¿Qué es la hybris? Es un defecto peligroso, directamente vinculado a la ciudad estado, al poder y a la polis. Para los griegos supone algo así como la transgresión de aquel famoso justo medio de Aristóteles. Equivale a un exceso, una exageración, una descomposición y una violencia. Supone una desmesura en fin, manifestada a través del orgullo y la arrogancia. La arrogancia es altanería (el famoso mentón levantado, que podemos ver en tantas estatuas o pinturas que representan, no sin un dejo de malicia, a célebres personajes que se creyeron demasiado vivos), es altivez, jactancia, prepotencia y engreimiento. La soberbia (otro de sus nombres), precisamente por ello, ha sido catalogada como pecado, y no porque pueda ofender a algún dios, sino porque ofende a la razón. La soberbia es torpe, es grosera y tiene corta vida, pues depende, para existir, de que el soberbio cuente con una cuota de poder suficiente como para imponer a otros ese desborde y esa insolencia, que suponen además, y por eso mismo, un abuso. Quien es arrogante cree ser un experto en cualquier tema, cree poder solucionar por sí y ante sí cualquier problema, por gordo que sea, y no se molesta en escuchar el parecer ajeno. La soberbia y la arrogancia no refieren, como vemos, a una conducta racional o equilibrada, sino a una continua transgresión de límites, que para los antiguos griegos eran impuestos por los dioses. Hybris es, por lo tanto, una deformación del ego humano, y campea en cualquier escenario de poder, sea cual sea (emperadores, reyes, papas, generales, pero también predicadores, revolucionarios, grandes empresarios, herejes y profetas, e incluso políticos más o menos menores). La Hybris se manifiesta en esta gente a través de diversas exageraciones y delirios, abusos y extremismos, caprichos y obviamente mentiras, desplegadas a lo largo y a lo ancho, y a la vista y paciencia de aquellos que para los soberbios son lo bastante imbéciles y obsecuentes, inútiles e ignorantes como para que puedan constituir una amenaza. Tales desbordes ocurren, no hace falta abundar en ello, tanto en la izquierda como en la derecha del espectro político, y por eso los ciudadanos de a pie no deberíamos jamás bajar la guardia. Su contracara es la prudencia, una de las supremas manifestaciones del justo medio aristotélico, enunciada en la Ética a Nicómaco, hijo del gran pensador griego. La hybris no ataca a todo el mundo, claro está. Hay políticos y políticos. Hay personalidades más fuertes, más lúcidas y más sabias que otras. Son las que no se dejan tentar por los espejismos del poder (un caso paradigmático fue Augusto, el primer emperador de Roma). Son las que no caen en extremos patéticos, circunstanciales y efímeros, condenados de antemano al fracaso. Son las que demuestran una capacidad continua de mesura o regeneración, las que escuchan incluso aquello que no desean oír, las que pueden dialogar con respeto (real o simulado) hacia la persona y la opinión ajena, las que no adoptan miradas mesiánicas, las que no cierran la mandíbula en un gesto de cónsul coronado, las que no cultivan inclinaciones autocráticas, las que eligen conocer de verdad, y no de mentira, a las masas en nombre de las que gobiernan, y todo ello lo hacen (o no lo hacen, según su tendencia a la arrogancia o su tendencia a la sabiduría) porque les consta que una cosa es su propia y acotada inteligencia, y otra muy diferente el complejo concierto de la racionalidad ajena, presente tanto en la dimensión subjetiva como en la objetiva del espíritu humano (Hegel dixit).