Tiempo después pensé que a Becho no lo acompañó casi nadie. Se murió ignorado, ya no olvidado. No fue jamás un personaje mediático. Era tímido y retraído, pero eso sí, sostuvo con Zitarrosa una de esas amistades que se quedan para siempre y que, a veces, se convierten en leyenda. Según ciertos testimonios que recabé en mis entrevistas para el libro, la canción escrita por Alfredo en su homenaje a Becho le gustó y le dolió a la vez. Al principio se enojó. No podía creer que su amigo fuera capaz de decir esas cosas. ¿Cómo que no amo a mi violín? ¿Cómo que “por las noches como arrepentido” vuelvo a buscar su triste sonido? Pero parece que al final le gustó.
Sale el tema a la calle, es oído, aclamado y ovacionado, y entonces Becho torna a su motivo de amargura. Se da cuenta de que no solamente nadie sabe que él existe -todos o casi todos creen que Becho es un personaje inventado por Alfredo- sino que creen también que la tonada, la hermosa melodía de la canción es de autoría de este. Y no. Ese fondo de melodía lo tocaba el propio Becho, una y otra vez, cuando convivía con Alfredo en la casa de la calle Paraná, en la Ciudad Vieja. Lo usaba para afinar su violín, y a su amigo se le quedó prendido en la cabeza. Cuando escribe esa letra en honor a Becho, y luego le pone música (¿o fue al revés?) salta la melodía aquella y se instala para siempre en el alma popular. Becho se resignó, o más bien se rindió al hechizo.
Nadie podía escapar al poder magnético que emanaba del arte de Alfredo Zitarrosa. El hombre que le cantó al dolor y a la pérdida, a la despedida, a “las renuncias de cosas simples que llevo hechas”, a la tristeza y al amanecer, a la guitarra negra; ese hombre supo desnudar y plasmar en sus canciones y por medio de su voz una buena parte del sentimiento humano, ambivalente, exasperado y necesitado de expresión, que anida en cada uno de nosotros.
Nancy Merino, madre de sus hijas Moriana y Serena, me concedió una entrevista inolvidable, en casa del actor Pepe Vázquez. Sentados a una mesa redonda, en aquel luminoso apartamento de la Ciudad Vieja, Nancy recordó el día de su casamiento con Alfredo. “Nos casamos en mi casa, en el Cerrito de la Victoria… estaba media humanidad”. Al principio habían pensado hacer una simple reunión de familia, pero “la gente empezó a caer”. Entre esa gente había muchos artistas, músicos y cantantes. “Iban, cantaban una canción, y se iban… y entre esas figuras cayó de pronto la Negra Mercedes Sosa, que andaba de gira por acá, y después Horacio Guarany”. La canción que cada uno dejaba era un obsequio, “porque Alfredo fue muy querido, muy amado por la gente”.
Ese amor de la gente se transparenta hasta hoy y así seguirá siendo. Cabe en los actos más ínfimos, como por ejemplo en el teléfono celular de dos muchachos que, mientras aguardaban su turno en la panadería, escuchaban extasiados, sin conocer sus orígenes y su historia, “El violín de Becho”. Poco importa, en el fondo, esa parte de la memoria rota. Lo que queda tiene que ver, una vez más, con ese semillero universal de donde vienen toda alegría, toda tragedia, toda esperanza: las historias de amor.