Giangiacomo había nacido en 1926 y se había familiarizado con las ideas marxistas a partir de conversar con obreros de las empresas de su familia. Con apenas 18 años, en 1944 decidió integrarse a los partisanos comunistas que atacaban a las fuerzas nazis que ocupaban Italia, generando un escándalo familiar. Su madre no iba a aceptar jamás a un comunista heredero de la fortuna y sus relaciones se deterioraron para siempre. En los primeros años de posguerra participó en la recopilación de materiales y documentos sobre la historia del movimiento obrero en Italia, que dio origen a la Biblioteca Feltrinelli, que luego pasó a ser una fundación con especial dedicación a la investigación de la historia social de Milán.
Su integración al movimiento partisano derivó en su afiliación al Partido Comunista Italiano, cuyo prestigio a la caída del nazifascismo iba creciendo y al que Feltrinelli financió en múltiples actividades. Un PCI aun bajo el mandato de Palmiro Togliatti, que supo crecer en electorado hasta alertar a las fuerzas reaccionarias, no solo de Italia, para evitar su avance con todo tipo de operaciones, CIA incluida. Por esos años, un informe de inteligencia fue entregado al jefe de la Policía. Allí se alertaba sobre el conocido hombre de negocios comunista. No era otro que Feltrinelli.
Editor de vanguardia
En 1954 Giangiacomo funda Feltrinelli Editore para iniciar una vertiginosa carrera que la convirtió en una editorial popular, con clásicos vendidos a muy bajo costo, a la vez que prestigiosa, entre otras cosas, porque su particular olfato le permitió crear un catálogo heterodoxo que incluso derivó en desavenencias con su partido. Por ejemplo, en un golpe editorial maestro, en 1956, Feltrinelli ordenó al corresponsal italiano en Radio Moscú que se hiciera con el manuscrito de la novela Doctor Zhivago, de Boris Pasternak, todavía sin publicar y luego prohibida en la URSS.
Llegó a un acuerdo con el autor, quien lo autorizó a publicarla en el exterior y hasta le confió todo el dinero a cobrar al propio Feltrinelli. Pese a todas las maniobras y presiones, la dio a conocer al mundo antes que reputadas editoriales, ganando la partida con un fenomenal éxito a nivel internacional que se potenció con la versión cinematográfica dirigida por David Lean y protagonizada por Omar Sharif. Feltrinelli se ganó el odio de Moscú y fue expulsado de un PCI aún prosoviético, tensionado por la postura ante la invasión a Hungría mucho antes de las tesis eurocomunistas asumidas dos décadas más tarde.
En 1958 da otro batacazo editorial al publicar la novela del conde Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Il Gattopardo, con una mirada aristocrática y nostálgica de tiempos en que las clases medias se levantaron violentamente para derrocar los viejos regímenes, liderados por Garibaldi y Mazzini, y provocar la unificación en la república italiana.
Con Cuba en el corazón
Feltrinelli intentó acercarse personalmente a líderes del variado movimiento descolonial que emergió entre fines de los años cincuenta e inicios de los sesenta. Tales movimientos, tan diversos e impregnados de sus identidades nacionales, a veces nacionalistas, entraban en tensión con algunas ortodoxas soviéticas. Lo mismo con partidos comunistas europeos y hasta con algunos partidos comunistas de otros continentes que estaban retrasados en su elaboración ideológica y análisis dialéctico respecto de su propia realidad a transformar, y a las vías que se debían transitar hacia la revolución.
También se podría decir lo mismo en torno a cierta fascinación con posturas radicalizadas que impregnaron de maoísmo, foquismo o infantilismo de izquierda a tantos genuinos procesos de lucha que Feltrinelli difundió a través de fascículos algo panfletarios pero sin duda efervescentes. No hay que olvidar que toda revolución es un escándalo teórico y que los procesos insurreccionales o simples movimientos voluntaristas no son unidireccionales sino profundamente contradictorios.
En 1964 viaja a Cuba y conoce a Fidel Castro, de quien publica algunos escritos, lo mismo que a Ernesto "Che" Guevara y su libro Guerra de guerrillas. A tal punto Feltrinelli quedaría vinculado a la figura del Che que, por varios sucesos poco aclarados, transitó la delgada línea roja de conflictos ideológicos y también de negocios.
