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Columna destacada | realidad

La realidad mató a la fantasía

En política, más temprano que tarde, el electorado les pasa factura a los sordos y los soberbios que se creen infalibles, se miran el ombligo y se compran a sí mismos un espejismo.

En política, a la soberbia la mata siempre la realidad. Tal lo que se infiere de un documento autocrítico que circula en la interna del Partido Nacional, que atribuye únicamente las causas de la derrota electoral de su candidato Álvaro Delgado en el balotaje, a meros errores de campaña y a una fallida percepción de la población en torno los supuestos logros del gobierno de la hoy decadente Coalición Republicana.

Obviamente, el análisis no toma en cuenta la caída en la votación de la colectividad blanca en la primera vuelta de octubre con respecto a 2019 y que el eventual éxito del por entonces candidato oficialista estaba fuertemente atado a la fidelidad de los votantes de los partidos políticos que integraron el conglomerado coalicionista.

El autor del trabajo, Oscar Licandro, asesor del expresidente Luis Lacalle Pou, no contempla, en modo alguno, la radical merma en la votación de Cabildo Abierto, que pasó de un 11 % en 2019 a poco más de un 2 % en 2024. Muchos de esos ciudadanos, que votaron hasta 2015 al Frente Amplio y luego a CA, volvieron a sufragar, 5 años después, a la izquierda.

Naturalmente, ese colapso de adhesiones se notaba claramente en todas las encuestas publicadas entre 2020 y 2024. Esta situación devino en una pérdida de caudal electoral del bloque derechista, ya que CA fue decisivo en el triunfo obtenido en 2019.

Si bien los sondeos de opinión pública no siempre se ajustan a la realidad y en algunos casos han fracasado rotundamente en sus predicciones, visualizan una tendencia que no debería ser soslayada por los partidos políticos a la hora de elaborar sus estrategias de campaña.

El informe, que aunque marca errores es bastante complaciente, considera que la población no captó ni valoró los “logros” del gobierno de la Coalición Republicana, circunstancia que atribuye a problemas en la comunicación durante la campaña electoral y no a una mala gestión, como obviamente quedó elocuentemente demostrado por la herencia maldita que recibió el Gobierno de Yamandú Orsi, cuya solución ha ocupado los primeros meses de la actividad de la actual Administración frenteamplista. Esa evidencia de la realidad, que era percibida por la población, no es contemplada en modo alguno en el informe, pese a que todas las encuestas daban al Frente Amplio como favorito para ganar la elección en segunda vuelta, más allá de la diferencia y del eventual margen de error que tienen estas muestras.

El documento pone énfasis, no en aspectos de la gestión del gobierno, sino en eventuales errores estratégicos de campaña, particularmente en torno al desmedido exitismo existente en la derecha que, como fue corroborado por el desenlace de noviembre, carecía de fundamentos teóricos.

Al respecto, el reporte pondera la “buena gestión gubernamental” y los altos niveles de aprobación presidencial, sin advertir que la eventual popularidad de Luis Lacalle Pou siempre estuvo desacoplada de la intención de voto a los partidos que integraron su gobierno. En efecto, según la mayoría de los sondeos, un porcentaje del electorado frenteamplista aprobaba la gestión del presidente, aunque, en el momento de colocar su voto en la urna, sufragaron por Yamandú Orsi.

Por supuesto, el texto analiza la falta de percepción de la ciudadanía en torno a la gestión del pasado gobierno, partiendo de la premisa de que era mejor que la última administración de la izquierda encabezada por el expresidente Tabaré Vázquez.

“Existe una clara desconexión entre la narrativa de éxito del Gobierno y la percepción de una porción significativa del electorado”, afirma el análisis, el cual destaca que para la mayoría de los uruguayos el desenlace electoral era casi indiferente, porque, “ganara el que ganara, las gestiones de los respectivos gobiernos serían similares”.

