Se conocieron muy jóvenes, casi adolescentes, en las reuniones que organizaba Julia Arévalo en solidaridad con la República Española. Ya con casi 30 años de viudez y 96 de edad, ella escribe en la contratapa de uno de los libros sobre la resistencia republicana en España: “La guerra civil española (nuestra guerra) contribuyó mucho en gran parte a que Wilson y yo nos enamoráramos. Wilson siempre llegaba antes que nosotros, nos acompañaba, nos llevaba en el bus a casa, ¡nos pagaba el boleto! Y así empezó la cosa. De algo trágico (de lo que éramos fanáticos) surgió todo”.
Ese amor nacido de la solidaridad fue el sostén más importante de la vida de Wilson, sobre todo en los momentos más duros. Cuando llevábamos apenas unas horas asilados en la embajada de Austria, en la que permaneceríamos unos cuantos días, Wilson le escribe pidiéndole que todos los días pase por la puerta a las 11. Así, día a día, ella hacía compras en un almacén como una vecina más, papá la miraba pasar y con eso tiraba un día más. La cita terminaba “Juan Raúl y yo, dentro de todo bastante bien, no han logrado contagiarnos de esa cosa horrible que es el odio”.
Habían huido a la Argentina tras el golpe de Estado del 73 en una avioneta que no había declarado pasaje. Subieron en la punta de la pista con la aeronave en movimiento y él le dice la frase que inmortalizó Roy Berocay: “No negarás que no te he dado una vida aburrida”.
Se preguntaría él qué hacía ahí. Porque de joven nunca pensó en un futuro vinculado a la política. Desde muy joven, antes de tener edad para votar, incursionó en ella. Pero eran destellos puntuales. Militó de joven con el Movimiento Social Demócrata de Carlos Quijano. Sus escritos comenzaron con críticas de cine en el Semanario Marcha; según Ardao, fue del elenco fundador.
¿Llevaba la política en la sangre? Sí. ¿Sentía que era su proyecto de vida? No. Su vocación era el agro. Cuando se suma al nacionalismo independiente, en un suelto en El Plata titula: “Las manos más Altas y las frentes más limpias”. Herrera respondía burlonamente en los estrados, sin tener idea de que todo venía de un muchacho. Se convirtió en consigna de los blancos que no lidiaban con golpes de Estado.
Fue tras la reunificación de las diversas vertientes blancas que se forma la UBD. En ella confluían independientes y un sector del herrerismo que se escinde del viejo caudillo, liderado por Daniel Fernández Crespo (MPN). Este reagrupamiento de fuerzas no fue fácil de armar en el interior. En Colonia, por ejemplo, no logran consensuar un candidato a diputado. Un líder de Tarariras lo había escuchado en un acto. Ahí abraza la política para el resto de la vida. Pero el hecho de que no se viera a sí mismo desde niño destinado a ser presidente, marca una impronta de su modo de ver la política y actuar en ella. Arrasa en Colonia. Una figura nueva, fuera del departamento, se vuelve el referente más fuerte del mismo.
Es reelecto 4 años más tarde, ya con méritos para ser ministro. Pero muchos intereses económicos con poder en las estructuras del Partido Nacional se niegan a que sea ministro de Ganadería y Agricultura (MGA). Él toma distancia. Finalmente le ofrecen la Cancillería, un ministerio de los más codiciados. Dice que no. O MGA o nada. Pero, contra viento y marea, y jugándose por el todo o nada, fue MGA.
En esa época fue cuando quizás estuvo menos en casa. Pero nunca sentimos la ausencia de padre. Pagaba la falta con calidad de tiempo. Aún hoy extraño por igual a mi compañero de exilio y al compinche (como nos llamaba el senador Kennedy), que al narrador de cuentos de Diperding, personaje imaginario que tenía la rara virtud de apasionar a mis hermanos de 16 y 17 tanto como a mí de 10.
El Ministerio marcó un antes y un después en Uruguay. Las reformas que planteó, incluso sobre tenencia de la tierra, eran estructurales. Su partido no lo acompañó. Toda esa visión se plasmó luego en Nuestro Compromiso con Usted. Mientras Posadas lo califica de “mamarracho”, Pepe se emociona cuando dice que ya no al fraude del 71 ni la elección con él preso, aquella en la que muere cuando todo el mundo esperaba la elección como una mera formalidad. “Fue una de las peores tragedias del Uruguay en el siglo XX”. Entonces los presidentes, dice, tenían más “capacidad de acción, lo internacional no pesaba tanto. Hoy estaríamos parados de otra manera”.
Lacalle sostuvo que: “Tuvo todo lo que quiso, menos lo que más quiso: la presidencia”. En cambio el Rey Juan Carlos I, el día de su muerte, dijo: “Fue mucho más que un presidente”. Un amigo tiene en su despacho la foto de Lacalle con banda, y una dedicatoria: “Por haberme ayudado a lograr el milagro de que el herrerismo vuelva a ser mayoría en el PN”. Con todo respeto, no entendió nada. Cuando fue el candidato más votado de la historia, en una elección en la que documentos oficiales desclasificados de EEUU y Brasil confirman el fraude, Wilson no ganó contra el “herrerismo”. Fue síntesis de lo blanco, esa gente que hoy se pregunta: “Para votar lo del 71, ¿a dónde voy?”, porque no encuentra en el PN nada de lo que vivió junto al llamado ‘último caudillo’.
Luego vino el exilio. Así como con cualquier luchador/a hay un modo fácil de entenderse más allá de divisas, según lo que le tocó vivir; eso pasa con el exilio. Entre padre e hijo, también.
Lo extraño. 24 horas al día, 365 al año. Ahora también junto a mamá, lo que es menos doloroso. Juntos nuevamente, y yo acá recordando tanta vivencia. No sé cómo terminar. Había encontrado frases maravillosas de Gerardo Caetano, de adversarios, como Tabaré, Cigliutti, para terminar esta nota. Prefiero que sea con sus propias palabras, que todos los días siento a mi lado.
Cuando en el exilio cada uno se aquerencia, ellos en Londres, yo en Washington, nos despedimos con la misma premura con que se tomó la decisión. Luego recibo por correo una foto de ambos, sacada el día de la masacre de la 20 (1972), dedicada: “No hay camino difícil con un buen compañero; un abrazo, tu padre. Londres, junio 1976”.