La foto del guerrillero heroico
En una de sus visitas a Cuba logró conocer al fotógrafo Alberto Díaz Gutiérrez, más conocido como Alberto Korda, quien le regaló dos copias de la mítica foto del Che que derivó en un suceso mediático y político, pero también mercantil, a fines de los años sesenta.
Korda había tomado una foto muy poco conocida del Che. Fue en 1960 durante el acto de repudio que el Gobierno cubano realizó tras el atentado del 4 de marzo que hizo explotar el barco La Coubre en el puerto de La Habana. El buque francés llevaba armas de procedencia belga para ayudar a defender la revolución y fue explotado en un acto terrorista con todas las marcas usuales de la CIA. En la explosión murieron 100 personas y decenas resultaron heridas. En un pequeño escenario a una cuadra del Cementerio Colón, en la esquina de las calles 23 y 12 de La Habana, Fidel dio un discurso ante el cortejo fúnebre bajo la consigna Patria o Muerte. El Che no estaba en la primera fila del estrado. Korda lo recuerda así en una entrevista para la biografía del Che, La vida en rojo:
"Me encuentro en un plano más bajo que la tribuna, con una cámara Leica de 9 mm. Usé mi telefoto pequeño y recorrí los personajes que están en el primer plano de la tribuna: Fidel, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. El Che estaba parado atrás de la tribuna, pero hay un momento en que yo paso por un espacio vacío, que está en el frente de la tribuna, y de un segundo plano vacío emerge la figura del Che. Sorpresivamente, se me mete dentro del visor de la cámara y disparo. Acto seguido, me doy cuenta de que la imagen de él es casi un retrato y tiene el cielo atrás, limpio. Viro la cámara en vertical y tiro un segundo disparo. Eso en menos de 10 o 15 segundos. El Che se retira de ahí y no vuelve, fue una casualidad".
Korda editó su fotografía ya que en el original en horizontal de ese plano contrapicado se veía el contorno de la cara de otro hombre, a la izquierda, y las hojas de la copa de una palmera a la derecha. Recorta y centra la cara del Che sin saber que estaba creando un ícono. La fotografía no fue incluida para la edición del diario "Revolución" para el que trabajaba. Recién fue publicada más de un año después para ilustrar unas jornadas de industrialización y pasó desapercibida. En una visita a Cuba, Feltrinelli conoce a Korda y éste le da dos copias de la imagen. Años después, cuando el Che muere en 1967 en Bolivia, esa imagen se hace famosa.
Confesiones y confusiones
Feltrinelli estuvo en Bolivia y visitó a Régis Debray en la cárcel para negociar su liberación, meses antes de la caída del Che. Un ministro de Defensa de la dictadura boliviana dijo luego que Feltrinelli había ofrecido 50 millones de dólares por la entrega del Che en caso de que llegara a ser capturado. En Cuba, la dirigencia dijo que solo le habían pedido que fuera a La Paz por Debray.
Según su propia versión, de allí viajó a Cuba y acordó publicar las memorias de Fidel con la intención de volverlo un gran bestseller mundial. Con la ayuda de Haydée Santamaría, de Casa de las Américas, fue hasta el estudio de Korda a buscar material gráfico para ilustrar el libro y allí le dieron las fotos. Korda sitúa la entrega algunos años antes.
Unos meses después, en la primavera de 1968, recibió una invitación urgente. Castro quería regalarle a él y a Maspero, otro editor francés, un ejemplar del diario del Che, sacado clandestinamente de Bolivia en la Operación "Tía Victoria". Feltrinelli tradujo el texto en un par de noches y lo publicó en Italia antes de que se difundiera en Cuba y en otros países. Aquella versión tenía una aclaración a pie de página que decía: "Las ganancias de esta publicación se donarán íntegramente a los movimientos revolucionarios de América Latina". Al más alto nivel de la dirigencia cubana siempre se reconoció que, en vida de Feltrinelli, eso fue puntualmente abonado a Cuba.
El problema fue que, para su campaña publicitaria, Feltrinelli mandó a imprimir miles de afiches con la imagen del Che utilizando aquella foto que Korda le había dado. Pero al pie de la foto no figuraba el nombre de Korda, sino el copyright de Feltrinelli.
