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Referentes feministas debatieron los desafíos en tiempos de ultraderecha

El conversatorio “Feminismos, violencia de género y futuro” reunió a referentes feministas para analizar el recrudecimiento de la violencia, el avance de las derechas y las estrategias para enfrentarlo.

“Feminismos, violencia de género y futuro” fue la temática que convocó a decenas de personas este jueves en el Centro Cultural de España. La actividad se desarrolló en el marco del Día del Futuro 2025, una iniciativa de la diaria que desde hace años reúne a sectores de la sociedad civil, la academia y la política para reflexionar sobre los desafíos hacia el mediano y largo plazo. En esta ocasión, referentes del activismo y del Estado compartieron diagnósticos y estrategias frente a un panorama marcado por el recrudecimiento de las violencias y el avance de las derechas en el mundo.

La mesa estuvo integrada por Josefina González, activista transfeminista, militante política y social y licenciada en Ciencias de la Comunicación; Victoria Marichal, psicóloga especializada en violencia de género, activista feminista y fundadora del Proyecto Ikove, conformado por sobrevivientes de violencia sexual; Sol Ferreyra, médica, docente y divulgadora argentina más conocida en redes como “Sol Despeinada”; y Mónica Xavier, directora del Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres). También estaba prevista la participación de la trabajadora social y directora de la ONG El Paso, Andrea Tuana, quien no pudo concurrir.

La moderación estuvo a cargo de Stephanie Demirdjian, periodista y editora de Feminismos de la diaria, quien planteó los ejes centrales de la conversación. “La idea es pensar juntas dónde estamos paradas en el marco de la violencia de género, en un escenario de brutalización hacia mujeres, infancias y disidencias, con nuevas formas de agresión que requieren herramientas que aún no tenemos”, advirtió. Asimismo, remarcó la necesidad de poner sobre la mesa violencias como la digital o la vinculada a contextos de narcotráfico, y alertó sobre la consolidación de proyectos de extrema derecha en la región que buscan deslegitimar las luchas feministas.

¿Dónde estamos paradas?

González fue la primera en tomar la palabra, confirmando que el feminismo y las disidencias enfrentan hoy un escenario “bastante complejo”, marcado por el recrudecimiento de las violencias y el avance de agendas conservadoras. Recordó que estas ofensivas no son nuevas, sino que comenzaron a organizarse en los años 90, cuando la introducción del concepto de género en el ámbito internacional “generó fuertes reacciones”. Desde entonces, señaló, las extremas derechas han consolidado estrategias, discursos y campañas “articuladas, organizadas política y socialmente, financiadas internacionalmente” y sostenidas por sectores corporativos y religiosos, como la Iglesia católica más conservadora y las corrientes neopentecostales.

Para González, es clave entender que estos ataques “no son aislados ni ingenuos”, sino parte de un proyecto de combate a los derechos y libertades, en su sentido más amplio. En esa línea, sostuvo que la ofensiva reaccionaria busca construir un “enemigo” que tiene muchas caras: la de las mujeres, los feminismos, las disidencias, las infancias y también la pobreza.

Ante una derecha que no solo implica un riesgo para los derechos vinculados al género, la activista destacó el potencial de las luchas feministas y trasnfeministas, que también se involucran con otras batallas, como la defensa de la tierra y los recursos. A modo de ejemplo, mencionó un documental sobre la violencia contra el Movimiento de los Sin Tierra durante el gobierno de Jair Bolsonaro que mostraba cómo grupos organizados, en connivencia con terratenientes y el propio Estado, atacaron brutalmente a campesinos, dejando múltiples asesinados. González destacó que la única persona que testimonió en el juicio fue “una marica pobre que araba la tierra con sus manos”, lo que evidencia que “nuestras luchas no son solo por las nuestras o por los nuestros, tienen que ver con disputar sentido e intentar construir un mundo mejor para todas las personas”.

El feminismo no duerme

En tanto, Marichal, compartió con preocupación la idea extendida de que el feminismo en Uruguay “está dormido”, cuando, por el contrario, “está todos los días activando un montón de cuestiones”. Para ejemplificar, mencionó el trabajo cotidiano de compañeras que integran su colectivo, y de otras que “activan” desde otros lugares: “Una [compañera] está sosteniendo a una mamá que se acaba de enterar que su hija estaba siendo víctima de abuso sexual, otra sosteniendo a una compañera de la cooperativa que tuvo un intento de autoeliminacion porque estaba en situación de violencia, otras mujeres feministas que están como Steph [Demirdjian], abriendo lugar en los medios de comunicación para que podamos hablar de esto”.

