Más adelante, el 5 de julio de 2023, en una entrevista con Búsqueda, cuando le preguntaron directamente si le creía a Penadés, respondió: “Sí, por supuesto. Mi opinión no ha cambiado”. Y añadió: “Confío en la Justicia y también confío en la inocencia de Gustavo Penadés”.
Explicó que confiaba en él porque lo conocía desde hacía 25 años y consideraba que era “muy buena persona”.
El Observador recogió posteriormente que Rodríguez había definido a Penadés como su “gran amigo” y “líder político”, y que había dicho: “Existe un total respaldo y apoyo al compañero y su liderazgo está fuera de discusión”.
Ni antes, ni durante, ni después del proceso judicial contra el exsenador nacionalista, Juan Martín Rodríguez se apiadó de los gurises a los cuales su líder y amigo había jodido la vida. Piedad selectiva.
25 años, un cuarto de siglo a su lado, y Juan Martín nunca vio nada. Y tampoco, por supuesto, Luis Lacalle Pou, que conocía al pedófilo desde hacía más tiempo.
Visión selectiva
Luis no vio cuando varios jerarcas presionaban a Carolina Ache para que ocultara pruebas a la Justicia. Él solo pasó a saludar.
Luis no vio cuando Roberto Lafluf, a pocos pasos del despacho presidencial, destruía un documento público que los incriminaba.
Luis no vio, y Luis Alberto Heber y Francisco Bustillo tampoco, que Sebastián Marset era “un narco pesado y peligroso”, así que le dieron un pasaporte exprés que le permitió salir de una cárcel de Dubái y huir de la Justicia por un buen tiempo.
Luis no vio cuando su jefe de seguridad, Alejandro Astesiano, realizaba sus negociados violando la ley y usando el nombre del presidente. Luis no vio tampoco que su hombre de confianza utilizaba la Torre Ejecutiva como oficina para sus negocios y contactos, ni que desde allí se movían pasaportes falsos, información reservada y hasta pedidos de seguimiento a legisladores de la oposición, sindicalistas, profesores y estudiantes.
Luis no vio, y Javier García y Luis Alberto Heber tampoco, que Astesiano estaba detrás de las compras estatales a Vertical Skies, cuyos directivos fueron condenados por la Justicia.
Luis no vio que Irene Moreira repartía viviendas a dedo, así que debió pedirle la renuncia cuando estalló el escándalo. Recién después una investigación administrativa encontró errores e irregularidades en los procedimientos y adjudicaciones directas.
Luis no vio las compras directas de Germán Cardoso en Turismo, aunque las irregularidades terminaron provocando su renuncia y una investigación fiscal.
Luis no vio nunca los chanchullos de Pablo Caram y Valentina Dos Santos en Artigas (ambos condenados), ni ve ahora los de Emiliano Soravilla, actual intendente de ese departamento saqueado.
Luis no vio nunca los chanchullos de Guillermo Besozzi en Soriano.
Luis no vio nunca los chanchullos de Carlos Albisu en la Comisión Técnica Mixta de Salto Grande (CTMSG) ni los que hace ahora como intendente.
Luis y Javier García no vieron que el negocio con Cardama estaba plagado de irregularidades.
Javier García no vio que los lanchones comprados por la Armada hacían agua y que los Hércules comprados en España terminarían más tiempo en los talleres que volando.
Sebastián Da Silva no vio que lo de Conexión Ganadera era una estafa, así que la promovió con la mejor buena fe.
Lucio no vio las montañas de billetes de su padre, Pablo Leiva.
El edil Gonzalo Gómez no vio nada raro en las actividades de Leiva, así que contrató como asesores (con dineros públicos) tanto al hijo como al padre.
Jorge Gandini no vio que Leiva usaba la casa de cambio de su esposa para sus maniobras. Es más, se trataba de un buen ciudadano que se ocupaba de proveer de cambio a las casas de cambio, un servicio por el cual deberíamos estarle agradecidos.
Pobres... Los blancos necesitan un equipo de oftalmólogos trabajando 24/7.
Y buena parte del pueblo uruguayo, también.