Sin embargo, aquel clamor popular y esa misma consigna cantada por sus fans adquiere un carácter inverso al histórico. Mientras, entonces, se trató de un embrionario y difuso ensayo de reforma política ejerciendo deliberaciones y organización asamblearia de la ciudadanía, prescindiendo de este modo del parlamento al “irse todos”, Milei lo excluye con la pretensión de concentrar el poder para sí, a lo sumo con anuencia algo limitada. Entonces se trató de un reclamo muy extendido, más allá, incluso, de las mismas asambleas de vecinos que, sin embargo, no encontró otro modo que el de la aparente negatividad, una ilusión de apertura de espacios y de caminos. Algo así como una demanda de liberación de la capacidad de reflexión y acción colectivas. Milei, en cambio, tiene intenciones de purificación mesiánica, cada vez más explícitas y personalistas, con la pretensión de asumir la suma del poder público sostenido en base a la represión.
Cuánto tardará en reaparecer la resistencia activa masiva, no solo de segmentos politizados de la sociedad, con igual o mayor vigor, resulta el interrogante actual aún a riesgo de extremar el determinismo histórico. Porque las consecuencias de las políticas actuales y las planificadas a futuro no tienen antecedentes en su ferocidad, no solo en la historia argentina de la lucha de clases. Contienen elementos de la política de shock del “rodrigazo” previo al terrorismo de Estado, de la posterior fase liberal del ministro Martínez de Hoz, de las secuencias hiperinflacionarias de Alfonsín, la dolarización y privatizaciones de Menem, la debacle de De la Rúa y el super endeudamiento de Macri y los planes de ajuste del FMI. Las más determinantes medidas de cada uno de esos modelos regresivos, combinados aceleradamente para el año en curso. Un mayor derrumbe aún se presenta inevitable.
El poder que detenta hasta el momento deviene del voto reciente y una estrategia comunicacional persistente y multimediática que extrema el concepto de ciudadano pasivo, rehén de decisiones ajenas y receptor de slogans. Con cada tweet o reportaje refuerza su visión de las masas como público y de la ciudadanía como audiencia con la única finalidad de domesticar su resignación, reduciéndola al rol de mero espectador. Hasta aquí no habría sino un círculo virtuoso entre la farandulización de la política, la expansión del marketing político y los resultados electorales, si no fuera porque, a la vez, produce expectativas de mejoramiento de las condiciones materiales de vida, una vez superado el odio hacia alguna otredad y a los controles y regulaciones sociales, contenido regularmente en la discursividad hegemónica como autoafirmación. Y tal cosa resulta imposible sin algún tipo de estrategia económica necesariamente opuesta a la orientación de Milei, cuya consecuencia no puede ser otra que el debilitamiento de la relación con sus electores. En los últimos 40 años, Alfonsín debió recortar voluntariamente su período de mandato y De la Rúa renunciar, sucediéndose 5 presidentes hasta un nuevo llamado a elecciones: el sustento electoral tiene la vigencia proporcional a la eficiencia de las políticas de gestión. Si la propia democracia liberal-fiduciaria ya debilita el lazo representativo autonomizando a los dirigentes, Milei lo extrema hasta la disolución, de forma tal que dependerá solo de los resultados concretos de sus gestiones. La desfiguración identitaria actual de las dos grandes referencias políticas del siglo XX y los primeros años del XXI, el radicalismo y el peronismo, refuerza un clima de volatilidad de las simpatías ideológicas. Para decirlo en los términos del marketing político, el elector está cada vez menos fidelizado. El momento en que la depositación fiduciaria (cuya explícita consigna fue por caso el slogan de Menem, “síganme, no los voy a defraudar”) se quiebra y deviene desaliento no puede pronosticarse con exactitud matemática, ni su desembocadura en revocación fáctica como en 2001. Menos aún alumbrar necesariamente alternativas superadoras.
Pero no es aventurado concluir que será cuando, como metaforiza Brecht, se imponga la duda de los desalentados.