Pero, como continúan y ascienden las muertes por Covid, la lógica indica la necesidad de revisar las posiciones y las decisiones adoptadas, y para ello es imperioso recurrir al dictamen de los que saben, o sea de los especialistas. Y los especialistas han sido terminantes en aseverar que la reducción de la movilidad es urgente, perentoria, inaplazable. Es entonces cuando emerge el cinismo esplendoroso del gobierno, que ha dejado en estupor a propios y ajenos. Mi interés no consiste en ejercer una crítica estéril, sino en realizar una contribución analítica lo más sana y constructiva posible (porque aquí, o nos salvamos todos o no se salva nadie). Por ello es necesario precisar de entrada la diferencia entre el técnico y el político. El técnico posee el conocimiento de un saber hacer y de una práctica que puede enseñar, que está basada en la hipótesis, la comprobación y la demostración. A diferencia del político que normalmente habla para persuadir, el técnico habla para demostrar; o sea que habla con la verdad para otros, y transmite este saber a la comunidad. Pero, aunque el técnico hable con función y con intención de trasmitir conocimiento, lo hace sin asumir ningún riesgo personal, cosa que ciertamente no sucede con el político, ya que éste debe tomar decisiones que afectan a todo el cuerpo social. Sin embargo, esto no inhibe al político de proceder con honestidad. Es más. Lo menos que podemos exigir a un político es honestidad y verdad. También podríamos pedirle empatía, pero con lo primero nos conformamos. En tal sentido recurro a la figura de la parresia, tomada de la retórica clásica, que significa hablar con franqueza, con libertad e incluso con osadía, pero no para cuidar intereses de un sujeto o de una clase, sino para expresar la verdad, “toda la verdad y nada más que la verdad”, como dice el famoso juramento estadounidense que se realiza sobre la Biblia; aunque semejante verdad pueda representar un riesgo para el hablante. Claro que la parresia, llevada a la actualidad democrática, entraña muchos peligros. Uno de ellos es la consabida manipulación demagógica, que jamás falta a la cita. Otro es el no menos famoso relativismo moral, tan engañoso como atractivo, cuando no está acompañado de un riguroso análisis lógico. Si por un lado el hablante es muy capaz de aseverar que tal o cual cosa es la verdad para él y punto, por otro lado podrían irrumpir numerosos candidatos a hablantes, que exigen decir su verdad particular. Pero sigue en pie la necesidad de que, especialmente ante las grandes catástrofes (y sin duda estamos inmersos en una) el gobierno, que para algo es gobierno, se exprese sin ambages ni circunloquios, sin respuestas formuladas a través de preguntas o de pseudo conclusiones (¿a usted le parece que es así? A mí no me consta. No es lo que me dijeron), y con una mínima dosis de empatía ante la notoria situación de preocupación, sufrimiento y angustia de la ciudadanía toda. Lo contrario a la empatía es el menosprecio, la indiferencia, el desdén y la burla, todo lo cual no necesitamos, no queremos y no estamos dispuestos ya a tolerar.
Sería necesario, o más bien sería urgente, que alguien asesore mejor al señor Presidente. Tal vez todavía estemos a tiempo. La correspondencia entre el discurso veraz y el gobierno se muestra en buena medida, como indica Michel Foucault, en la relación del gobernante y su consejero, aquel a quien el gobernante está dispuesto a escuchar, aun con los peligros que conlleva hablarle al gobernante. El problema de fondo es que, precisamente, el gobernante se expone a demasiados perjuicios si no acepta hablar con la verdad, con toda la verdad y nada más que con la verdad. Por ejemplo, se expone a no oír más que la voz de la adulación y la aquiescencia, que no suelen ser las mejores orientadoras. Así las cosas, parece imposible que el gobierno se tome en serio las recomendaciones de la ciencia, salvo que opere un drástico y honesto cambio de timón, puesto que la opción contraria (que la ciencia y la ciudadanía se tomen en serio las aseveraciones del gobierno) constituyen un franco disparate y una temeridad sin límites, en lo que a vida, salud y bienes se refiere. Dicho esto, todo está dicho. Mientras tanto, la amenaza del invierno, del peor invierno (acaso) que hayamos atravesado en nuestra historia, sigue manteniéndose en pie.