Y allá marchamos a empujar el auto para poder salir. Iba a hablar en este artículo de la Feria del Libro, pero antes me falta relatar una o dos cosas más. Fuimos a cenar a un restaurante llamado La casa del lago. Nos llamó la atención el edificio, casi sepultado en un barrio oscuro, de casas bajas, con las puertas cerradas. Era difícil incluso caminar por las veredas. Lo impedían las ramas de algunas plantas trepadoras que amenazaban clavarse en los ojos de los transeúntes. Había una rama de árbol, enorme, tirada contra los cordones de la calle. En algunos sitios no había vereda, tan solo una extensión de terrenos irregulares, aptos para torcer tobillos, cubiertos de pasto y de malezas. La casa del lago ocupó en mejores tiempos, supongo, casi toda la manzana, por no decir que se extendió mucho más. Alrededor de su enrome jardín delantero corre una viejísima cerca de madera, torcida en varios sitios, cuya pintura blanca luce hoy descascarada. Posee una especie de pórtico de piedra, con dos escalones, y ha sido iluminada por los propietarios del restaurante con una multitud de luces de distintos colores. Por dentro es amplia y noble. Lo mejor es el lago, situado en un enorme fondo, con isla y puente de madera. En medio de la noche cerrada, al asomarnos al agua negra y quieta, acudieron diez o doce gansos a nado, en busca de algunas migas de pan. Interrogada la mesera sobre la historia de aquella mansión, nos informó que perteneció a Campomar, el dueño de la fábrica. A esas alturas nos convencimos de que Juan Lacaze tenía que ser un lugar mágico, donde nos aguardarían quién sabe cuántas sorpresas soterradas. No pudimos descubrir ni la centésima parte, pero lo poco que vimos alcanzó para reforzar mi convicción en torno a unas cuantas ideas. Primero: nadie es profeta en su tierra (salvo, quizás, el Sabalero, cuyo retrato recibe al visitante, en un gran muro colocado a la derecha de la ruta). Los demás tienen que dejar literalmente el alma y las entrañas en el duro oficio del anonimato, por medio de una expresión artística que parece condenada de antemano al olvido. Segundo: el divorcio entre la capital y el interior del país está más vivo que nunca.
La enfermedad del macrocefalismo continúa en pie, así como las actitudes de benevolente condescendencia, cuando no de franco desdén, que muchas veces se adoptan frente a todo lo que del interior proviene, incluidos sus abnegados (y talentosos) artistas. La Feria, que forma parte de un emprendimiento cultural mucho más vasto, a nivel nacional, fue llevada a cabo por Uruguay Te Leo, una asociación que nuclea en Montevideo a las editoriales más importantes del país y del mundo. Se encarga de realizar ferias del libro en todo el país, incluso en lugares y zonas muy remotas, de lo cual es vivo ejemplo Juan Lacaze.
La importancia que esta actividad tiene para la cultura en su conjunto es bastante obvia, y sin embargo iniciativas como ésta no son comunes entre nosotros. Quiero cerrar esta breve semblanza de una ciudad casi perdida con los versos de una poeta local, una que nunca llegará a ser un best seller, y ni falta que le hace (la poesía no goza de popularidad en Uruguay, salvo dos o tres popes sagrados, y somos además un pueblo amnésico, lo que produce una combinación letal). Elijo estos versos porque se acerca mayo, porque la vida es fugaz y porque, a pesar de todo, las palabras son una de las formas de la eternidad. Dice la poeta Mary Vidal (sin pudores, sin posturas, sin teorías literarias de hojarasca): “Dejaría colgados de la puerta de calle los adornos de navidad. Pintaría las paredes de verde y las ventanas doradas, para que el sol entrara sin permiso. Volvería a decirte que te amo, una tarde lluviosa de mayo”.