Con la eclosión parisina del Mayo Francés, la imagen se volvió un ícono de insurgencia contestataria que replicó en todo el mundo y ya no paró de ser utilizada como emblema de la rebeldía. Luego, los afiches se trabajaron con el aporte de un diseñador gráfico irlandes llamado Jim Fitzpatrick, que aumentó el contraste y abandonó la escala de grises de la foto para transformarla en la imagen de los contornos sombreados del rostro con el resto de la cara en blanco y el fondo en rojo, dándole un giro pop al estilo de lo que Andy Warhol había realizado con la cara de Marilyn Monroe.
Derechos de autor y demandas
Alberto Korda no recibió ningún pago por el uso mediático de su foto. Feltrinelli lo omitió en su difusión masiva y Korda jamás había pensado lucrar personalmente con su fotografía. Además, Cuba no era parte del Convenio de Berna de protección de Derechos de Autor, que usualmente no beneficia a los autores sino a quienes se apropian de ellos, por lo que la imagen circuló por décadas sin regalías para su creador y se desconoce lo que pudo haber recaudado el Grupo Feltrinelli tras la muerte de su fundador.
Sobre lo que no hay duda es de que aquel ícono fue derivando hacia todo tipo de usos comerciales, incluso de emblemáticas marcas del capitalismo globalizado. En el año 2000, Korda inició una demanda judicial para impedir que una famosa marca de Vodka utilizara esa imagen del Che en su campaña. Se llegó a un acuerdo y el fotógrafo recibió una compensación de 50.000 dólares, cifra que donó íntegra al Sistema de Salud cubano. Aleida Guevara, hija del Che, también denunció el uso comercial en todo tipo de productos. Según el Victoria & Albert Museum, la foto de Korda supera en circulación a cualquier otra imagen fotográfica y es la imagen más reproducida del siglo XX.
Triste, solitario y final
Giangiacomo Feltrinelli fue un actor clave para que la imagen del Che Guevara tomara por asalto la iconografía revolucionaria a nivel mundial, con su posterior deriva comercial en favor del mercado globalizado. Después de los sucesos de 1968, con explosiones y atentados sangrientos de una ultraderecha reaccionaria que no daba la cara, Feltrinelli ingresó en una espiral de clandestinidad algo paranoica bajo la premisa de que Italia estaba a las puertas de un golpe fascista. Sabiendo que estaba en la mira, con el alias de Osvaldo fundó una organización armada denominada Grupo de Acción Partisana, en una línea similar a las famosas Brigadas Rojas, con la que también mantuvo contacto.
"Querido Carlino: Tú sabes que papá está del lado de los obreros, que le parece injusto que un obrero deba trabajar para enriquecer al patrono. Y como tu padre está del lado de los obreros, aunque tenga dinero, y, además, con ese dinero imprime y publica libros que defienden la causa de los obreros, los patronos, los ricos, han organizado una violenta campaña contra él", le escribió el 29 de enero de 1971 a su hijo para felicitarle por su octavo cumpleaños.
En abril de 1971 se vio envuelto en otro suceso comprometedor. En Hamburgo, el cónsul de Bolivia, Roberto Quintanilla, acusado de pertenecer a los Servicios de Seguridad bolivianos y a la CIA, responsable directo en la muerte del Che y quien le cortara las manos a su cadáver, recibe la visita de una mujer en el consulado y la hace pasar. Ella, militante izquierdista alemana, que había vivido en Bolivia, saca un revólver, dispara tres veces y lo mata. Al huir, pierde el arma. Era un revólver Colt Cobra 38 de cañón corto, tambor macizo y larga empuñadura que pertenecía a Feltrinelli y estaba registrado a su nombre en Milán.
El 15 de marzo de 1972 fue encontrado muerto. En medio de la confusión, y ante la sospecha de la actuación de grupos fascistas o paramilitares, ya que la autopsia encontró rastros de que pudo haber sido drogado, la versión más asumida es la de que murió por accidente en la manipulación de los explosivos que intentaba colocar como parte de un plan que incluía diversos ataques durante un gran apagón a provocar en Milán. Su muerte al pie de una torre de alta tensión fue, quizás, el símbolo paradójico y contradictorio de la intensidad de su propia vida.