En uno de mis viajes, precisamente en el invierno austral de 2015, tuve la impresión de que las elecciones (parlamentarias de ese año) se perdían, a pesar de lo que indicaban las encuestas. Habiendo expuesto diferencias en diversos artículos, nada me parecía más riesgoso que una derrota chavista en ese momento. Eran los trabajadores quienes me describían la crisis económica, el desabastecimiento y la corrosión inflacionaria además de la inseguridad urbana y vial. Me resultaba y resulta inconcebible la organización de un modelo económico de cualquier tipo con niveles inflacionarios de 3 o más dígitos (basta ver sin que llegue a tanto el derrumbe argentino). La intuición se corroboró.
Hoy la derecha venezolana está envalentonada y rodeada por un inocultable ascenso del neofascismo en la región y el mundo, que no desmiente la contabilidad de los países que no apoyan al pelele autoproclamado o que instan al diálogo. La libertad de expresión, de reunión y organización siguen vigentes en Venezuela, aunque es preocupante la represión de las manifestaciones (tanto como la brutalidad represiva que Macron despliega cada sábado) y la detención de opositores. Obviamente nadie se opondría desde la corrección política al diálogo. Pero ese diálogo se debería dar exclusivamente entre los dos poderes del Estado que se confrontan al límite del desconocimiento con la participación ciudadana. En tal sentido, las propuestas encomiables de México y Uruguay deberían explicitar el repudio a toda injerencia externa y muy particularmente la del histórico terrorismo imperial.
El chavismo debe reconocer que más allá de maniobras, tiene serias dificultades para desarrollar un plan económico que garantice la continuidad de las conquistas y frene la diáspora de parte de su población, particularmente aquella más joven y formada profesionalmente por el propio sistema público que expandió el chavismo. Pero a la vez la derecha debe admitir la existencia de una constitución que le otorga garantías. En tal sentido, creo indispensable un acuerdo para ejecutar anticipadamente los varios artículos que prevén iniciativa popular e instituto revocatorio que el chavismo honró otrora. Ambos poderes deben someterse a él. Desde el art. 6 como espíritu general, pero particularmente los artículos 70, 71 y 72.
O lo resuelven los venezolanos, o se cae en la trumpa.