Entre la época en que Guldenzoph torturó y el día de hoy, han pasado 45 años y, en ese lapso, en alguna oportunidad me encontré con esa persona, sin privarme de decirle lo que pensaba de él, especialmente de recordarle las infamias imperdonables que habían hecho con Ofelia. Pero no me ufané de ello.
Pensándolo bien, si en tales fiestas -a veces multitudinarias- hubiera encontrado a gente con la que me resultara imposible estar, me hubiera retirado sin escándalos, por respeto a los anfitriones y a los otros asistentes y, obviamente, nunca habría esperado que una estampida de periodista, magistrados, político, académicos, empresarios, diplomáticos, judíos, cristianos y musulmanes me hubieran acompañado en la hazaña de putear a un tipo en una fiesta ajena.
Supongo que Sergio Israel tendrá testimonios de mi presencia en ese presunto aquelarre, que ha tenido más propaganda que las torturas que soportaron en silencio cientos de muchachos y muchachas durante los años de dictadura.
Pero, reitero, yo no recuerdo haber estado. Es más, tampoco conozco a esa tal María Urruzola. Conocí a otra, homónima, hace muchas décadas, pero nada tiene que ver con la que escribe libros de ficción a las apuradas y bastante mal escritos. La que conocí ya no existe.
Estamos ante un reproche temerario que supongo pretende marcar mis inconsecuencias y el tonto propósito de desacreditarme. Por las dudas, declaro que nunca escribí páginas de gloria, que no me considero héroe de nada y, gracias al destino, tampoco mártir, por lo que desacreditarme es redundante. Nadie nunca verá ni una calle ni un monumento a mi persona, que como todos los mortales ha cometido errores y guarda algún cadáver en el ropero.
Si a alguien le interesa, he estado en muchos lugares, pero nunca me lo habían reprochado en un semanario tan prestigioso y por un periodista tan conocido como Israel. Entre otros lugares, muchísimo peores, estuve con la cabeza en el tacho, en un sótano hediondo, entre el orín y la mierda y bebiendo sangre que surgía de una dentadura rota a piñazos, llorando de dolor y de miedo y escuchando a muchachos y muchachas resistir con el corazón abierto y la boca cerrada.
Semejante horror lo viví como tantos otros compañeros con los cuales compartimos esos momentos terribles. Obviamente Israel no escribe sobre el horror que vivimos todos, y cuando digo todos, digo todos, en los sótanos de los servicios de inteligencia, pero eso no importa a los que pagan el sueldo al periodista ni a Sergio, que factura por ensuciarme.
Cualquiera de los que estuvieron en esos días en la clandestinidad, en la cárcel o en la tortura, incluyendo al padre de los hijos de María, habrían tenido derecho a hacerme, de haber sido cierto, el reproche de haber permanecido en ese brindis en el que no estuve. Pero no Israel, ni los que lograron estar lejos del tacho.
Cada quien anda por el mundo con su conciencia a cuestas y la mía está a buen resguardo de lo que imaginen el periodista y la tal María. No crean que no tengo nada de qué arrepentirme, pero no le reconozco a cualquier cagatinta la autoridad moral para corregirme ni denostarme. Esta aclaración no la hago en Búsqueda porque no me interesa; la hago aquí, para que los que comparten la pequeña hazaña de acompañar esta revista sepan que en este lugar -a diferencia de otros colegas-, hay más Caras que Caretas.