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Chetoslovaquia

Por Leandro Grille.

La Ley de Urgente Consideración ingresó al Parlamento y suscitó un extenso debate en el hemiciclo sobre su constitucionalidad, su oportunidad y su contenido. Pocas veces un proyecto de ley ha reunido tanta violencia junta en todos los planos y desde todos los puntos de vista. Más que un proyecto de ley es un arma de repetición, una Uzi reglamentaria con una ráfaga de artículos para ametrallar al Estado. Es el sueño húmedo de Lacalle Pou plasmado en un proyecto claramente arbitrario, de urgencia discrecional y profundamente antidemocrático.

Si el contenido de la Ley de Urgencia es social y políticamente inabordable, rezuma punitivismo rancio, desarma derechos, privatiza, facilita el lavado de dinero y hasta desmonta las área protegidas, la oportunidad de su presentación no pudo estar más a tono con la calaña de su urdimbre: es un proyecto presentado en el medio de la crisis sanitaria más importante del siglo, que simplemente la ignora, la desconoce y la esquiva, como ignora que cientos de miles de personas se han empobrecido en el último mes, que decenas de miles han pasado a comer en ollas populares, que más de la mitad de la población está intentando mantenerse en cuarentena para que no se propague la epidemia y que toda la vida social está distorsionada.

Es como si la pandemia hubiese sido fabricada para darle un marco más ajustado a los cometidos de la ley, porque ya que se proponen hacer daño, que lo hagan bien. Es el esquema de una película de terror. Primero se elige a un malvado, el más feo de todos, el más aterrador y menos escrutable psicológicamente, luego lo dotamos de un instrumento para cometer sus tropelías; un hacha, una motosierra, una amoladora, cualquier cosa grotesca e inverosímil para que no solo mate a sus víctimas, las desguace, las descuartice, las ultime en una bacanal de sangre y vísceras que cubran las paredes y las pantallas y ofrezcan un sufrimiento innecesario. Cuando tenemos al monstruo con toda su monstruosidad metódica, lo situamos en un jardín de infantes o en un hospicio de párvulos desvalidos y, para completar el cuadro, ubicamos el acto en una noche fría y de tormenta, en un caserón medio derruido, a punto de hundirse como la Casa Usher, con apagón y en la mitad de un páramo.

Acá teníamos al villano elegido, un perfecto cheto entronizado por un frente popular frankensteiniano, en el que convergen neoliberales, evangélicos, nostálgicos de la dictadura, numerarios del Opus Dei y bandidos rurales, armados de una ideología neoconservadora y restauracionista, dotados con el instrumento de una mayoría parlamentaria pegada con Cascola, pero momentáneamente disciplinada y dispuesta a votar contra las leyes de la física, y como si no fuera suficiente para el sadismo, les cayó la pandemia como anillo al dedo, para que todo fuera de una brutalidad inverosímil, declarando una urgencia legislativa para salirse con la suya en el contexto de una verdadera emergencia que no tiene ni un punto de contacto con lo que proyectan, como para que no quede duda alguna de que no van a ahorrarle sufrimiento al pueblo porque tienen vocación de arrasar, y arrasar haciendo ostentación, como un ejército que a la vez que invade y humilla, pega en el suelo y se solaza en el dolor del pueblo.

La Ley de Urgente Consideración es un desarmadero del Estado de bienestar, las políticas sociales y educativas, los derechos humanos y las empresas públicas. Si a su promulgación no sucede una inmensa campaña por derogarla in totum, el hueco que le van a hacer a Uruguay va a ser terrible. Se va a instaurar desde el gatillo fácil al lavado de activos, se van a privatizar las empresas, a restringir el derecho de huelga, a suprimir la libertad de cátedra, entre otros centenares de iniciativas que cuando no achican los derechos, agrandan las oportunidades de negocios para el puñado que favorecen en perjuicio de los bienes públicos y comunes de la sociedad.

La única estrategia razonable, democrática y efectiva es la resistencia política consciente, pacífica pero movilizada. No hay posibilidades de negociación con una runfla capaz de legislar con semejante brutalidad en un país sumergido en la cuarentena y en el temor de enfermar o morir por un virus emergente prácticamente desconocido, que en pocos meses ha causado tantos estragos en el mundo. Ellos no se van a detener. No pensaban detenerse ni siquiera si tenían que salir a reprimir trabajadores y estudiantes, mucho menos se van a detener ahora, que basta con la emergencia sanitaria para conjurar el riesgo de la movilización popular. Cuentan, además, con un blindaje mediático como hacía tiempo no se veía, apenas perforado por escasos medios de comunicación, débiles en relación con el poder de fuego de los canales de aire, las radios y los principales medios de prensa escrita, que forman parte de la coalición: cogobiernan, y eso hay que sacárselo con peine fino. ¿O acaso hay otra explicación para el ensalzamiento permanente de las autoridades, sus familias, sus estilos de vida y hasta sus actos privados? ¿O se puede explicar de otro modo la supresión de la información policial, el verdadero ocultamiento de los problemas de seguridad pública?

Vinieron por todo, quieren convertir a Uruguay en un país a imagen y semejanza de sus sueños, y los sueños de los sueños de los chetos son nefastos.

 

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