África, el dolor de la tierra
Las luces de cuatro vehículos apuntaban hacia un árbol; en él un hombre visiblemente lastimado y enceguecido por las luces se encontraba atado. Era nada menos que el gobernante democrático de un país africano a punto de ser ajusticiado. Del otro lado, agentes especializados, mercenarios contratados de otros países democráticos cumpliendo las órdenes que les dio su presidente democrático. Lumumba fue acribillado hasta la muerte. Moría con él un poco de África y también un poco la esperanza cierta que la descolonización había despertado en aquellos convulsionados años 60. Unos días antes, Lumumba había escrito a su esposa, previendo su final: “Ninguna brutalidad, maltrato o tortura me ha doblegado, porque prefiero morir con la cabeza en alto, con la fe inquebrantable y una profunda confianza en el futuro de mi país, a vivir sometido y pisoteando principios sagrados”. Las esperanzas de una República Democrática del Congo libre mutaron rápidamente en la dictadura de Mobutu Sese Seko, quien hasta rebautizó el país como República de Zaire, que llevó ese nombre hasta la muerte de Sese Seko, en 1997. De allí en más, la historia de Congo ha estado inmersa en la guerra y la violencia. Lumumba representó una opción cierta, nacionalista (en la búsqueda de paz entre las tribus), antiimperial, de izquierda y panafricana, pero chocó contra el muro de concreto de los intereses de las potencias de turno, maridadas por la Guerra Fría. Desede entonces, la violencia fue moneda corriente para este país, pero esa violencia aseguraba las prebendas y las seguridades políticas de Estados Unidos. El asesinato de Lumumba es la prueba máxima del imperialismo en el siglo XX, en el que Estados Unidos marcó las prerrogativas a los países europeos, que otrora lideraban estos procesos. Entre 2001 y 2015, los documentos salieron a la luz y se probó la existencia de una plan en Congo y en toda África, que era un secreto a voces en otros tiempos. Tanto el parlamento belga (brazo armado de Estados Unidos) como el mismo país del norte se hicieron responsables del asesinato de Lumumba y, sobre todo, de la desestabilización del país, del agite de focos revolucionarios independentistas (y su financiación) y de la legada al poder del dictador Sese Seko. El gobierno belga declaró en 2002: “A la luz de los criterios aplicados hoy, algunos miembros del gobierno de entonces y algunos representantes belgas de la época tienen una parte irrefutable de responsabilidad en los acontecimientos que condujeron a la muerte de Patrice Lumumba. El gobierno estima, por tanto, que debe presentar a la familia de Lumumba y al pueblo congoleño su profundo y sincero pesar y sus excusas por el dolor que les ha sido infligido por tal apatía y fría neutralidad”. Por su parte, el gobierno de Estados Unidos en 2014, por medio de la Secretaría de Estado, publicó una serie de documentos diplomáticos que incluían numerosas pruebas sobre sus actividades secretas. Foreign Relations of the United States, Volume XXII, Congo, 1960-1968 desnuda las intervenciones del gobierno de Dwight Eisenhower en la caída de Lumumba. Según las referencias de historiadores y los documentos desclasificados, se puede concluir que el gobierno de Eisenhower dio la orden expresa de intervenir en Congo e inclusive de asesinar al máximo líder popular. El encargado de dicha misión fue nada menos que Frank Carlucci, quien años más tarde sería secretario de Defensa de Ronald Reagan. El gobierno de Lumumba duró tan sólo unos meses. Ingresó como primer ministro el 24 de junio de 1960 y fue cesado (en una acción ilegal) el 14 de setiembre de ese año. Fue asesinado en enero de 1961 por mercenarios europeos y congoleños. Patrice Lumumba nació en 1925 en Katako Kombe. Estudió en las escuelas de los misioneros suecos, trabajó en una oficina minera, y luego como periodista. Se le otorgó una carta de matriculado, que sólo recibía un pequeño grupo bajo la tutela belga. Cuando joven, en 1955, formó la Asociación del Personal Indígena de la Colonia, y hasta se llegó a entrevistar con el rey Balduino I. Tras varias idas y vueltas en el proceso de independencia de Congo, en el que formó parte del Partido Liberal primero y de su propio movimiento después, llegó a convertirse en un referente del proceso. Llegó a ser el hombre más votado del país; accedió al gobierno, colocó un presidente de otra facción y demostró su espíritu conciliador. Pero, tras su prédica y sus primeras acciones de gobierno, pasó a estar en la agenda de los países europeos y de Estados Unidos principalmente como un agitador. Bélgica, por ejemplo, organizó una campaña de desestabilización, que incluyó el apoyo a la secesión de Katanga, una región del país rica en minerales. Retiró su ejército inesperadamente y a sus técnicos, lo que generó caos, tanto económico como social. Los servicios secretos europeos y norteamericanos tramaban y apoyaban económicamente a los disidentes congoleños. Tras la llegada de fuerzas extranjeras, Lumumba apeló a Naciones Unidas, que terminaron declarando que era un tema interno e hicieron la vista gorda. Finalmente, Lumumba pidió ayuda a la Unión Soviética, lo que obviamente fue como lanzar un balde de combustible a una hoguera. Pero ya era demasiado tarde. Era fines de 1960, y la suerte de Lumumba estaba marcada. No se arrodilló ante los imperialistas. Hoy es un mártir y un héroe nacional africano.