Es así que los términos civilización y barbarie aparecen, en realidad, como verdaderos jalones, pliegues o estratos de diversas etapas y manifestaciones de cultura, permeadas siempre por contradicciones y conflictos. Solo de este modo se explica que hayan existido levantamientos campesinos y gobiernos despóticos de cimiento popular, que recurrieron para fundamentar sus posiciones a la cultura tradicional de raíz hispánica. No solamente rechazaban la idea de olvidar cierto pasado (en particular el de la España feudal, plasmada en América por la vía de los latifundios y el caudillismo), sino que lo reafirmaban.
Por otra parte, también desde mediados del siglo XIX, la dicotomía civilización barbarie será planteada como un verdadero “lavado de sangre”, que se entendió posible a través de la inmigración europea en el mundo americano. Juan Bautista Alberdi fue uno de sus portavoces: “Lo que no ha desaparecido de la raza conquistada es incapaz de toda reacción civilizada, porque es salvaje o bárbaro”, y por eso llama a la inmigración. Pero el aluvión inmigratorio pronto se convirtió, a su vez, en una forma de barbarie, al encarnar en un proletariado que no replicaba ni las antiguas servidumbres campesinas ni, mucho menos, el viejo artesanado colonial. La oposición de castas se convirtió en una lucha de clases.
A fines del siglo XIX ciertos intelectuales comenzaron a considerar peligroso el ejercicio del olvido, especialmente en relación a sus raíces latinas, por oposición a la nueva América sajona, encarnada en los Estados Unidos. En ese marco, el francés Paul Groussac intentará reivindicar, desde Buenos Aires, el papel civilizador de Francia. Rubén Darío ensalzará los valores sepultados de la hispanidad, y José Enrique Rodó (tributario también del pensamiento francés) hablará de la decadencia de la latinidad y de la pérdida de la identidad americana, y concentrará buena parte de su mensaje en la advertencia contra el imperialismo estadounidense, el nuevo Calibán (aunque no lo nombre) de esos tiempos.
José Martí, cuatro años antes, planteará la necesidad de un autorreconocimiento, a través del concepto de “hombre natural” rechazado y despreciado por el “letrado artificial”, representante de las oligarquías ciudadanas. La barbarie atribuida a ese hombre natural es, en Martí, un poder histórico de desencubrimiento (sustituye el término barbarie por naturaleza) de una realidad negada y silenciada, a través de una capacidad radical de irrupción.
El propio Carlos Vaz Ferreira, poco tiempo después, exigirá abandonar la importación de sistemas elaborados en otros contextos para responder a necesidades que no eran las nuestras. En todos estos casos no se trata, como dice Roig, de ejercer un olvido negativo, dirigido a la represión de estos o aquellos grupos humanos señalados como la expresión de la barbarie, sino de reconocer el estatus humano de unos seres visualizados siempre como medios. Así como expresamos más arriba que no existe una visión imparcial en materia histórica, también las categorías o conceptos entendidos como opuestos deben ser juzgados en determinado contexto y bajo determinado juicio. No valen por sí mismos, sino en relación a quien los invoca. Decir hoy que somos latinoamericanos, y no hispanoamericanos, es parte de esa cuestión. La fuente de referencia de todas estas designaciones y distinciones ha de ser, en el contexto de una filosofía hermenéutica, el sujeto empírico que las enuncia. He ahí el proceso, o la construcción del andamiaje perpetuo, en el que se dilucida lo que Roig llama “el largo y doloroso proceso de nuestra humanización”.