El país que recibe Biden está lejos del que recibió Trump, y como si de algún país de los llamados “en vías de desarrollo” se tratase, el nuevo presidente debe encargarse de revertir una buena parte de las medidas tomadas por su predecesor. Es verdad que el soporte ideológico del presidente de ese país determina el carácter de las decisiones tomadas en su gobierno, sin embargo, las variaciones entre demócratas y republicanos, en el fondo, no son más que diferencias en el estilo de hacer lo mismo, matices de una sólida estructura ideológica colonial.
Sin embargo, en este caso, Trump ha ido mucho más allá de los matices ideológicos, ha puesto por delante, como ninguno, su perspectiva individual a la hora de tomar decisiones de Estado, el negacionismo característico de la parte más retardataria de los sectores económicos más poderosos sobre cambio climático, movimientos migratorios y armamento nuclear han llevado a movimientos profundamente nocivos y peligrosos a Estados Unidos como nación, alejándola de las principales preocupaciones de este tiempo, retrocediendo incluso a discusiones propias del período de la Guerra Fría.
Es importante recordar que, en el sistema político estadounidense, que es de un marcado carácter federal, las funciones del presidente no son tantas como en otros países, ya que una parte importante de las funciones del poder ejecutivo es asumida desde las gobernaciones de los estados. Una de las funciones más importantes y por las que finalmente se puede medir el carácter de un presidente de Estados Unidos es por su política exterior, las otras funciones a nivel interior generalmente vienen vinculadas a una interlocución con el Senado en cuanto a la promulgación de leyes, el manejo de las fuerzas militares y la promulgación de indultos o moratorias a personas condenadas.
Uno de los momentos en que se espera la intervención efectiva del presidente de Estados Unidos es ante la ocurrencia de calamidades domésticas o situaciones de fuerza mayor, es el caso de las acciones ejecutivas ordenadas por los respectivos presidentes que han estado al mando durante situaciones como desastres naturales como huracanes, intensas temporadas de tornados o terremotos.
En el caso de la pandemia, es justo uno de los puntos en que la gestión de Trump ha sido más fuertemente criticada, pues su papel se limitó al de un opinador respecto al tema, dejando el grueso de las decisiones en las autoridades de salud de los estados, dejando por fuera al gobierno federal, cuyo papel pudo ser distinto, evitando la pérdida de miles de vidas.
Este es el terreno al que llega Joe Biden, el presidente con mayor edad en asumir el cargo en la posesión número 46. La ceremonia de cambio de mando será también la primera en que el predecesor no haga entrega de la función, debido a que, como ya es bien sabido, Trump no ha aceptado la victoria de Biden y considera su salida de la Casa Blanca como una conspiración internacional.
La ceremonia de posesión, que parece más un espectáculo del Super Bowl que un acto solemne de traspaso de mando, ha sido planeada con las intervenciones artísticas de Lady Gaga y Jennifer Lopez entre otras celebridades, cuenta con el despliegue de 25.000 efectivos policiales en los alrededores del Capitolio, el doble de las posesiones anteriores, dato a tener en cuenta sobre todo ahora, cuando la cantidad de invitados es ostensiblemente menor a la tradicional, y donde se ha planeado que no se lleve a cabo ningún acto de masas en la zona aledaña al lugar de la posesión.
Biden ha hecho algunos anuncios donde muestra una clara diferencia con su antecesor, por ejemplo, ha adelantado el regreso de Estados Unidos al Acuerdo de París, cuyo eje central es reducir y regular las actividades que redunden en el calentamiento global. Trump dejó de participar de las actividades del Acuerdo desde 2017, cuando anunció el retiro de Estados Unidos, que en 2020 finalmente se terminó de concretar.
Dentro de este marco, tal vez el anuncio más importante, es la intención de Biden de virar hacia una matriz energética que no se soporte exclusivamente en el uso de combustibles fósiles, como hasta ahora ha sido la constante en Estados Unidos, uno de los grandes productores de gases con efecto invernadero, justo detrás de China, pero con una población sensiblemente menor.
Uno de los temas que causa mayor inquietud y que será definitivo para medir el verdadero carácter del gobierno entrante será el manejo que le dé a las relaciones con Cuba, principalmente luego de que casi a modo de portazo de salida, Trump volviera a incluir a ese país en la lista de países que patrocinan el terrorismo.
Finalmente, la postura respecto al bloqueo en contra de Venezuela será, sin duda, uno de los temas que mayor trascendencia tengan en la agenda hemisférica, pues las consecuencias de ese bloqueo, sin duda alguna, se sienten en todo Latinoamérica. No es fácil ver a un presidente de Estados Unidos como un adalid de la autodeterminación y contra el injerencismo, pero sin duda hay matices.
La obsesión estadounidense con Venezuela está marcada por la presencia de la mayor reserva petrolera a nivel global, y si bien es cierto que Biden ha anunciado un cambio en la matriz energética, es difícil creer que esto determine el abandono total de la presión sobre Venezuela, pues el control del petróleo no es un tema solamente de autoabastecimiento, es un tema de correlación global de fuerzas. Petróleo, coltán, litio, carbón y ahora agua hacen parte de los bienes de control geoestratégico que el nuevo presidente de Estados Unidos deberá abordar.