El resultado electoral, que pese a la relativa paridad entre ambos bloques en la primera vuelta fue contundente en el balotaje a favor del candidato frenteamplista Yamandú Orsi, confirmó que ese razonamiento era totalmente fallido y que los blancos fantaseaban con un espejismo ajeno a la realidad.

Por otra parte, es inverosímil que sorprenda al analista la “desconexión emocional” de la campaña del Partido Nacional y del bloque conservador, ya que la derecha nunca emociona, porque carece de caudillos y líderes carismáticos de la talla de José Batlle y Ordóñez, Luis Batlle Berres, Luis Alberto de Herrera y Wilson Ferreira Aldunate, capaces de movilizar y de general pasiones que trascienden a lo meramente racional. No en vano, la mayoría de sus militantes son rentados, más allá del indudable peso de la tradición, particularmente en el interior del país. En cambio, la que sí emociona es la izquierda, donde la militancia es una suerte de vocación, aunque hayan desaparecido emblemáticas figuras de la talla de Líber Seregni, Tabaré Vázquez y José Mujica, capaces de generar una suerte de devoción que trascienda a lo meramente ideológico.

Empero, el documento no ahorra cuestionamientos al excandidato Álvaro Delgado, electo pese a todo como presidente del Directorio de la colectividad, al cual tilda de “melancólico”, considerando que su figura “quedó fuertemente atada a la gestión de Luis Lacalle Pou”. Incluso, prometió un “segundo piso en materia de desarrollo”, lo cual lo presentó con un perfil continuista, cuando el primer piso había sido paupérrimo.

En realidad, en lugar de criticar a Delgado, que carece absolutamente de carisma, debió criticar al expresidente que lo eligió como su sucesor. Fue una mala elección, al igual que la de Valeria Ripoll para integrar la fórmula presidencial, que, según el reporte, provocó una migración de votos del Partido Nacional al Partido Colorado, generando, además, muchas dudas por su pasado izquierdista y su falta de experiencia política.

En realidad, en nuestra opinión, su integración a la fórmula blanca fue otro error de Luis Lacalle Pou, ya que Delgado, antes de anunciarla como compañera de fórmula, consultó al hoy expresidente de la República. En efecto, erróneamente se pensó que Valeria Ripoll, quien dejó de ser una figura pública luego de que abandonó su actividad sindical, podía arrastrar electorado situado a la izquierda. En realidad, les salió el tiro por la culata, ya que el Partido Nacional no sólo no ganó nuevos electores sino que perdió votantes en beneficio del Partido Colorado.

El documento no es una autocrítica propiamente dicha, sino un análisis bastante laxo y complaciente, que evalúa, con sentido crítico pero con tibieza, algunas vulnerabilidades de la campaña y eventuales errores estratégicos, pero está lejos de reconocer los desaciertos de una gestión de gobierno que no contempló los intereses de la mayoría de los uruguayos y se limitó a gobernar para los denominados “malla oro”.

En efecto, no hay ninguna alusión al aumento de la pobreza, al escandaloso incremento de las personas en situación de calle, a la pérdida de poder adquisitivo de los tres primeros años transcurridos entre 2020 y 2022, a la persistencia de salarios y jubilaciones sumergidas y a los escándalos de corrupción, la mayoría de los cuales, por el momento, permanecen impunes y sin sanción penal.

El documento corrobora que el Partido Nacional se compró a sí mismo la fantasía de que había realizado un buen gobierno y que la calidad de vida de los uruguayos era mejor que en 2019. Empero, fueron sordos ante el clamor de la gente incluso en el tema de la seguridad pública, que les permitió acceder al gobierno cinco años antes, junto a otros cuatro partidos. También en ese tema fracasaron estrepitosamente, pese al recurrente maquillaje de las cifras que daban cuenta de delitos a la baja, cuando realmente las que bajaron fueron las denuncias.

En política, más temprano que tarde, el electorado les pasa factura a los sordos y los soberbios que se creen infalibles, se miran el ombligo y se compran a sí mismos un espejismo.

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