2022 y sus insoportables desafíos
Ya se despereza el 2022, ya extiende uno que otro tentáculo tímido, como para demostrar que en efecto, está entre nosotros, o por lo menos en nuestra esforzada convención (o convicción) mental. Comienza un nuevo año, o sea uno de esos períodos que, más allá de sus indudables fundamentos físicos, astronómicos y cíclicos, está pautado por los mandatos inapelables de la cultura occidental. En este novísimo 2022, en la novela de la vida, la gente -a la que nadie le avisó que la vida es un asunto de cuidado, y se vino a encontrar con el problema un tiempo después de nacida- se halla sometida al arduo dilema de decidir, cual navegantes de la peripecia vital, qué rumbo ha de tomar en la mítica rosa de los vientos. Los dos extremos del tiempo se presentan cargados de insoportables desafíos. El pasado en una punta. El futuro en la otra. En el medio, el presente se nos escurre de modo irremediable. El presente viene a ser la fugacidad de la línea recta, que nos empuja a los extremos ya aludidos. Es que la bisagra de un año nuevo suele traer un verdadero asalto de recuerdos, meditaciones y proyectos mil veces enarbolados y otras tantas abandonados. Si diciembre es un mes rencoroso, de los que exigen un tributo de angustia marcado por los finales (porque en definitiva, se trata de finales, y algo fundamental se pierde en el proceso, me refiero a la no menor circunstancia de que se evapora un año más de nuestras vidas), enero es la incógnita de lo que vendrá.