En esa situación, en ese mundo fragmentado, que no acababa de aprender la lección dejada por dos guerras mundiales y por monstruosos totalitarismos, le tocó vivir a Ray Bradbury. En Farenheit 451 nos advierte sobre los peligros de esos totalitarismos y sobre sus desbordes delirantes. El protagonista principal, Montag, es bombero, como lo fueron antes su padre y su abuelo. Pero no se dedica a apagar fuegos, como pudiera creerse, sino a crearlos. Montag es uno de los brazos ejecutores de la quema de libros, que incluye la quema de casas y, por qué no, de personas. La consigna se reduce a considerar al conocimiento como el principal enemigo. He ahí la distopía mayor. Pero los libros, mientras arden, van enviando mensajes. Hay personas que eligen morir entre las llamas, por defender a esos libros, lo cual introduce en el cerebro y en el alma de Montag la primera señal de alarma.
No voy a contar a los lectores la trama de la novela. No puedo y no debo hacerlo. Más bien debería solicitarles, con la mayor amabilidad, que la lean. Sin embargo, desde ya quisiera advertir a las y los lectores, que en mi opinión la discusión acerca de la dicotomía libro de papel y libro virtual -que se ha instalado últimamente, y que se ha utilizado como argumento para referirse a Farenheit 451 y al mismo Ray Bradbury- carece de importancia. El autor va mucho más allá de cualquier debate al respecto, y limitaríamos gravemente la comprensión de su literatura (así como nuestras posibilidades de interpretación como lectores) si redujéramos la cuestión a ese punto. Es cierto que Bradbury era un apasionado defensor del libro de papel, y creía (como todos nosotros hemos creído alguna vez) que si moría el libro de papel, moría el conocimiento.
El ser humano necesita aferrarse, en última instancia, a algún soporte material del logos, a una seguridad sensorial mínima (lo toco, lo veo, lo abro, lo cierro) en buena medida porque teme a la posibilidad de que los sistemas virtuales se desplomen por algún oscuro motivo, y con ello se pierda en el éter el universo de la palabra humana. No es inocente tampoco la referencia al logos. Este vocablo griego hace referencia por igual a la razón y a la palabra.
En el medio está el conocimiento, y está además la ciencia, que es su producto metódico. Logos es, por lo tanto, palabra o verbo meditado, reflexionado, ponderado, sometido a análisis. De ese concepto primordial derivan otros, como la inteligencia, el pensamiento, el discurso y la argumentación. No existe ninguna manera de plasmar dicho conocimiento como no sea por escrito. No hemos inventado aún otra manera, dado que los lenguajes científicos, así como el lenguaje de la lógica y de las matemáticas, deben también ponerse (fatalmente) por escrito.
La laboriosa y ardua tarea de creación, transmisión y acumulación del conocimiento, realizada por el ser humano durante milenios (con unas cuantas quemas y extravíos en el medio) es, en definitiva, lo único con lo que contamos para hacer frente al mundo, a la vida y a sus problemas derivados. Júzguese, pues, la importancia del conocimiento y de los libros, en los cuales dicho saber se plasma. Y no me refiero únicamente a la ciencia, sino a la totalidad de la palabra humana, en sus más variadas expresiones, puesto que el corpus científico no puede dar cuenta de algunas sutiles expresiones de nuestra humana condición, de las que solamente el arte puede ocuparse.
Un mundo sin libros (en papel o virtuales) sería un mundo sin pensamiento. Un mundo deshumanizado. Una tierra monstruosa. Un universo de seres reducidos a una condición que ni siquiera es animal, sino de sometimiento, de violencia y de perdición.
Ray Bradbury, por otra parte, no se queda en esta denuncia sobre las intenciones de dar muerte al conocimiento, sino que va más allá y critica también el pretendido estatus de confort y de tecnología que impera en los Estados Unidos de su época. José Enrique Rodó, en 1900, en su obra Ariel, había señalado algo similar. Así define al gigante del norte: “La concepción utilitaria, como idea del destino humano, y la igualdad en lo mediocre, como norma de la proporción social, componen la fórmula de lo que ha dado en llamarse espíritu del americanismo”.
No sé si Bradbury lo habrá leído alguna vez, pero, de hacerlo, supongo que se sintió impactado y le dio la razón. Sigue diciendo Rodó: “Su personaje principal se llama Yo Quiero, como el superhombre de Nietzsche. Si algo le salva colectivamente de la vulgaridad, es ese alarde de energía que lleva a todas partes…”. La palabra vulgaridad no es casual. Me permito recordar aquí a otra gran pensadora, la norteamericana Susan Sontag, quien se refiere a la sociedad estadounidense como “la fantasía chabacana de la buena vida” y habla de “una energía que nace corrompida, y por la que pagamos un precio demasiado oneroso. Es un dinamismo hipernatural, desproporcionado a escala humana, que nos destroza los nervios a todos”.