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"Muchas mujeres no pueden cumplir horas de ayuda mutua y quedan en el camino"

Mujeres referentes en el cooperativismo de vivienda analizan desigualdades, sobrecarga, violencias, así como avances y desafíos, pero ratifican al modelo como herramienta de autonomía y acceso a la vivienda.

En el movimiento cooperativo de vivienda, la presencia de las mujeres no es una conquista reciente sino una constante histórica, aunque muchas veces invisibilizada. Así lo plantean Nahiaya Magnone; vicepresidenta de la Federación del Programa de Vivienda Sindical (PVS), responsable de su Secretaría de Género y cooperativista en Covifutura; y Viviana Núñez, secretaria general del PVS y presidenta de la cooperativa CoviVictoria, quienes describen un entramado organizativo donde las mujeres no solo participan, sino que conducen y sostienen.

Magnone subraya que las mujeres siempre fueron una parte vital en las cooperativas, aunque lamenta que es una realidad invisibilizada. “Nosotras estamos desde siempre. En un lugar protagónico también, capaz que poco visible, pero las cooperativas se sostienen con nosotras”, afirma. Aunque aclara que no existen estadísticas sistematizadas sobre la composición de género en las cooperativas, señala que cualquier relevamiento empírico confirma que “la mayoría de las integrantes son jefas de hogar” y que “esa realidad se refleja también en los espacios de decisión. En las comisiones directivas, fiscales y de fomento —ámbitos electivos y clave para la conducción política y administrativa— predominan las mujeres”. Son las mujeres, explica, quienes llevan adelante el proceso cooperativo “antes, durante y después de la obra”, mientras que los varones “se hacen más presentes en la comisión de obra”, pero “porque ellos quieren, no porque nosotras no estemos”. Incluso señala que en cooperativas con mayoría femenina “les cuesta tener a algunas compañeras en comisión de obra”.

Para Viviana Núñez, la centralidad femenina en las cooperativas de vivienda está estrechamente vinculada a una necesidad material concreta: la vivienda. Las mujeres, sostiene, “somos quienes tenemos la necesidad de la vivienda más visible y quienes cargamos con la responsabilidad de garantizar un hogar para nuestros hijos e hijas”. Por otro lado, si bien reconoce la importancia del ingreso propio y el trabajo remunerado como herramientas de empoderamiento, considera que la solución habitacional tiene un efecto liberador aún más profundo. “Nosotras siempre hablamos del empoderamiento económico, que es real, que una mujer lo tiene que tener, pero más allá de que tengamos esa posibilidad de tener un salario, la solución de la vivienda nos libera mucho más en la sociedad”, sostiene.

Nuñez cuenta que su propia cooperativa, CoviVictoria, la mayoría de las titulares de las viviendas son mujeres, muchas de ellas jefas de hogar, lo que a su entender “implica estabilidad, arraigo y capacidad de proyectar”. “Si nos quedamos solas, la cooperativa es donde vamos a tener más posibilidades de acceder a una vivienda, construirla y pagarla, y allí criar a nuestros hijos. No es lo mismo pagar un alquiler o pagar la cuota de un banco que pagar la cuota de una cooperativa de vivienda”.

En ese cruce entre necesidad, organización colectiva y acceso a la propiedad de uso, el modelo cooperativo aparece como una herramienta de autonomía social y política. No solo porque garantiza techo, sino porque habilita participación, liderazgo y redes de apoyo entre mujeres que, al organizarse, transforman una carencia estructural en poder colectivo. “La cooperativa no solo te facilita el acceso a la vivienda propia, sino que también te ofrece la posibilidad de vivir con tus hijos en un lugar que es comunidad, con familias con las que compartís un sentido de pertenencia, te da un círculo de contención, algo que nosotras también necesitamos. Muchas veces no estamos en el hogar, tenemos que dejar a nuestros hijos, y son tus vecinas y vecinos a los primeros que recurrís si pasa algo. Hay muchas compañeras del interior, que vinieron a Montevideo a buscar una oportunidad mejor, que tienen a sus familias lejos, y la cooperativa les da ese círculo de contención, son con quienes pasan las fiestas. La cooperativa es familia y refugio”.