Para continuar refutando la idea del adormecimiento, insistió en la importancia de mostrar las acciones que se están llevando adelante. En el caso del Proyecto Ikove, destacó el trabajo realizado para impulsar la imprescriptibilidad de los delitos sexuales contra niñas, niños y adolescentes y la tipificación del suicidio femicida. Estos debates, aseguró, habían quedado relegados y volvieron a ponerse en movimiento gracias al activismo feminista.

Por otro lado, alertó sobre la validación de la violencia desde las más altas esferas de poder. Señaló que, tanto en Argentina con los discursos de Javier Milei, como en Uruguay, con senadores y otros actores que reproducen mensajes patriarcales en televisión, se alimenta una “cultura de la violación y de la violencia” que termina legitimándolas, especialmente en el ámbito digital. Compartió que tras el reciente caso de violencia vicaria en Uruguay —el asesinato de dos niños a manos de su padre— al hacer una publicación en sus redes sociales, recibió comentarios que culpaban a las mujeres y al feminismo por lo sucedido. “¿Cómo es posible que un tipo asesine a sus dos hijos y la culpa sea de las mujeres, de los feminismos, de la ley? Una ley que además no tiene presupuesto”, cuestionó.

Otra de las ideas que compartió es la necesidad de “acercar la política pública a las necesidades reales de las personas”. Según señaló, las sobrevivientes de violencia sexual en Uruguay no tienen un lugar específico donde acudir a pedir ayuda, ya que los dispositivos estatales están preparados para atender situaciones de violencia actuales, no hechos que muchas veces se denuncian con el paso del tiempo. “Los feminismos están logrando algo maravilloso, que es romper el silencio. Pero después no tenemos a dónde ir a pedir ayuda, y eso genera de nuevo mucho agotamiento y extenuación”, advirtió.

¿Nos pasamos tres pueblos?

A su turno, Ferreyra inició con una advertencia que dejó claro desde donde se posicionaría su discurso. “Lamento decirles que no vengo de Argentina, vengo del futuro”, ironizó, en alusión a la experiencia de vivir bajo el gobierno de Javier Milei. Desde ese lugar, alertó sobre el avance de las derechas en la región: “Se están organizando de maneras hostiles y muy estratégicas. No son tontos ni estúpidos. Tienen alianzas con distintos poderes que no podemos ni imaginar. No hay solo plata puesta, hay expectativas de un cambio totalmente radical de cara al futuro, en lo que tiene que ver con tecnología, con política, con poder, con roles, y ni hablar de reproducción y otra serie de cuestiones”.

En su análisis, sostuvo que la violencia es la forma en la que estos sectores logran legitimidad: “Ellos llegan al poder siendo violentos, no llegan engañando a nadie, son totalmente transparentes, la gente vota, la violencia vota”, remarcó. Frente a ese escenario, recomendó no desgastarse en disputas menores: “No pierdan un segundo milímetro de su tiempo en discutir pavadas con los libertarios, sino más bien en poner frenos concretos”.

La credibilidad de la palabra de las mujeres y las infancias víctimas de violencia sexual fue otro de los ejes de su intervención. Ferreyra explicó que, en la mayoría de los casos, los abusos se producen en ámbitos intrafamiliares y no dejan marcas físicas, algo que, en sus palabras “tienen que entender, sobre todo los abogados que defienden violadores”. Y añadió: “La justicia pide todo el tiempo que un niño muestre una lesión, que muestre un moretón. Es precisamente el vínculo de confianza lo que habilita, muchas veces, a que los abusadores accedan a esas infancias. Ese vínculo de confianza no necesita dejar marcas, porque yo no necesito ser violenta con un niño que me permite acceder, porque tengo un vínculo de confianza previo”.

En ese marco, cuestionó el estereotipo del agresor como “ese hombre que se oculta debajo de puentes, en la oscuridad” y enfatizó que muchas veces el verdadero peligro proviene de personas cercanas. “Lo que disputamos todo el tiempo es la credibilidad de nuestro discurso. Si te digo ‘me pasó esto’ es porque me pasó, no porque quiera llamar la atención, ni me parece muy cómodo mi rol de contar un abuso, ni me encanta la situación en la que me encuentro, ni resulta que tengo un montón de tiempo libre para ir a la comisaría a hacer una denuncia”, enfatizó.

