ver más

Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de {}. Si ya formas parte de la comunidad, .

{# Opciones de Suscripción #} {# DESCOMENTAR AL IMPLEMENTAR: #} {# {% for n, m in this.getPaywallPlans('thinkindot', 'plans') %} {% if (m.tab == "all" or m.tab == "mensual") %} #}

{{m.shortDescription}}

{{m.title}} {{m.price}} mensual
{# {% endif %} {% endfor %} #} {# estos links no sé como se llenarian #}

Si me dijeran ‘pide un deseo’

Por Marcia Collazo.

A la vista de los sangrientos y oscuros tiempos […] escribo; tiempos de criminales clases dirigentes, en que cada vez se cree menos en la razón, de la que sin cesar se hace uso abusivo”. Bertolt Brecht

Siempre sentí una invencible repugnancia hacia los shoppings. A pesar de que vivo cerca, a unas ocho cuadras, creo que dejé pasar como diez años antes de poner un pie en Montevideo Shopping, levantado en esa gran extensión de tierras que en un tiempo se asemejaba a un paisaje lunar, con extraños cráteres de cemento armado y varias leyendas más o menos siniestras a sus espaldas.

Mi repugnancia creció a medida que crecían los tortuosos mecanismos mentales de la publicidad asociada. Tu shopping. Tu banco. Tu tarjeta de comprador frecuente. Todo era mío, asquerosamente mío, pero no lo era. Para colmo, nadie me preguntó -en el hipotético caso de que quisiera ser propietaria de un shopping o de un banco- si lo deseaba. Ya no se trataba de una simple mentira, aunque en su base sí lo era. Se trataba de una intención manipuladora, de una voluntad solapada que hurga sin cesar en los supuestos fondos traseros de la mente humana, para asomarse a sus deseos y pulsiones más profundas y poder así manejarlos en provecho de las ganancias del capital.

Estas cosas enferman a la gente, y por ende a la sociedad, pero ¿cuál es la causa de la enfermedad? Básicamente, se debe a que la gente no es idiota, y sin embargo se deja manejar. Sabe que está siendo manejada, dirigida y, por qué no, violentada. Lo sabe aunque no haya leído una sola línea de teoría social o política. Una buena mañana se despierta, echa una ojeada al celular para ver qué hora es, y se dice que hoy no podrá soportar otra jornada más. Está molido. Está molida. Está cansado. Está cansada. Se pregunta incluso para qué continúa en esa danza del agotamiento, el cobro del salario (cada día más menguado por cierto), el consumo más o menos febril y nuevamente el agotamiento.

La gente sabe que pretenden meterle la mano en el bolsillo y obligarla a trabajar como legiones de esclavos obsecuentes, de esos que corren en pos de una supuesta felicidad obtenida a golpes de tarjetas bancarias. Pero sigue lo mismo, y en el proceso se enferma (de sospecha, de asco, de confirmación de sus sospechas, de indignación, de desesperación), porque más tarde o más temprano descubre la falsedad, la intención infame. Y a veces se da cuenta de que él o ella contribuyen todos los días para que esa infamia se perpetúe.

Será por todo esto que evito entrar a un shopping o a un banco, así como evito mirar los informativos de los canales abiertos y escuchar ciertas radios; y cuando no me queda más remedio, lo hago con la actitud de un animal receloso. Si me dijeran ‘pide un deseo’, como en la canción de Silvio Rodríguez, pediría parar la mano. Ya mismo. No quiero seguir la senda del cuentito capitalista que nos venden en la publicidad y en las películas yanquis, donde tiran comida y corren por la calle con el vaso de café en la mano y sudan sangre para competir y se ponen histéricos. No lo quiero para mí y no lo quiero para mis hijos.

Para colmo de males, ahora en Uruguay se suma, a los consabidos males capitalistas, un discurso de odio tan burdo, tan desembozado (sin bozal legal, sin bozal ético y sin tapabocas), que ya pasó de castaño a oscuro, como decía mi abuela. Si me dijeran ‘pide un deseo’, pediría que en mi país la gente logre trascender esa mentira de odio, de violencia y de impunidad monstruosas, y sacudírsela de encima, como los perros cuando salen del agua. Desearía que en algún momento alguien se haga cargo de verdad, y no de mentira. Las poses de la falsa apariencia, de la petulancia, de la indiferencia frente al sufrimiento, ya me están llevando al borde del vómito. Desearía que alguien se haga cargo en serio; no desde un insultante y cobarde autoritarismo, sino desde las instituciones democráticas, que para algo las tenemos. Desearía que alguien se hiciera responsable, de una buena vez, porque el rumbo que está tomando la nave uruguaya es ciertamente alarmante, cada día más peligroso. Desearía que la gente de mi nación tomara conciencia y ejerciera su pensamiento crítico por afuera de los tapabocas y de las anteojeras.

En su obra El hombre unidimensional, de 1964, el filósofo alemán Herbert Marcuse analiza la sociedad opulenta y liberal de Occidente. Señala de qué manera esas sociedades se cubren con  falsas apariencias democráticas, con el objetivo de modelar y condicionar a los seres humanos, para los cuales crean un universo unidimensional (o sea único, monolítico, en línea recta) que esconde los más brutales rasgos totalitarios, represores y explotadores. Contra esta situación, Marcuse apela a la solidaridad, no como mera virtud, sino como verdadera “necesidad biológica de mantenerse unidos” contra los peligros antedichos.

Hoy en el mundo entero, y no solamente en Uruguay, campea una salvaje intolerancia, agravada frente a sus homónimas del pasado, por el hecho de que (se supone) ya estamos advertidos de lo que han acarreado semejantes actitudes, sin ir más lejos, durante el siglo XX. Ya existen multitud de normas internacionales de derechos humanos a las que dicha intolerancia se atreve a confrontar, a desafiar y despreciar. Ya la filosofía y la política y la literatura y el cine y la música, y todo lo que se le ocurra, han abundado en el salvajismo de semejante salvajismo. Pero igual vuelve por sus fueros (¿Tendrá fueros? ¿Será por lo tanto impune, al menos mientras los tenga?).

El discurso del odio reapareció con inusitado cinismo desde que el inefable Donald Trump llegó a la presidencia de Estados Unidos, y de ahí para abajo (¿seguiremos siendo su patio trasero?) la cuestión no hizo más que agravarse. Trump enseguida encontró emuladores, presurosos por demostrar que ellos podían ser tan intolerantes (y de paso tan imbéciles) como el mandatario estadounidense. De un lado, pues, avanzaron las legiones de la sociedad opulenta que describe Marcuse, y del otro se hicieron presentes las legiones del odio y de la intolerancia. En el medio, mandó parar el coronavirus. Pero lo hizo solamente para que dichas legiones siguieran avanzando, un rato más tarde, con mayor ímpetu y virulencia, porque ahora el hombre y la mujer unidimensionales andan de tapabocas y tienen miedo de terminar en una cama de CTI con un respirador artificial.

Más Leídas

Seguí Leyendo