Durante más de 30 años, Luisa estuvo en la primera fila buscando a Nebio. Buscando a Nebio y buscando a todos los compañeros y compañeras desaparecidas, reclamando al Estado el compromiso de la búsqueda, el esclarecimiento de las circunstancias de la desaparición y muerte de las víctimas y poniendo una muralla contra el avance del olvido, hasta convertir la lucha por la verdad en un asunto de carácter nacional, noble, movilizado, inconmovible y transversal a las generaciones.
Luisa Cuesta se transformó en un símbolo como Tota Quinteros, Luz Ibarburu o María Esther Gatti. No sólo un símbolo de lucha, sino también un emblema de un lazo constitutivo de la especie humana, que es el amor y la lealtad de las madres con sus hijas e hijos. Las dictaduras que arrasaron América del Sur nunca contaron con el carácter indeclinable, innegociable e incoercible de esa fuerza primordial y antigua que no se extingue con el tiempo ni se amilana ante nada ni ante nadie, que conmueve y conmoverá siempre todo lo sensible que existe dentro de la intimidad de la gente que tiene corazón y sangre y un mínimo de vergüenza y de decencia.
Ha muerto Luisa y nos embarga a todos la doble tristeza por la pérdida de una persona maravillosa y por la pérdida de alguien que hizo todo lo humanamente posible para encontrar a un hijo que le arrebataron los esbirros del odio, y así y todo nunca pudo encontrarlo. En el camino, en la permanente frustración de la búsqueda, fue dejando una enseñanza majestuosa a la sociedad uruguaya, una lección de dignidad humana, de gallardía, de entereza, que nos recorre e interpela a todos. Sobre lo que hemos hecho, sobre lo que no hemos hecho para que se sepa dónde están y qué les ocurrió a los desaparecidos, para que nunca más alguien sufra semejante afrenta.
Hasta siempre Luisa. Madre y luchadora, que apenas contaste con el consuelo de saber que Nebio cayó luchando por ideas en las que creía, para que un día alumbrara una sociedad nueva, más justa, más hermosa, más pareja para todos y todas. Esas, sus ideas, más que la carne, eran las verdaderas perseguidas, las que querían eliminar y desaparecer de la faz de la tierra. Esa prédica de justicia e igualdad era el objetivo a aniquilar cuando se llevaron a Nebio y a Mazzuchi de ese bar en Belgrano porque eran militantes y pensadores que escribían periódicos clandestinos para mantener viva una organización revolucionaria. Y esas ideas no pudieron acallarlas ni secuestrando a Nebio, ni asesinándolo ni desapareciéndolo porque las bestias no sabían que las ideas no se matan. Pero no se matan: viven en el aire, en el corazón de los sobrevivientes, en el compromiso inexpugnable de una madre, de un compañero, de un hijo que crece, de un montón de pueblo que las hace suyas y las riega como una plantita que crece y crece en los rincones más inesperados, como una rebeldía de vida por donde fluye savia, mezcla de la sangre y de los sueños de los caídos.