A la edición número 34 de la Fiesta Nacional de Caballo, el Presidente de la República llegó en helicóptero junto a Loli. Venían, como todos ya saben, de otra fiesta, la de la Patria Gaucha en Tacuarembó.
Se los vio formales, pero distendidos; con vestimenta casual, pero, obvio, fina (cara), elegante, y con las gorras alusivas a la fiesta tradicional. El calor agobiante de estos días no daba para otra cosa.
Después llegarán las declaraciones, también las especulaciones en las redes sociales.
¿Ya se puede hablar de reconciliación? ¿Cuándo volverán a vivir juntos en Suárez y Reyes? ¿El amor sigue intacto? ¿Y la pasión?
Efectivamente: la (tele)novela presidencial está en marcha y nadie quiere perdérsela, aprovechando que el presidente sigue con su gira (¿interminable?), aunque siempre, o casi siempre, en eventos programados dentro de la familia ideológica.
En ese plan, mejor ni hablemos de por qué no fue al Teatro de Verano Ramón Collazo en Carnaval. Siempre es más cómodo y seguro un desfile carnavalero con celebridades de la farándula, o una fiesta donde se rinda tributo a las tradiciones camperas organizadas con el estilo blanco.
Del juego mediático quedan demasiadas interrogantes. ¿La figura presidencial se desgasta en esta gira interminable para las cámaras? ¿Qué pasa con la exposición tan alevosa de la intimidad? ¿Esto es un recurso que forma parte de una estrategia mediática para sostener la imagen de un presidente cercado por crisis tan escandalosas y lamentables, como las que siguen provocando los casos de Astesiano y el del narcotraficante Marset?
En semejante contexto, ¿dónde queda la político?; ¿ante la "flojera" de ideas, el debate y la gestión se agotan en el juego con la imagen superficial?