Ferreyra también polemizó con la noción de “ideología de género” sostenida por sectores conservadores, asegurando que “es obvio que existe”. “Es esa que dice que un género es superior a otro, que un hombre es más inteligente, más fuerte (…) Que los hombres pueden atacar la integridad física de cualquier otro ser humano y no ser humano que habita esta tierra, y que todo es a causa de la testosterona, las hormonas, y su biología. Hay algo que se ignora completamente sobre su cultura, su aprendizaje, y su rol en la sociedad”. Y añadió: “Me parece que hay que disputar absolutamente ese sentido”.

Reconoció no saber cómo argumentar que el feminismo no está dormido, pero sí aseguró que existen “intentos de anestesiarlo”, sobre todo a través de la feminización de la pobreza, que recae en las mujeres vulneradas. “Son las que paran la olla en los barrios populares, son las que tienen muchos hijos porque no han podido acceder a un centro de salud, a información sobre métodos anticonceptivos, ni educación sexual integral. Los padres abandonan ese hogar o mueren en un tiroteo o lo que sea, pero muchas veces están ausentes. Y cuando están, a veces son más un problema que otra cosa. Y estas mujeres tienen que salir a trabajar de lo que sea, por supuesto perdiendo su autonomía y poniendo a riesgo su economía”. Para ella, una forma de “ahorcar” a las mujeres y a las disidencias es a través del poder económico.

También se refirió a una consigna instalada en Argentina tras la victoria de Milei: la idea de que “el feminismo se pasó tres pueblos”. Considera que con estas consignas buscan instalar que salir a la calle a pedir que no maten a nuestras amigas o hermanas es un exceso: “No es que saliste a pedir la cabeza de los femicidas, saliste a la calle a pedir justicia”, expresó. Explicó que esa narrativa no proviene únicamente del nuevo gobierno, sino también de sectores que podrían resultar cercanos, como el peronismo, obligados a disputar votos con el oficialismo, quienes comenzaron a exigir a las feministas una especie de autocrítica. “Estuve tres días pensando: capaz que sí, capaz que dijimos esto, capaz que esto fue mucho”, pero “no, la verdad que no, y hay que mantenerse firme en eso. Nada de lo que nosotras pudimos haber hecho o dicho influye en una crisis económica, particularmente en la que se encuentra el país de dónde vengo”.

A modo de cierre, advirtió contra la tentación de convertir al feminismo en el chivo expiatorio de las crisis políticas y sociales: “Ocúpense de las muertas, ocúpense de la gente que tiene por enterrar todavía, ocúpense de las desaparecidas (…) pero el feminismo no tiene que ser el chivo expiatorio de ningún problema político que tienen los tipos de arriba”. Y lanzó una advertencia que resonó en la sala: “Eso va a pasar acá también, porque los libertarios se manejan exactamente igual en todos lados”.

Combatir desde la pedagogía política

Xavier coincidió con el resto de las referentes en el avance de las ultraderechas a través de las estructuras de poder y agregó que estas “también van por la negación al cambio climático, a los avances de la ciencia, al multilateralismo”. Reconoció que los feminismos fueron “sorprendidos” por la fuerza del avance conservador, pero remarcó que "no estamos noqueadas”, aunque propuso pensar “si hemos sido suficientemente pedagógicas para lo que estábamos buscando”.

La jerarca subrayó que la tarea no es responder desde el miedo, sino desde un horizonte de esperanza: “A nosotros nos infunden miedo para paralizarnos, pero nosotros tenemos que tener un mensaje esperanzador, no ingenuo, no negador de la realidad dura, porque vivimos en una Latinoamérica herida de desigualdad”. Frente a esa desigualdad —que las ultraderechas aprovechan— señaló la necesidad de disputar sentidos en múltiples dimensiones: género, clase, raza y las distintas capas de desigualdad que atraviesan la vida de las mujeres.