Dormir dentro de un auto con sus hijas. Pasar la noche sobre un banco, pendiente de si habría ratones. Amamantar en el obrador y volver a la obra. Esperar el domingo para avanzar en la obra, colocar ella misma las cerámicas mientras su hija dormía sobre una caja, son algunas de las imágenes que recuerda Magnone, pero no desde la queja, sino con orgullo y emoción. “Yo te puedo contar todas las cosas que viví para tener mi casa, pero de las que no me arrepiento”, dice. “Eso no me lo saca nadie”, afirma. Tampoco a su hija, que todavía recuerda la pared que rayó en la cocina de un vecino. “Son cosas que te las da solo el cooperativismo”, resume emocionada.

A 15 años de la creación del PVS, el balance es, para ambas, profundamente político y personal. “Para mí es un orgullo que esto nazca de la clase trabajadora. Es algo más que sabemos que podemos hacer las trabajadoras y los trabajadores organizados”, sostiene Núñez. Habla de pertenencia, de algo que “es de todos, también de quien no está y quiere estar”. Magnone coincide y asegura que para las y los trabajadores, “y más para nosotras, como mujeres jefas de hogar, muchas monoparentales, el cooperativismo y el PVS es el camino para acceder a nuestra casa”. Lo dice con la convicción de quien atravesó los momentos más duros de una obra. Cuando el cansancio primaba, cuando el final parecía un sinfín de trámites y decisiones, fue la federación —según relata— la que acompañó y orientó. “Es militancia social”, define.

Nahiaya Magnone y Viviana Nuñez

El costo invisible: ayuda mutua y sobrecarga

Si el modelo cooperativo es una herramienta de autonomía, también es —coinciden— un terreno de fuertes tensiones para las mujeres. La principal dificultad hoy, señalan, gira en torno al régimen de ayuda mutua y a las condiciones materiales para sostenerlo. Núñez asegura que “muchas mujeres necesitan el acceso a la vivienda, pero no pueden cumplir con las horas de ayuda mutua que se deben trabajar en cooperativa, y no tienen quien pueda suplir eso”. “Esas horas hay que cumplirlas porque si no te multan y te pueden expulsar”, agrega Magnone, y explica que a esas horas se suman guardias y sereniadas, lo que multiplica la carga semanal. “Para poder acceder a la cooperativa hay que hacer horas en la obra, pero a la vez hay que mantener el trabajo para poder pagar la cuota social y, en muchos casos, asumir los cuidados del hogar y la familia, que por lo general corre por nuestra cuenta. Es así que muchas mujeres tenemos tres trabajos, el remunerado, el no remunerado y el de la cooperativa”, añade. “Se puede”, afirma, y “la prueba son las casas habitadas y las obras en marcha”, pero “¿a qué precio? Al de sacrificar la familia, los hijos, las fiestas, cumpleaños”.

Núñez aporta una imagen que condensa esa tensión entre el logro colectivo y desgaste individual. “En la reciente entrega de llaves de Coviru 1 —una cooperativa que demoró once años en culminar su proceso— las compañeras que habían paralizado un montón de veces los procesos recordaban justamente a las mujeres que no estaban, pero que estuvieron, que también fueron parte de esa cooperativa y que hicieron posible que hoy ellas tuvieran esa casa. Muchas de ellas no pudieron sostener el ritmo y quedaron en el camino”, relata.

Ante las dificultades planteadas, sostiene la dirigente, la política pública tiene una deuda pendiente. “¿Qué herramientas existen para que las mujeres jefas de hogar puedan ingresar, permanecer y culminar el proceso cooperativo? Hoy no hay”, critica. Y agrega que también se trata de una discusión interna sobre la solidaridad: “No siempre todos los integrantes comprenden que es necesario respaldar a la compañera que no llega con las horas”.

La desigualdad se profundiza cuando median separaciones. Magnone describe situaciones en las que la mujer es quien se termina retirando del proyecto. “Cuando las mujeres entraron a la cooperativa con una pareja y en el proceso se separan, en la mayoría de los casos permanece la pareja porque obviamente la compañera tiene que asumir los cuidados y no cumplir con las horas de trabajo en la cooperativa”, señala.

