” y en lo posible “calladito-la-boca”, sino en el modo eyección, o sea en esa condición emparentada con la del piloto de un avión caza que, en el momento del mayor peligro, cuando el caza va cayendo en picada entre las nubes, aprieta el botoncito salvador y es lanzado a los aires (y ojalá el paracaídas le funcione). Todos estamos, de una manera o de la otra, lanzados al mundo, aunque nos quedemos en casa; la situación actual no es la excepción. Esto es lo que rescato de la filosofía, en particular del existencialismo, que tanto me ha atraído siempre. Ni quietos ni en silencio, sino conscientes de nuestro poder, de nuestras elecciones, de nuestras decisiones y de nuestras posibilidades. Una cosa es el rebaño inmunitario del que hablan algunos infectólogos y virólogos, y otra muy distinta es el rebaño humano, en el que tanto han insistido los grandes controladores de todos los tiempos.
Si la vida se compone de posibilidades, pues entonces marchemos hacia ellas. Hay maneras y maneras de estar en aislamiento, y la más peligrosa de todas es la de los tres monitos, ciegos, sordos y mudos. En el océano de las elecciones y de las decisiones, el destino de cada uno de nosotros está entrelazado fatalmente con el de los demás, y si no tomamos partido, si no movemos nuestras propias fichas, la embestida de las olas nos arrastrará sin remedio. Ni quietos ni en silencio. Habrá que aguzar el oído para escuchar al búho de Minerva. Seguramente tiene mucho para decir.