A su entender, una clave está en articular alianzas amplias con movimientos sociales, academia y ciudadanía: “Tenemos que estar unidos a todos los movimientos sociales, todas las reivindicaciones, para que quede aislado quien hace estos discursos y estas prácticas violentas, negadoras, reduccionistas. Pero lo tenemos que tejer, tenemos que meter a la academia con evidencia”. Y advirtió que aún persisten formas de naturalización de la violencia que deben ser combatidas desde la pedagogía política: “No me revincules a una niña o un niño con un padre violento. Terminemos con ‘la mató por amor, esto fue por pasión’. Hoy eso no se escucha tanto, pero sí se escucha: ‘es un buen padre, el problema lo tiene con ella, con los hijos es el mejor padre’”.

También reconoció que “a veces el Estado no da las respuestas que necesitamos” y que “la política pública tiene que seguir avanzando”, ya que “las preguntas cambiaron, porque esta realidad territorial de violencia que hoy vivimos, esta disponibilidad escandalosa de armas, cada vez de mayor poder, que no sólo tiene el crimen organizado, también está la disponibilidad en los territorios y en las comunidades, está generando demandas para las cuales el Estado no tiene posibilidad de dar respuestas, y las tiene que construir”.

¿Hacia dónde vamos?

Tras el diagnóstico del escenario actual, la conversación avanzó hacia un punto clave: cómo construir desde el feminismo estrategias colectivas frente a la crueldad, la precarización y los discursos de odio. Sobre este punto, González puso el acento en la necesidad de “volver a explicar lo mismo”, de construir memoria y de dejar de pedir permiso para defender la vida y los derechos. “La gente sin memoria repite procesos, ciclos, y eso lo estamos viendo hoy, desde el punto de vista regional y mundial”, aseguró.

A su entender, la disputa ya no se limita al terreno cultural, sino que adquirió una dimensión política e ideológica concreta: “Hoy ya no son solo discursos de odio, hoy se materializan en resoluciones judiciales, en leyes, en arremetidas directas”. Frente a esto, sostuvo que feminismos e izquierdas deben asumir con firmeza que “hay que dejar de pedir permiso para poner la vida en el centro y trabajar por los derechos de las personas, porque la gente no pide permiso para ejecutar sus políticas de la muerte” que, según dijo, “van contra todo, contra los recursos naturales, la tierra, el agua. Todo lo que produce vida y alimento en este mundo está sumamente atacado”.

Entre sus propuestas, mencionó el fortalecimiento de redes y lazos colectivos, la necesidad de una pedagogía que acerque los discursos feministas a sectores más amplios de la sociedad. “Hacer simple algo no quiere decir quitarle fuerza ni contenido. Tenemos que generar cercanía, explicar de una manera más simple, menos técnica, sin perder la complejidad que construimos hace tantos años”.

Finalmente, reivindicó la potencia de los feminismos y transfeminismos como camino político y crítico. “Son el camino porque introducen una variable sustantiva que es la interseccionalidad, no como categoría académica, sino como una cuestión de las múltiples posibilidades y atravesamientos de las personas. Yo reivindico los pluralismos siempre de los feminismos. Es desde ahí, desde la complejidad y los pluralismos, que tenemos que construir para combatir estos discursos y materialidades políticas que avanzan en nuestros territorios y en el mundo entero”.

Romper el aislamiento y reivindicar voces protagonistas

Marichal también cree que el horizonte político de futuro está en los feminismos, desde su pluralidad y diversidad, pero advirtió que para poder imaginarlo es necesario “romper el aislamiento que genera el patriarcado, el capitalismo, la hiperproductividad”. Para ella, la clave es fortalecer los espacios colectivos y de autoconciencia: “Tenemos que volver a las bases, volver a juntarnos, a hablar y reivindicar lo que para mí es el nudo de los feminismos populares: las voces de las personas que están viviendo las situaciones”. “Tenemos que poder escuchar a las compañeras que están en el territorio, a las compañeras de las ciudades populares, a las compañeras presas, a las compañeras trans, a las personas que históricamente se les han sacado las voces, porque ahí están las respuestas”, añadió.

Desde su experiencia en violencia sexual, subrayó que el movimiento ya ha elaborado propuestas concretas: “Le estamos diciendo [al Estado] lo que podemos hacer. Ya lo pensamos, le dimos la vuelta, lo investigamos, chequeamos la evidencia científica. Y sin embargo falta voluntad política muchas veces, o tiempo, no sé qué, para escucharnos”. Además, propuso diseñar “políticas públicas informadas en trauma”, que se apoyen en la evidencia disponible y en el saber de quienes sufren las violencias.