La titularidad de la vivienda, en algunos casos, suele ser otra dificultad para las mujeres, cuentan las dirigentes. “Si el varón figura como titular y no hay acuerdo, la mujer puede quedar desprotegida incluso teniendo hijos a cargo. Aunque los estatutos establecen preferencia para quien tiene menores, en la práctica prima la necesidad de consenso. Si la cooperativa no sale al respaldo, la compañera se tiene que ir”.

Desde la Secretaría de Género del PVS impulsan una estrategia clara: que las mujeres sean titulares o cotitulares desde el inicio. “Las compañeras tienen que entender que ponerse como titulares no implica quitarle ningún derecho a la persona que está acompañándolas”, enfatiza Magnone. Existe hoy una ley de cotitularidad, pero —según reconoce— “tiene muchos baches que se están trabajando, pero al momento no ha salvado a ninguna compañera. Esa es la realidad”.

Avances en clave feminista

Magnone y Núñez coinciden en que, en los últimos años, el cooperativismo ha comenzado a asumir de manera más explícita la agenda de género, no como un tema accesorio, sino como parte estructural de la convivencia y la organización. En tal sentido, destacaron que uno de los logros más claros es la creación de la comisión de género, en agosto del 2022, que no solo visibiliza problemáticas históricamente silenciadas, sino que habilita herramientas políticas para abordarlas. “La comisión nació de la necesidad de un espacio institucional donde canalizar la acumulación de situaciones vinculadas a desigualdades y violencias que emergían”.

Una vez que se constituyó la comisión y se avanzó en un convenio con el Instituto Nacional del Cooperativismo (Inacoop) para fortalecer la formación interna. Ese acuerdo, según contaron, habilitó instancias de capacitación y la elaboración de un taller propio, diseñado desde la experiencia cooperativa y feminista. El dispositivo formativo no se limita a abordar violencia de género de manera aislada: parte de una introducción al cooperativismo, continúa con la convivencia comunitaria y, recién entonces, profundiza en género y violencias. “Primero tenemos que entrar a la cooperativa. Entonces, lo hacemos hablando de cooperativismo, convivencia y luego vamos a lo que es género y violencias”, explica Magnone. El taller se replica en distintas cooperativas y constituye una de las principales herramientas de sensibilización y prevención.

Otro paso relevante que valoraron las cooperativistas es la incorporación de la violencia basada en género en los reglamentos internos. “Durante mucho tiempo predominó la idea de que las cooperativas —por su carácter comunitario y solidario— estaban exentas de los conflictos que atraviesan a la sociedad, como la violencia contra las mujeres. Pero eso es un error porque quienes habitamos las cooperativas somos las mismas personas que también socializamos fuera de la cooperativa. Entonces, estamos trabajando en las respuestas, ¿qué hacemos si sucede?”, cuenta Magnone.

Ambas relatan que en algunas cooperativas han existido situaciones graves: abusos, acosos y distintas formas de violencia —psicológica, física y simbólica— incluso ejercidas desde espacios de dirección. “A veces la propia directiva ejerce violencia sobre el resto de sus propios compañeros y compañeras: porque yo soy la presidenta o el presidente, porque yo soy el encargado. Y eso también es violencia”, señala Magnone. En tanto, Núñez aporta ejemplos concretos de situaciones cotidianas que durante años quedaron en la sombra. “Surge muchas veces que te toca serenear con un compañero que está mimoso de más y las mujeres tenemos que frenar esa situación, y después es tu palabra contra la de él”, describe. En esos casos, la respuesta institucional es decisiva. “La cooperativa te tiene que creer, pero no siempre pasa”, admite.

Frente a ese escenario, el avance no ha sido lineal ni exento de resistencias. Magnone reconoce que no existe aún un protocolo específico ni desde el Ministerio de Vivienda ni desde la agencia correspondiente, pese a la larga tradición del cooperativismo. Sin embargo, desde la Secretaría de Género del PVS se impulsa una transformación cultural y normativa: instalar la pregunta en cada cooperativa: “Si sucede, ¿qué van a hacer ustedes?”, cuestiona. Hoy, las sanciones previstas suelen ser leves —por ejemplo, restricciones temporales en la participación—, pero el debate ya está abierto sobre cómo actuar ante situaciones más graves. “¿Qué sucede cuando pasa algo mucho más grave? Y bueno, entonces eso sí se está logrando”, afirma.

