La gente recuerda al primer intendente y presidente de izquierda de Uruguay. Al primer Presidente uruguayo de la historia en salir electo dos veces por voto popular en elecciones plenamente libres. Al estadista. Pero sobre todo se recuerda su calidez y humanismo. La única vez que le visité en su consultorio de la Española, me contó, mientras tomábamos un café, que estuvo con un paciente, minutos antes. Le tuvo que decir que se moría. Acompañó al hombre en su llanto.
A poco de asumir la Presidencia, inauguró el monumento a Wilson aprobado por ley. Gente con banderas blancas lo silbó. Mi hijo había quedado junto a su madre y a la mía del otro lado del monumento, se acercó y con sus orgullosos 11 años, le dio la mano y le dijo: “Disculpe, presidente, mi abuelo no los perdonaría”. Apenas se alejó, Tabaré me dijo: “Hay que tener cuidado con este cuando crezca”. Pero creció y el 6 de diciembre lo despidió y homenajeó. Como presidente, ex y nuevamente presidente, fue a todos los homenajes oficiales a mi viejo. Es más, un año, siendo ateo, fue a la misa de la catedral.
Un día me invitó a su casa. Fui con Gonzalo Reboledo. Poco después, me invitó a comer a su casa. Obvio que hablamos de política. Pero hasta en instancias como esas, no presionaba y planteaba las cosas con profundo sentido humano. “Creo que desde que murió tu viejo estás buscando tu lugar”. Lo recuerdo y me vuelvo a emocionar.
En su segunda presidencia, me llama el canciller Nin Novoa. Venía de Unasur. Venezuela y Colombia estaban al borde de un enfrentamiento fronterizo, que habría que evitar. Creían que había posibilidades de mediar. El presidente lo mira y le dice: “Hay que buscar a alguien que ambos acepten”. Levantó la mano y sugirió mi nombre. Se evitó que pasara a mayores. A lo mejor no había ya espacio para negociar. Pero la confianza de Tabaré, como jefe de Estado, es uno de los orgullos más grandes de mi vida.
Fue a visitar a mi madre, en su último cumpleaños. Con María Auxiliadora y la sencillez inherente a los tres. Aquel encuentro fue imborrable para mi madre. Pepe y Tabaré (aún siendo presidentes) eran los únicos dirigentes políticos que no la olvidaron nunca y la visitaban asiduamente.
Cuando el féretro pasó frente a casa, donde esperaba para aplaudirlo, dos saludos de dos familiares me quebraron. Siempre digo que, desde la muerte de Zelmar y Toba, no sé llorar de tristeza. Debo haber llorado, como rara vez lo hago, pero de emoción.
Hay gente amiga que lamenta que la pandemia haya impedido la despedida que merecía. No estoy de acuerdo. Conociendo la vida de Tabaré, el productor de Netflix más audaz o el novelista más creativo no podían haber pensado un final como el que tuvo. Ya habrá tiempo de recordarlo ante multitudes, aunque estas no estuvieron ausentes. Estaban en la calle, aplaudiendo el paso del cortejo.
Un hombre que dedicó su vida a la lucha contra el cáncer murió de cáncer. Un médico que consoló familias, perdió a su esposa, apenas un año antes, quizás por enterarse de su enfermedad. El presidente que le ganó un juicio a la Philip Morris por defender la salud de su gente murió en plena pandemia. El hombre que sacudió multitudes y llegó al alma de la gente instruyó como quería que lo despidieran. No pidió homenajes o monumentos, sino normas sanitarias. Se fue y se despidió cuidando a su gente. Es la caída de telón que merecía.