“El Estado no puede ser administrador de la crueldad, necesitamos un Estado que sea garante de nuestros derechos, un Estado que se enfoque en la prevención y la reparación”, sentenció. El horizonte feminista que imagina Marcihal está basado en el derecho al placer y al bienestar: “Necesitamos volver a disputar la idea del goce y el disfrute, como los feminismos del 2018. Tenemos que volver a lo simple y volver a explicar que acá nadie quiere perjudicar a nadie. Queremos que no nos maten más, que no nos violen más, y que sobre todo podamos construir una vida digna de ser vivida”.

Para cerrar, evocó una consigna del colectivo Ikove: “Para nosotras justicia es que no pase, y justicia es que nos crean. Desde ahí tenemos que poder empezar a pensar”.

Educar, sincronizar y organizar el enojo

La educación es otro elemento clave para la transformación social, aseguró Ferreyra: “Creo que las personas que nos dedicamos a la docencia creemos que hay un cambio posible de la realidad, si no, no nos dedicaríamos a educar”. Y planteó con convicción que “las violencias y los ejercicios de poder basados en el género no son innatos de la biología propia del ser humano, sino que es algo culturalizado, es algo aprendido”. En esa línea, sostuvo que la Educación Sexual Integral [ESI] es una llave fundamental: “No sé si es la solución, pero no tengo ninguna duda de que abre una puerta para pensar otras formas de vincularnos sexoafectivamente, de vincularnos como comunidad.”.

Otro desafío es para Ferreyra identificar y proteger a las referentes feministas y transfeministas, en sus palabras, “bancar a esa gente, estar donde esa gente está, que esa gente no se caiga”. Aclaró que esta protección no implica lógicas mafiosas, sino la necesidad de sostener a quienes se exponen: “Normalmente, para atacar a ciertos movimientos, lo más fácil es que caiga el referente y eso pierde credibilidad. Por eso hay que sostenerlos económicamente, afectivamente, de todo tipo de formas, porque la cara tiene un costo”.

Finalmente, se detuvo en lo que definió como un problema urgente: la fragmentación interna. “Nuestro tejido social, el del feminismo, el de los transfeminismos, está dañado. Cuando algo se daña, se inflama y lleva tiempo que cicatrice. No sé si tenemos ese tiempo”, advirtió, recordando la situación crítica que atraviesan en Argentina. Para enfrentar ese desafío, propuso avanzar en una “sincronización de las luchas” y en “organizar el enojo”, lo que considera “una emoción tan válida como cualquier otra" y "una recontra herramienta”. “Nosotras no la transformamos en violencia contra la integridad de otra persona, transformamos ese enojo en inteligencia, lo transformamos en estrategia, lo transformamos en colectivo”.

Despatriarcalizar el poder

En tanto, Xavier aseguró no creer en el relato del feminismo adormecido, pero manifestó su preocupación por no caer en “profecías autocumplidas”. Opinó que el poder desafiante al que se enfrentan los feminismos obliga a ser “mucho más astutas, asertivas y más unidas”. Aclaró, sin embargo, que la unidad no implica uniformidad, sino reconocer la diversidad. En ese sentido, señaló que los movimientos feministas a veces tropiezan al exigir que todas piensen igual para estar juntas, cuando lo verdaderamente importante es compartir un objetivo común: “Una vida digna, una vida vivible, una forma diferente de estar y de sentir”.

También se refirió a la necesidad de “despatriarcalizar el poder”, lo que a su entender puede traducirse en prácticas cotidianas de crianza: “Acá nadie viene a sacar derechos, venimos a compartir”. En esa línea, destacó la importancia de generar igualdad de oportunidades desde la infancia, para que las niñas puedan soñar con ser matemáticas, ingenieras en robótica o desarrollar habilidades para un mundo cambiante y desafiante.

Xavier transmitió un mensaje de esperanza, aunque matizó que no puede confundirse con frivolidad o superficialidad. “Las desigualdades son heridas muy profundas en nuestra realidad. Pero la historia no está escrita”, expresó, subrayando que los avances logrados son fruto de la militancia, la movilización en las calles y la apropiación colectiva de esas luchas.

Finalmente, subrayó el papel central de la comunicación, que no se limita a la televisión o el streaming, sino que abarca todas las formas posibles de encuentro y expresión. “Hay que poder encontrar siempre formas alternativas de comunicar (...) hay que juntarse, tirar ideas, solo así se cambia el límite de lo posible”.

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