Tras varios días de silencio, el mandatario defendió este martes públicamente a su titular de Justicia, que ha estado en el centro de la polémica tras los mensajes filtrados por la publicación digital, que lo sitúan en una posición comprometida por, supuestamente, interferir directamente en las acusaciones contra el Partido de los Trabajadores (PT, hoy en la oposición) y el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva.
Cuando la situación parecía regresar a la normalidad, llegó el anuncio de la dimisión de Santos Cruz. Desde enero, el oficial ocupaba un cargo estratégico en la Administración brasileña, pero su figura se había visto desgastada tras haber participado en una disputa de poder con Carlos Bolsonaro, hijo del presidente y uno de los que ayudaron en la estrategia en las redes sociales, fundamental en la victoria electoral del ultraderechista.
El responsable de comunicación del Gobierno tenía una visión distinta de la del hijo del presidente, que compagina su tarea de concejal en Río de Janeiro con el dictado del rumbo de la estrategia virtual de su padre. Santos Cruz también confrontó con el escritor Olavo de Carvalho, pensador de cabecera del bolsonarismo y de quien el militar fue blanco de críticas.
En abril, el ya exministro dio una entrevista defendiendo que las redes sociales deberían tener algunas leyes para evitar los excesos. “Algo tiene que ser hecho con mucho cuidado para que [la red] no se torne una bomba en manos de grupos radicales, de un extremo u otro”, dijo. La idea provocó la furia de Olavo de Carvalho, gurú de Bolsonaro. «¿Controlar Internet, Santos Cruz? Controla tu boca, eres un mierda…». El presidente no lo defendió de ese ataque, y hasta lanzó un tuit irónico sobre un eventual control de la red. La paz reinó en los meses siguientes, pero ahora se ve como una mera tregua.
Aún se especulan las consecuencias de la dimisión de un ministro más en el Gobierno de Bolsonaro, que pierde apoyo de sus exponentes más moderados y que se decanta por su vertiente más radicalizada. Una maniobra arriesgada para Bolsonaro, que enfrenta una evaluación negativa de su gestión y que tiene que administrar con sumo cuidado el escándalo del ministro Moro.