Por su parte, su hija Cecilia, en un pasaje del libro, cuenta lo que significó la pérdida de su padre: “Mi vida quedó incompleta, como todas las otras vidas que se enfrentaron a la llegada forzosa de la muerte. Y cuando pienso en ese momento en el que fue presionado para morir, aún hoy me duele. Me duele pensar en ese último momento de abuso, en el que la muerte llegó obligada, como la última oportunidad de expresión de su vida. Estaba solo. No sé si pudo enunciar palabras o si murió en silencio; no sé cuánto dolor sintió ni si pudo entender que moría (…) Luego, cuando ya desaparecieron sus funciones intelectuales, cuando callaron su voz e inhabilitaron su cuerpo, ya no quedó nada; solo el silencio obligado como huella de sus palabras”.
Recordar para transformar
En diálogo con Caras y Caretas, la autora contó que la iniciativa del libro surgió desde el Sunca, en el año 2016, en el marco de un trabajo con la memoria colectiva que lleva a cabo el sindicato de forma sostenida. “Trabajamos la memoria en torno a casos ocurridos en la dictadura y, además, el caso de mi padre, que ocurrió en democracia. Desde la Comisión de Derechos Humanos del Sunca se consideró que era importante rescatar los testimonios sobre su muerte, y pensamos en el libro como forma de democratizar la memoria y generar un vínculo con la sociedad”.
¿Qué valor crees que tiene su lectura en los tiempos actuales?
Es importante que se conozca esta historia porque fue un hecho violento e injusto que ocurrió en democracia, pero que no pierde vigencia. En la actualidad también vivimos situaciones complejas, como el caso de Santiago Barreto, o la violación cometida por oficiales de la Guardia Republicana. No es que ya no pasan este tipo de cosas.
¿Cómo calificarías este libro? Es una denuncia, un homenaje…
Una mezcla de todo. El homenaje, porque de alguna manera se le da ese lugar que en su momento se le quitó. Trabajar la memoria permite que esas personas que por hechos injustos ya no están, puedan habitar en la sociedad. Pero, sobre todo, es una denuncia y una invitación a la crítica y a la reflexión de nuestra sociedad, porque el homenaje sirve si nos increpa y nos permite transformar el futuro.
¿A qué desafíos te enfrentaste durante la producción de este libro, siendo la autora y la hija del protagonista?
El desafío de la escritura obviamente que fue complejo, nunca había hecho un emprendimiento de este tipo. Me enfrenté con el hecho de entrevistar, de cómo hacer para lograr rescatar esas voces, las de historiadores y testigos, que son quienes construyen esta historia.
En lo más personal, yo solo conocía al padre de una niña de cinco años. Al que jugaba, me contaba cuentos, me llevaba a la playa, me mostraba las estrellas, me leía El Principito, al que me disfrutaba desde ese lugar. Con el libro, a través de los relatos de los testigos, conocí al hombre que fue mi padre: al trabajador de la construcción, al militante, al que tenía sus proyectos, sus objetivos, al que quería cambiar la sociedad en la que vivía junto a sus compañeros.
¿Cuáles son los principales aprendizajes que te dejó la realización de este libro?
Aprendí mucho sobre el primer gobierno democrático del Uruguay -o de posdictadura, es difícil llamarlo democrático-. Entendí que los cambios nunca son de un día para el otro y que era muy difícil que dejarán de tener la costumbre de ejercer el control sobre la sociedad. Me enfrenté al hecho de que mi padre fue víctima de esa violencia institucional, pero que hubo más víctimas. También aprendí mucho sobre el contexto sociopolítico de aquella época en Uruguay, del que aún no estamos liberados. Aprendí que no nos podemos distraer porque la democracia se debe trabajar todos los días, no está garantizada, no solo está instalada desde la norma, sino que hay otras normas que la solapan.
¿Qué fue lo que más te impactó sobre la época de las razias?
Las razias eran ejércitos de dominación en democracia, fundamentalmente contra los jóvenes pobres, y que se basaban en el prejuicio. Lo que avala la Constitución de ser inocente hasta que se demuestra lo contrario no contaba. Acá solo contaba el prejuicio del funcionario policial según cómo estabas vestido, cómo era tu cara, para argumentar que te tenía que llevar a la comisaría. Era algo totalmente estigmatizante. Por otro lado, algo que siempre menciona Diego Sempol, quien hizo una investigación al respecto, tiene que ver con la tortura que ejercían, y que está registrada en testimonios de personas que sufrieron el accionar de las razias: golpes con toallas mojadas, con agujas, golpes en el abdomen porque son los que no dejaban marcas. Otra cosa que me impactó es que no había dónde denunciar, las denuncias no estaban en las comisarías, estaban en la prensa. Brecha es uno de los medios que registró más denuncias de aquella época.
¿Qué mensaje esperas transmitir a través de este libro?
Me gustaría transmitir la idea de que tenemos que ser responsables de en quienes confiamos, porque quienes nos tienen que proteger no siempre lo hacen. Y también el hecho de que algunos derechos democráticos de nuestro país no son para todos, tienen excluidos. Los derechos humanos no llegan a todos los sectores de la población; no llegan, por ejemplo, a los privados de libertad. Creo que eso es algo sobre lo que tenemos que reflexionar porque en algún momento nos puede tocar a nosotros mismos o a un ser querido.
Espero lograr mi objetivo de conectar con los lectores y generar el interés de saber lo que pasó en Uruguay durante esa etapa y que también puedan preguntarse para qué sirve recordar y qué podemos hacer con ese recuerdo, porque solo recordar no sirve.
¿Cuál es la historia detrás del título Humanas Bestias?
El título del libro está relacionado al dibujo de la tapa, que lo hizo Pablo Casacuberta en el año 1989, a raíz del caso de mi padre. Ese dibujo salió acompañado de un texto que decía: “Son como Bestias”. Esa frase me hizo pensar en que ser humanos y no transformarnos en bestias es una opción de la cual somos responsables.
Sobre el libro
Humanas Bestias es un libro de 227 páginas que reconstruye la figura de Guillermo Machado, su historia y el escenario político y social de su muerte. Está escrito con la pluma amorosa de su hija, Cecilia Machado, quien entrevistó a historiadores, así como a hombres y mujeres que conocieron a su padre. También incluye un poemario de Guillermo Machado, recortes de prensa de la época y copias de documentos oficiales.