Desde ya, es sobre todo una victoria de la Unión Europea que en este momento está enfrentada a Trump, no solo por Groenlandia, sino en contra del absurdo reforzamiento del bloqueo al estrecho de Ormuz. En ese sentido se expresaron Sir Keir Rodney Starmer de Inglaterra (“el mal llamado Rodney”, diría Arismendi), el propio Macron de Francia, desde luego Pedro Sánchez de España, Italia a través de Giorgia Meloni y seguramente lo hará Alemania con Merz. Nunca en toda su historia el imperialismo yanqui estuvo tan aislado. Sus socios en el Sudeste asiático le recriminan los daños y perjuicios que les ocasionó sin preguntarles su opinión, desde Corea del Sur hasta Nueva Zelanda, pasando por Japón, Australia y los rescoldos que pueda haber recogido Biden de la ASEAN en su reunión de "diez más uno".
Cualquiera de los que se tiraron por la borda del Titanic tenía más instinto político que Yamandú Orsi. Éste tiene el "pragmatismo" de un sirviente del Jardín de los Cerezos, que en la obra de Chejov se queda solo, cerrando el final, fiel a sus amos en ruinas, que tuvo por correlato histórico la fidelidad fatal de los zaristas en la Ekaterimburgo de 1918, cuando la familia “real” debió ser un botín restante a los invasores intervencionistas que llegaban a los Urales.
En 1942, Leningrado se quedó sin ratas. Los habitantes de la ciudad sitiada por los banderistas ídolos de Zelenski y, por transitiva, de Lubetkin, comenzaron a comer los cadáveres de los bombardeos porque no quedaba otra comida. Hacían pan con las suelas de los zapatos de los muertos. Las ratas se retiraron. Es posible que alguna, atravesando la nieve, haya llegado al otro lado del cerco y sobrevivido.
No le pido a Orsi dignidad ni principios, ni que cumpla con el pacto electoral de un Frente Amplio que sigue siendo, por definición fundacional, antiimperialista. No le pido que no le tema a Trump ni que no sea genuflexo ante sus mensajeros Schipani y Botana. No le pido ni siquiera una pizca de soberanismo; no le pido que no sea pusilánime, tan solo le pido que tenga, al menos, el instinto pragmático de una rata de Leningrado en 1942.