Los caricaturistas de Charlie Hebdo no son ni han sido revolucionarios, ni han realizado actos de desobediencia civil en el marco de protestas políticas, o tal vez lo han hecho a su manera. Lo único claro es que simbolizan la lucha por la libertad de expresión, y esto es innegociable. Charlie Hebdo se ha expresado a través de la burla y la sátira, famosas desde la Grecia clásica y cultivadas en todo Occidente. El problema comenzó cuando se atrevieron a meterse con Mahoma. La burla y la sátira provocan ofensa, indignación, y acaso injurias. Pero esto es lo esperable en una sociedad plural, abierta, transcultural y democrática. No voy a analizar aquí la monstruosidad de los asesinatos. Aunque se matara a todos los caricaturistas de la revista, y de paso a todos los del mundo entero, otros aparecerían, puesto que no vivimos en un Estado fundamentalista. Hay dos caminos básicos. Uno es el de ponerse una Kalachnikov al hombro y exterminar a media humanidad. El otro es el del diálogo y el debate, la diversidad de las ideas, las leyes y la tolerancia. Este es el que nos dicta la razón, el que nos desafía en nuestra capacidad argumentativa. Es el que nos obliga a aceptar que no somos monolíticos, que no todos pensamos igual, y que no tenemos más remedio que convivir con ese hecho. Preguntaba antes por qué Charlie Hebdo vuelve a salir a la calle. Por qué mejor no se quedaron en sus casas, por qué no se cambiaron el nombre, por qué optaron por la gastronomía o la jardinería. Supongo que habrá sido por tanta sangre derramada. Por tanto alarde de brutalidad. Por no permitir el triunfo del odio, el terror y el fanatismo. Porque, de algún modo, con el cierre de la revista se había cumplido el objetivo de los asesinos. A mí no me gustan las caricaturas de Charlie Hebdo, y no quisiera ser una de sus “musas inspiradoras”. Pero no entender los motivos de la reapertura, es andar con un apagón en las neuronas. Las libertades, que tanta sangre y dolor le han costado a la humanidad, pueden perderse en un segundo, mediante un voto mal puesto en una urna, una arremetida de los impunes de siempre, un gobierno que desprecia y castiga a su propio pueblo, o una ráfaga de metralleta. Todo eso basta para sumirnos en la barbarie y para hacernos retroceder en décadas y siglos de conquistas políticas, sociales, económicas y culturales. Aunque el discurso de los controladores trata de imponer la fórmula “Más seguridad a cambio de menos libertades y derechos”, está claro que es altamente engañosa. Como expresa el Manifiesto de Córdoba de 1918: “No podemos dejar librada nuestra suerte a la tiranía de una secta religiosa, no al juego de intereses egoístas. A ellos se nos quiere sacrificar”. Y en otro párrafo dice: “Los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan”.