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A la filtración del pasado miércoles 29 de julio en el diario estadounidense The New York Times sobre las conversaciones de Uruguay y Estados Unidos para recibir deportaciones, Lubetkin respondió indignado que no había tales negociaciones

A la filtración del bochornoso episodio de la participación de Uruguay en la reunión organizada por Marco Rubio, el secretario de Estado ultragusano de los Estados Unidos, nuestro canciller, Mario Lubetkin, respondió oscuramente afirmando que Uruguay había participado con un funcionario de segunda línea, cuando, de hecho, había concurrido el embajador uruguayo en EEUU, la primera figura de Uruguay en ese país, con bandera y todo, y además sugiriendo que la convocatoria había sido engañosa, cuando su propósito ya había sido revelado en los principales medios del mundo e, incluso, en la prensa local. Aquella filtración original provenía de un artículo del El País de Madrid.

A la filtración del pasado miércoles 29 de julio en el diario estadounidense The New York Times sobre las conversaciones de Uruguay y Estados Unidos para recibir deportaciones, Lubetkin respondió indignado que no había tales negociaciones, que Uruguay no había recibido ninguna propuesta en ese sentido y que él decía “la verdad, verdadera”, porque era el Gobierno nacional. Es más, despotricó contra los que creyeron en ese medio (The New York Times), juzgando de falso el contenido de la filtración. Pero, otra vez, Lubetkin fue opaco: el semanario Búsqueda informó que Uruguay había recibido el 24 de julio una propuesta de los Estados Unidos y citó tramos textuales de su contenido, y el periódico La Diaria lo completó diciendo que “son varios” los “documentos intercambiados”.

Las cosas que se dicen en el texto citado por Búsqueda, o lo que se infiere de las conversaciones sostenidas, son lamentables, pero a la vez menos novedosas que otro asunto crítico que subyace a estos últimos trascendidos: tanto La Diaria como, evidentemente, Búsqueda, ya que accedieron hasta el documento en sí, invocan fuentes muy informadas. En el caso de La Diaria, “fuentes del Gobierno” que dicen no entender por qué Lubetkin sigue conversando con Christopher Landau, subsecretario de Estado de los EEUU, además de maestro de ceremonia en el Lollapalooza anticomunista de Marco Rubio y el primero que sacó a relucir a los tupamaros como un ejemplo de los “terroristas” a los que pretenden perseguir, y en el caso de Búsqueda, fuentes de tal grado de penetración que tenían en su poder el documento y conocían de las conversaciones.

Con los legisladores del Frente Amplio molestos porque el canciller no les había informado del documento, ni siquiera en la reunión que mantuvo el viernes con los integrantes oficialista de las comisiones de asuntos internacionales del Parlamento —esto lo afirma La Diaria, y El Observador, que, al margen, cita textuales del coordinador de bancada del Frente Amplio, Carlos Varela, en Legítima Mañana, sin mencionar el nombre de Varela ni el programa donde hizo las declaraciones— y el trascendido de las fuentes tan superinformadas del Gobierno que no entienden por qué Lubetkin sigue conversando, pero sí saben con la certeza propia de los decisores que “el acuerdo no se concretará”, nos queda preguntarnos a quién responde la política exterior del polémico canciller, ahora que la fuerza política, los legisladores, y las encumbradas y poderosas fuentes del Gobierno parecen no entender su agenda ni sus derivas.

La respuesta más natural e institucional a esta interrogante es que la política exterior tiene el respaldo y el comando expreso del presidente. El presidente, aunque al Frente no le guste; el presidente, aunque otras fuentes del Gobierno se solivianten; el presidente, aunque los legisladores se muestren molestos y desconcertados. El presidente, como debe ser, en un país como el nuestro. Esa certeza, que a mí me acompaña hace varios meses, disculpa al canciller, pero pone a la izquierda, nos pone a todos delante de otro asunto de mayor envergadura que las fallas de comunicación o los problemas de gestión política: no vale hacerse los desentendidos.

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