Los mitos por los que vivimos I
Hace unos días, en un programa radial en el que participo, intenté recordar (a los oyentes, a mis contertulios, a mí misma) el valor y la importancia de la verdad, la justicia, el bien. No me refiero a reivindicarlos. Un programa radial no da para tanto. Sin embargo, todo el mundo sabe que las palabras son poderosas, porque remiten a ideas que corren por debajo del lenguaje, y esas ideas son capaces de mover voluntades y hacer girar, por tanto, la rueda de los acontecimientos, en ese viejo sendero lleno de trampas, de precipicios y de campos en llamas al que llamamos historia. Dije, en ese programa, y a propósito de la guerra de Ucrania, que no nos olvidemos de la verdad, la justicia y el bien, especialmente cuando alguien, para explicar las causas últimas de tal o cual situación, se refiere a la economía. Claro que la economía es un móvil, un fundamento, una sólida explicación. La búsqueda del vil metal, el acceso a regiones, a productos o a mercados estratégicos, todo eso constituye motivos por los cuales la gente le pisa la cabeza a la gente desde edades inmemoriales, provoca invasiones, dolores, sacrificios y guerras. Y está muy bien señalarlo. Pero no es lo único a señalar.