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Aviones en la niebla

Los aeropuertos uruguayos arrastran, desde hace muchas décadas, con la carencia de contar en sus pistas lo que se conoce como ILS, por su sigla en inglés de Instrument Landing System.

Es un sistema de aterrizaje por instrumentos que brinda el eje horizontal de planeo y el centro de pista durante la aproximación al aeropuerto y permite mayor seguridad ante situaciones meteorológicas adversas con baja visibilidad.

De hecho, el primer aeropuerto del país que debió contar con este sistema era el de Laguna del Sauce, pero nunca se instaló, violando las condiciones de la oferta ganadora de la licitación de 1993 con la que el gobierno de Lacalle Herrera privatizó la terminal aérea de Punta del Este.

En aquella oportunidad, el ganador de la licitación internacional fue el Grupo Peirano y se impuso, entre otras cosas, gracias al plan de inversiones que proponía. Una inversión muy importante para la seguridad operacional era el compromiso de instalar un ILS al séptimo año de asumir la gestión del aeropuerto. Eso implicaba colocarlo en el año 2001, pero los Peirano, en medio de sus otros negocios y negociados que derivaron en la peor crisis bancaria y económica del país, se rifaron la seguridad y los riesgos para la vida de los pasajeros para ahorrarse los U$S 960.000 que costaba el sistema requerido por aquellas épocas.

Enterado del entuerto, Jorge Batlle, ejerciendo como presidente de la República en aquel momento, actuó con la contundencia y seriedad que lo caracterizaba. Se rifó también todos los riesgos y la violación del cumplimiento de la licitación y acordó con el Grupo Peirano que, a cambio del ILS no instalado, le entregaran al Ministerio de Defensa U$S 500.000. La viveza empresarial de tan puntillosa familia se transfiguró en un pago mediante cinco cómodas cuotas de 100 mil dólares.

Claro que solo pagaron tres y quedaron debiendo dos hasta que el primer gobierno del Frente Amplio encontró los papeles y logró cobrarles las dos cuotitas restantes. Eso sí, el muy necesario ILS para el aeropuerto de Punta del Este jamás se instaló, y eso que su pista principal tiene un cerro próximo a una de sus cabeceras.

A tantos años de aquellos hechos y deshechos, vale recordar que la aviación civil del Uruguay sigue bajo la tutela militar, desde la dictadura, que la transformó en un negocio para la Fuerza Aérea Uruguaya. Más allá de algunos pequeños cambios, ningún gobierno se animó a carretear, acelerar y levantar vuelo para alejarse de una situación irregular que va contra todas las recomendaciones de la OACI, la Organización de la Aviación Civil Internacional, lo que nos deja bajo mando militar junto a un escaso número de países.

Aeropuerto de Carrasco a la vanguardia

El 10 de octubre de 2024, en plena recta final de la campaña electoral presidencial, Luis Lacalle Pou realizó el típico acto de alto vuelo. Sin embargo, se trataba de un vuelo de baja altura política. Posó junto al ministro de Defensa, Armando Castaingdebat; la ministra de Economía y Finanzas, Azucena Arbeleche; acompañados por la plana mayor del Ministerio de Defensa (muy floja de papeles por el Caso Cardama) pero que no perdía oportunidad de salir en la foto.

El acto aparentaba una inauguración cuando en verdad era la promesa de instalar un ILS en el Aeropuerto Carrasco, que recién comenzaría las obras a mediados de 2025, y cuya culminación estaba prevista recién para este 2026.

El aeropuerto nuevo parece tener un cierto karma con este tipo de actos de Estado que se travisten de actos proselitistas de campaña. No está mal recordar que nuestro presidente, Tabaré Vázquez, también cayó en la tentación de inaugurar el nuevo edificio del Aeropuerto de Carrasco en octubre del año 2009, en plena campaña electoral, aunque la nueva terminal aérea no podía comenzar a funcionar hasta mediados de noviembre, como efectivamente sucedió. Los cortes de cinta tienen un atractivo irresistible.

La instalación del primer ILS en el país se ha desarrollado en los tiempos reales que una obra de este porte y complejidad requiere, más allá de las poses de Lacalle Pou cuando los blancos y sus socios coaligados creían que seguían de largo. Sin embargo, las ostentosas promesas de aquella campaña tienen sus dificultades.

Según informaba en portal del Ministerio de Defensa el 10 de octubre de 2024, la ministra de Economía Azucena Arbeleche explicó aquel día que "hoy es el inicio de una fase que va a terminar con el funcionamiento de este sistema de control de los aviones que va a permitir un aterrizaje aún en condiciones climáticas adversas".

Cómo funcionará el ILS

La información vertida por el MDN afirmaba que "se trata de una tecnología de última generación que elevará la categoría del principal aeropuerto del país y que permitirá a las aeronaves operar con las máximas condiciones de seguridad, incluso en situaciones de meteorología adversa con condiciones de visibilidad mínimas y niebla. La inversión en el nuevo sistema, así como las obras de infraestructura del proyecto superan los 20 millones de dólares".

El comunicado especificaba que "la instalación redundará en numerosos beneficios y ventajas para el país y la industria, en cuanto que permitirá reducir las demoras y desvíos de vuelos por meteorología, ofreciendo una mejor experiencia para los pasajeros y una ventaja competitiva para la aviación. Se destaca el impacto positivo que tendrá la tecnología para las aerolíneas, al permitir mayor seguridad y eficiencia, así como una mayor predictibilidad en su operativa en el Aeropuerto de Carrasco".

