“¡Tata, yo quiero ser diputao!”
Por Ricardo Pose Resulta paradójico que fuera en la semblanza del gaucho, la figura menos laboriosa del medio rural, que encontrara cauce este reclamo del esforzado chacarero, pero la vida misma tiene en la contradicción el motor de su dinamismo. Haciendo un ejercicio de revisión histórica, habría que valorar que distanciándose en la práctica de aquel espíritu que construyó el Poder Legislativo en 1828 con aquellos conceptos de representatividad, que tantas reformas electorales y políticas en “ríos de sangre” costo a la nación, la “plantilla” de legisladores se fue conformando con los “dotores”, los “letraos”, los que por su posición de clase ocupaban un lugar dirigente en la sociedad, con el fuerte apoyo de los caudillos locales en el medio rural. El legislador, entonces, hombre vinculado directamente con la capital del país, cumple el rol de autoridad política de la nación y dirigente y representante de su colectividad política; claro que con el tiempo, para lograr perdurar en su puesto legislativo, para sostener una apasionada batalla política en un país altamente politizado y para ensanchar las bases sociales de su apoyo, el electorado cautivo, se transformó en “padrino”, “gestor de tramites públicos”, “colocador de empleos en el ámbito público y privado”. Gestó el método del “clientelismo”, del “tarjetazo”, y aunque la izquierda vino a intentar dotar al Parlamento con otras definiciones y prácticas, sobreviven los lastres de una función prostituida en defensa de los intereses de los sectores que desde siempre son el poder económico en Uruguay. La labor y el ingreso económico Cuál es la medida del salario correspondiente a la labor es, sin dudas, una discusión que la sociedad debe darse en profundidad. En el apasionamiento de los debates donde danzan los conceptos de igualdad, justicia, equidad y, en nuestra sensibilidad, distribución del ingreso y la riqueza, olvidamos los límites impuestos por una sociedad capitalista. Así, un día escuchamos al gremio de maestros exigiendo ganar como un legislador y el eco que encuentra esa consigna en los sectores de menores ingresos de la población; salarios y gastos de funcionamiento que son bastante menos onerosos que los de muchos gerentes y empresarios de la salud, la educación, el agro y otras actividades. Y ya que el planteo se expresa con fuerza desde el “sector criollo” de la sociedad, vamos a quebrar algunas lanzas: -Si la función legislativa no fuera pagada, cualquiera fuera su naturaleza, la labor está condenada a ser ejercida únicamente por quienes disponen de ingresos personales suficientes, diríamos más, por quienes tienen capacidad de ahorro y capital solvente. -Cuando se levantan voces que plantean la “inutilidad de la política”, siempre conviene recordar cómo hasta los propios militares de la dictadura de 1973 resistieron el planteo de una sociedad sin partidos políticos de Juan María Bordaberry, actor político vinculado al mundo del empresariado agrícola, financiero y exportador. -Siendo para la izquierda política central el objetivo de la distribución del ingreso y la riqueza, el gasto parlamentario no llega a 1% del PIB, no mueve la aguja de la economía, no es la causa de algunas crisis económicas, pero una administración más sensata de los recursos económicos es una fuerte señal política en una sociedad devastada por años de políticas de exclusión social. -Se ha democratizado el acceso de funcionarios al cuerpo legislativo mediante llamados a concursos externos e internos. -Muchas de las correcciones a la función legislativa dependen de una reforma constitucional. Radiografía parlamentaria Antes de ingresar en la exposición de las frías y duras consideraciones matemáticas, quisiéramos mencionar algunos elementos de la función legislativa que extrañamente pocas veces son tomados en cuenta y que deberíamos plantearnos como sociedad.