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Columna destacada | Rip

Rip y el juego de los espejos

El cine, cualquier cine, no puede ser un espejo y, si lograra serlo, sería un espejo distorsionado y esa distorsión quizá sea lo que se denomina arte.

De visita en México, me interesó reparar en la riqueza del cine mexicano en relación a parte de su historia. La primera impresión fue la cantidad de producción audiovisual que produce el país más allá de los eternos problemas que arrastran, de diversa manera, las cinematografías de quienes "no somos Hollywood", para decirlo en forma de una categoría acuñada hace casi cinco décadas pero que mantiene vigencia conceptual más allá de todos lo cambios operados en el cine y en el mundo audiovisual.

Los nombres de los directores que coparon la escena y, paradojalmente, dieron el salto de la periferia al centro al conquistar precisamente a Hollywood, son la tríada de mexicanos integrada por Guillermo del Toro, Alejandro González Iñárritu y Alfonso Cuarón, sin duda. Sin embargo, todo quien se pare detrás de una cámara a dirigir tiene como un referente ineludible, no para repetirlo pero sí para conocerlo y tenerlo en cuenta, al legendario Arturo Ripstein.

Con más de 80 años de vida y más de 60 de carrera, aún no está retirado del todo, más allá de que su última película estrenada fue El diablo entre las piernas, que data de 2019. En los últimos años se le han rendido homenajes que, en parte, revierten un viejo desapego de sociedades que desconocen a sus grandes creadores y a sus obras. En Uruguay, como suele ocurrir, prácticamente solo Cinemateca Uruguaya lo exhibió, aunque recuerdo especialmente mi primer encuentro con uno de sus filmes, la sombría e irreverente Profundo carmesí, en 1998, durante un festival que expuso obras de directores latinoamericanos. En su propio México también supo sufrir ese desarraigo con un público demasiado atraído por el cine más comercial y hegemónico.

Rip

El cine de Arturo Ripstein fue más valorado fuera del México que impregnó tanto sus películas. Su filmografía extensa a lo largo de varias décadas se compone de largometrajes, cortos, telenovelas y publicidad. No solo hizo ficción sino también documentales. Incursionó en el teatro y supo actuar en filmes de otros directores. Y por si fuera poco, guionista. Sobre todo en la etapa en que integra un dúo creativo con su esposa, Paz Alicia Garciadiego, en el que se potenciaron mutuamente.

Buñuelandia

El cine estuvo en su vida desde niño. Hijo de un productor, creció muy cerca de los estudios de filmación donde conoció a Luis Buñuel y fue su asistente en el rodaje de El ángel exterminador. Cuenta que se decidió a hacer cine después de ver Nazarín, cuando tenía 15 años.

Sin duda Buñuel fue su maestro, aunque más en lo ético que en lo estético, más allá de la continuidad entre ambos a través de cierto surrealismo o en la radicalidad de sus personajes e historias. Dijo Rip: “Me gustan los sobrevivientes, los personajes marginales y las escenas donde las criaturas están al final de sus fuerzas, al borde del colapso, y siguen, siguen y siguen. Me gustan los personajes que optan por el amor”.

En el final de Viridiana, los primos juegan a las cartas y él le dice a ella: “Siempre me dije que acabaría jugando al tute con mi prima”, en una alusión sutil al incesto, pero con una fuerte carga dramática. Ese es otro paralelismo ya que en Ripstein hay también un particular manejo del erotismo.

Tragedia

Sin embargo, Rip lo insertó dentro de una sólida estructura dramática vinculada al melodrama y a la tragedia, aunque también con la comedia, como en La perdición de los hombres. En el libro “El erotismo y el arte”, Elena Bossi explica que el erotismo se define más por lo que oculta que por lo que muestra, y es mucho más eficaz cuanto más oscuro, porque el erotismo es un arte del control antes que del desenfreno. Y recuerda que lo trágico ha sido definido como desorden, fractura, quiebre y presupone un recorrido perverso.

Vale recordar que “perverso” significa inverso, trastocado y viene de perversus, que significa desordenar, echar por tierra. “Si la mirada perversa anda por lugares oscuros, la conciencia trágica residiría en el sentimiento de incomprensión frente al orden cósmico que aparece atravesado por eventos irracionales y escandalosos”, afirma Bossi.

Si la pasión erótica pone en juego la idea de lo inalcanzable y la relación entre el amor y la muerte, dos elementos recurrentes en su cine (basta recordar la pareja de Profundo carmesí, la historia de La mujer del puerto o Así es la vida), entonces el sentimiento trágico parecería ser el más conveniente para contenerlo y expresarlo.

Sordidez

Esa oscuridad y marginalidad de sus historias no fueron muy de recibo en México, donde ni por asomo alcanzó el prestigio logrado en el exterior. El consumidor del cine comercial ignoró sus películas y cierto público más elitista y educado, incluso, se jactaba de no ver cine mexicano, algo común a tantos otros países respecto de sus cinematografías.

Más allá de las complejidades de la producción, distribución y exhibición comunes a países que han sufrido la presión de la industria de Estados Unidos, también se impuso un deseo de no ver.

Aquello de no asumir todo lo que no fuera parte de la visión del México imaginario construida por las élites dominantes. Y así como se negó la riqueza y diversidad del México profundo, indígena y mestizo (para decirlo en términos del antropólogo Guillermo Bonfil Batalla) por creerlo una rémora del pasado, también esa negación esquivó creaciones que aludían a una realidad compleja y difícil. Incluso aunque pertenecieran a la cultura urbana o provinieran de un medio hipertecnológico y socialmente aceptado como el cine.

Espejos

A menudo se habla del cine como espejo. Las películas de Ripstein no eran un espejo de la realidad mexicana. No porque lo que muestran no aludiera a una realidad sino porque la realidad es siempre algo más de lo que creemos que es. El cine, cualquier cine, no puede ser un espejo y, si lograra serlo, sería un espejo distorsionado y esa distorsión quizá sea lo que se denomina arte.

Por mucho tiempo, el arte, por ejemplo en la pintura, buscó parecerse a la realidad. Lo curioso es que fueron la fotografía y el cine, que proporcionaron técnicas para una reproducción más objetiva, los que también quedaron obligados a tomar el desafío de ser, además, otra cosa. Algo más, arte que ya no va en un solo sentido, tras el sueño de acercarse a la realidad, sino alejándose también de ella.

Arte

Ripstein exploró vericuetos y laberintos. Trabajando con esa realidad, moldeó una creación con sólida estructura narrativa donde resalta el trabajo de la palabra hecha diálogo o monólogo, la perfección de la puesta en escena o el brillo de actores y actrices que encarnan en los personajes.

Su estilo visual y rítmico, basado en largos plano-secuencia, brindan el tempo para que esas actuaciones expresen parlamentos cercanos al juego teatral, sin caer en el teatro filmado, recreando un discurso que remite a esa oralidad tan peculiar del habla mexicana.

El cine de Ripstein, partiendo de la realidad y transitando por la oscuridad, iluminó zonas negadas, despreciadas o temidas. Sin embargo, en la transmutación de realidad a ficción, también se separó porque la realidad no tiene estructura y el arte si. Arte contradictorio en el que algunos pretenden espejarlo todo y otros jamás admiten verse.

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