La información brindada por la empresa en aquel momento daba cuenta de que "instalará un nuevo equipo de radioayudas ILS CAT III b, una avanzada estación meteorológica con sensores distribuidos estratégicamente a lo largo de la pista principal 07-25 del Aeropuerto de Carrasco, y un nuevo sistema de balizamiento LED con la instalación de 2.000 luces nuevas".

Pero resulta que aquellas promesas de campaña, con la pantomima de Lacalle Pou y Arbeleche escenificada en algunos grandes medios, hubo gente que se las creyó al pie de la letra, incluso hasta nuestros días. Es lo que sucedió con pasajeros del vuelo 2398 de Latam que debía aterrizar en Carrasco en la madrugada del pasado sábado 18 de abril a la hora 6:20 proveniente de Lima. Muchos pasajeros venían de otras conexiones lejanas, algunos, con más de 24 horas viajando. Quien escribe había salido de México el día anterior pero otros venían desde Vietnam, China, Japón, Nueva Zelanda o Estados Unidos, además de conexiones de países sudamericanos.

Al momento de realizar la aproximación, la niebla obligó a desviar el vuelo hacia Ezeiza, donde aterrizó antes de la hora 7.00, cargó combustible y retuvo a los 165 pasajeros dentro del avión. Algunos se preguntaban qué había sucedido con el funcionamiento del nuevo sistema presentado por Lacalle Pou en 2024. Por el tono en que lo comentaban, parecían votantes defraudados. El ánimo empeoró cuando la aerolínea decidió cancelar el vuelo. Apenas unos minutos después, con los pasajeros aún en los buses de traslado, porque se descendió a pista por escalera, la información desde Uruguay ya era que Carrasco estaba operando porque la niebla se había disipado.

La odisea de los giles

Así comenzó una odisea que derivó en ingresar a la terminal de Ezeiza, no en tránsito sino pasando migración, por lo que hubo que retirar todo el equipaje en bodega y entrar a la Argentina. Latam pidió que los pasajeros se concentraran en sus boxes para recibir información, pero la misma se demoró casi tres horas. Pasada la hora 10:30 el rumor ya era que la aerolínea ofrecía volar al día siguiente sin hora confirmada.

El modus operandi en estos casos funciona como un reloj precisamente a la par que los minutos y las horas pasan. Consiste, en vez de brindar una certeza sobre cómo llegar a destino lo antes posible, en generar la incertidumbre para provocar el típico estrés del viajero varado.

El objetivo premeditado, probablemente pergeñado por ejecutivos asesorados por psicólogos, es lograr que la mayoría de pasajeros desista y se las tome por su cuenta. Eso sucedió en esa primera tanda de espera. Más de la mitad optó por salir de Ezeiza y tratar de llegar al ferry del mediodía, aunque eso implicaba cruzar a Colonia y sumar casi tres horas más en viaje a Montevideo para llegar sobre la hora 16. El buque puerto a puerto ya no era opción.

Durante las horas de la segunda tanta de espera, el método fue dejar en suspenso la hora del vuelo del día siguiente para comenzar con las demoras en conseguir hotel, traslados y asegurar comidas. Hasta ese momento solo había emitido un voucher en el McDonald's para un sándwich tostado y un café o jugo.

Sobre la hora 13 fueron anotando el nombre de un hotel, a mano y en el dorso del boleto de abordar. Un grupo recibió la noticia de que el hotel no estaba ni cerca de Ezeiza ni en el centro de Buenos Aires, sino en la localidad de Pilar, a más de 60 km, con el agravante de que al día siguiente los pasarían a buscar a las 3 de la madrugada. Eso asustó a muchos más y otro grupo de pasajeros huyó al puerto a cruzar como sea, aunque implicaba llegar a Montevideo pasadas las 10 de la noche del sábado.

De esa manera se sacaron de encima dos tercios de los 165 pasajeros que venían del avión. Al núcleo duro de una cincuentena de aguerridos viajantes, algunos sin opciones de mayores gastos extras, los fueron alojando en hoteles ya céntricos. Así despacharon al Marriot y al NH Latino. Los trasladaron a la hora 14 e ingresaron sin problemas a tratar de comer algo y descansar.

Un grupo final de 15 personas solo teníamos la indicación de alojarnos en el lujoso Sofitel de Recoleta, pero no aparecían los vehículos para el traslado. Sobre la hora 14:30 fuimos trasladados pero al llegar, en la recepción del hotel nos indicaron que Latam había consultado la disponibilidad sin confirmar la reserva solicitada. No podíamos ingresar hasta que eso estuviera resuelto.

Así pasamos más de tres horas porque no había forma de que alguien de Latam lo resolviera. La confirmación llegó pasada la hora 18 cuando la mitad de los 15 pasajeros asignados desistió y se fue por su cuenta creyendo que no había hotel. La odisea culminó para un reducido grupo de 8 personas que recibimos un tratamiento de lujo por parte del Sofitel, tanto por la calidad de las habitaciones como por la cena y los amenities disponibles.

El domingo hubo traslados a las 4 de la madrugada para Ezeiza, desde donde partimos a la hora 8 llegando a Montevideo antes de las 9. El vuelo renumerado como 2498 aterrizó más de 26 horas después con cielo despejado y unas cincuenta personas preguntando por qué no estaba en pleno funcionamiento el nuevo sistema que Luis Lacalle Pou había prometido con tanta alharaca. Las nubes pasan, el azul queda.

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