Miré al pasar, el sitio por donde entró, pero ya no había rastro de él. Solo un arco de ramas y de hojas, una especie de gruta propicia a los iniciados, entre quienes yo no me contaba. Un túnel de monte, un pasaje ritual, un altar druida. Por allí estaría el guazubirá, mirándome todavía, dedicándome un último gesto alerta. Venía de otro mundo, de un universo desconocido, uno que nos está vedado desde siempre y para siempre a los humanos, que nos vanagloriamos de nuestra propia especie, superior en logos y en fuerza, en voluntad y en imaginación, en intelecto y en poder de observación, en capacidad de distinguirse como algo exterior a su entorno, pero inferior en miles de otras cosas. Por eso mismo, encuentro no sé qué frenesí innoble en esa idea de superioridad. Somos soberbios, sucios, agresivos.
Nuestro mayor logro, el que nos llevó al sitial de supremos depredadores, ha sido la inclinación a dominar, controlar y matar todas las cosas, una por una, a medida que las vamos descubriendo, lo que incluye a las plantas y a las rocas, las montañas, los valles y los ríos, al prójimo y al resto de los animales. Hoy se habla del “especismo antropocéntrico” para denominar esa tendencia que legitima la cosificación de la vida, y su opresión y aniquilación en beneficio propio. Durante siglos y siglos hemos normalizado dicha supremacía, que no se ejerce únicamente sobre la fauna y la flora, sino que da lugar a los diversos grados de discriminación efectuados en el seno de nuestra propia especie, en la que también cosificamos al otro, colocándolo en diferentes categorías jerárquicas en base a supuestas jerarquías étnicas, raciales y de género. Max Scheler, en su obra El puesto del hombre en el cosmos, dijo que los seres humanos son complejos porque participan de la naturaleza, y de múltiples entes del universo, pero no pertenecen totalmente a ninguno de ellos. El permiso de caza deportiva, emitido por el actual gobierno podrá haber provocado, supongo, la concluyente muerte de ese guazubirá y de otro cualquiera, por la acción de una certera bala metida entre los ojos o enterrada en sus vísceras.
Me entero, al leer el decreto, que las especies exóticas cuya caza ahora está permitida son el ciervo, la liebre, la rata gris, la rata negra, el ratón común, el jabalí, el jilguero, la estrilda común, el estornino pinto, el pez carpa, la tortuga de orejas rojas y la rana toro. Parece que todas son invasoras, y como tales, merecen la muerte en caso de que, para su desgracia, se topen con un ser humano. Para peor, con un ser humano cazador, o sea con alguien cuya naturaleza primigenia ha sido precisamente esa, la de un depredador mayor, no digamos sediento de sangre, pero sí necesitado de salir en busca de su alimento durante miles y miles de años. Después de muchos siglos (pensemos que nuestro directo antecesor, el Australopitecus, tiene una antigüedad datada de por lo menos 3 millones de años) se nos quedó el amor por la sangre, por el rastro del animal herido, por el desgarro de sus huesos y entrañas, por el ritual celebrado en su carne, en su piel, en sus pezuñas y demás partes erigidas en prueba y en trofeo. Hay quienes hoy, en la era de los supermercados, continúan defendiendo la cacería como deporte, como mero entretenimiento, placer y afición del que hacen gala muchos, entre los que se cuentan los propios integrantes de la corona británica, que solían acumular cientos de víctimas (faisanes, ciervos, patos, jabalíes) en sus jeeps Land Rover, durante sus vacaciones en Balmoral. El colmo de la crueldad y de la cobardía, del derroche en la opulencia, de la indecencia en la abundancia, llegan a decir algunos. Quienes defienden los derechos de los animales, afirman que han sido puestos en este planeta al igual que nosotros, y que el homo sapiens debe respetarlos en el marco de una intelección moral, en lugar de dedicarse a las consabidas y viejas tareas de manipulación y de sacrificio que, vaya y pase, podían justificarse mientras nos vimos precisados a obtener alimento.
Pueblos como los esquimales o Innuits agradecen a los animales, después de cazarlos, la inmolación de su ser y de su sangre, demostrando con ello que, pese a la cacería, son capaces de reconocer en el animal dos cosas que a los bien alimentados occidentales nos cuesta demasiado advertir: la singularidad y la dignidad de todos los seres que pueblan el planeta, que existe antes de nosotros y que se extiende más allá y con independencia de nosotros. Ojalá que mi guazubirá haya corrido mejor suerte.