La dimensión territorial agrega complejidad. Con cooperativas desplegadas en todo el país, los ritmos y niveles de incorporación de la perspectiva de género son heterogéneos. “El tema es que, al tener cooperativas en todo el país, hay lugares que no llegás tan fácil. La formación, la sensibilización y la construcción de protocolos requieren presencia, recursos y continuidad”.

Por otro lado, las entrevistadas valoran que el mapa actual es heterogéneo pero alentador, ya que hay cooperativas con comisión de género formalizada; otras que ya incorporaron la temática en sus reglamentos; algunas que lo hacen incluso antes de iniciar la obra; y también aquellas donde el proceso recién comienza. “Hemos ido plantando la semillita, pero un trabajo profundo que hacemos nosotras desde la comisión”, concluyeron.

La agenda pendiente

Cuando se proyectan hacia el futuro, Núñez y Magnone coinciden en que los desafíos del cooperativismo en materia de género no pueden pensarse de manera aislada de las condiciones estructurales del sector. La autonomía y la equidad, sostienen, también dependen de decisiones presupuestales y de marcos normativos actualizados. “Yo creo que uno de los desafíos más grandes es obtener un mayor presupuesto para el cooperativismo, porque nosotros sin plata no hacemos nada, no hay cooperativismo posible sin un presupuesto digno”, afirma Nuñez. La demanda, explica, “no se limita a sostener lo existente, sino a garantizar que más mujeres, jefas de hogar, puedan acceder y permanecer en el sistema”.

Magnone agrega otra materia pendiente: la necesidad de revisar la normativa vigente. La ley de cooperativismo (18.407), señala, tiene ya muchos años y requiere una actualización acorde a la realidad actual. A eso se suma la ley de cotitularidad, cuya existencia no siempre se traduce en aplicación efectiva. “En muchos casos se desconoce porque no hubo difusión real de lo que abarca la ley de cotitularidad”.

En la práctica, el acceso a esa información depende muchas veces de la iniciativa individual y del azar de llegar a asesoramiento jurídico dentro del ministerio. Para las dirigentes, esa falta de difusión reproduce desigualdades y deja a muchas mujeres sin herramientas para defender su derecho a la vivienda en condiciones de equidad.

El lugar de las infancias en las cooperativas es otra de las deudas pendientes que mencionaron las entrevistadas. “En muchas cooperativas no hay espacios de juego y dispersión para los niños, pero sí hay lugar para los autos. Las infancias son las grandes olvidadas. Los gurises juegan dentro de las casas porque a los vecinos les molesta”, lamentaron. En algunos casos, incluso, los niños y niñas no pueden ingresar a la obra hasta que las viviendas están terminadas, bajo criterios de seguridad que —si bien necesarios— terminan excluyéndolos por completo del proceso. “No puede ser que los niños no pisen la cooperativa hasta que se mudan”, cuestionan.

“El otro día visité una cooperativa que es preciosa, pero no tiene espacios verdes ni áreas de juego. Y el resultado es que los chiquilines en esta cooperativa se quieren ir, prefieren vivir hacinados, pero tener un lugar donde jugar. Esa es la respuesta de los gurises. Eso no nos puede pasar”, dice Magnone.

Desde la Comisión de Género del PVS proyectan incorporar esta discusión a la agenda formativa del próximo año. Si bien los talleres sobre violencia y comunidad continúan siendo prioritarios, la intención es ampliar el enfoque. “Está bien el taller de violencia, comunidad, cooperativismo, pero hagamos algo con las infancias”, plantearon.

Las cooperativistas reflexionaron acerca de si es hoy el cooperativismo un modelo con enfoque de género, asegurando que “vamos en camino”. Aseguran que ese trayecto no comenzó ahora ni se agota en las actuales dirigentes: “No yo, no nosotras, sino que lo construyen otras. Siempre que nosotros llegamos a un lugar hubo otras, eso nunca nos tenemos que olvidar”. Ese legado es, para las dirigentes, la base sobre la que hoy se continúa edificando. “El desafío es más profundo y excede al movimiento cooperativista porque implica una transformación cultural sostenida. Como sociedad, nos falta reeducarnos en muchas cosas, pero venimos en ese camino”, reflexionaron.

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