Nos merecemos bellos milagros y ocurrirán
El jueves 1º de julio había 620.000 firmas, un número demasiado alto para tirar la toalla, pero demasiado bajo para alcanzar la meta en una semana, y mucho menos con suficiente holgura para garantizar que las eventuales invalidaciones no impidieran la convocatoria. En la Comisión Pro Referéndum se encomendaban a la hazaña y a la tendencia nacional a la procrastinación (esa costumbre tan uruguaya de dejar todo para último momento), dos señas de identidad de nuestra sociedad. Sin embargo, ni siquiera el más optimista de los militantes podía imaginar lo que iba a suceder en los días sucesivos: una verdadera avalancha de firmas que llegaban desde todas partes, colas en las mesas para firmar, los comités de base del Frente Amplio recibiendo gente a lo largo de todo el día y una enorme masa de jóvenes, trabajadores, veteranos y veteranas sin organización ninguna que salía a recorrer barrios, a poner mesitas, a levantar firmas casa por casa hasta llegar a los rincones más recónditos del país. Las firmas para convocar al referéndum venían de todo Uruguay, pero también de todas las colectividades uruguayas dispersas por el mundo. Un aluvión que primero llenó el vaso, y luego lo desbordó, y desbordó el balde donde estaba el vaso y la palangana donde estaba el balde, alcanzando un número impresionante de casi 800.000 firmas, superando en 125.000 el número requerido y convirtiendo al referéndum en un hecho insoslayable que marcará los próximos meses de la política y los próximos años de este gobierno.