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Columna destacada | Luis Lacalle Pou

Luis Lacalle Pou en escena

Lacalle Pou intuye que no puede hablar de su pasado ni de la pesada mochila de la presidencia de su padre, pero tampoco de la suya propia. Sabe que lo único que le queda es saltar hacia el futuro rezando que pueda llegar impune.

Aunque algún desvariado llegue a pensarlo, un soliloquio no es un discurso de un loco solitario. Según el Diccionario de la Real Academia Española, soliloquio es: "Discurso. reflexión en voz alta y sin interlocutor". Con el agregado de una segunda que matiza con: "Parlamento que de este modo hace un personaje de obra dramática o de otra semejante”. Ambas acepciones ayudan a sintetizar el discurso de Luis Lacalle Pou celebrando los 190 años de fundación del Partido Nacional.

No hay dudas de que las palabras del expresidente, cuyo gobierno fue derrotado en las urnas impidiendo la reelección de su partido, no fueron dichas a solas. Sin embargo, no estaría de más reflexionar sobre la escasa comparecencia ante la profusa convocatoria realizada.

Tal vez por eso, sabedor de su limitada capacidad de atraer, ya no partidarios sino simplemente espectadores, se solicitó una cadena nacional de radio y televisión para intentar diseminar un mensaje que hoy no tiene llegada por sus propias fuerzas. De hecho, bien podría intentar utilizar las redes sociales y los canales que la tecnología, sin mucho gasto, permiten reproducir un mensaje en vivo y en directo por streaming.

El problema no es de capacidad logística y tecnológica sino de real peso político. Mucho más cuando tiene a su disposición fieles medios de comunicación que obedecen a esa confluencia de intereses, no sólo ideológicos sino de abundante riego de pauta publicitaria cuando se reparte la torta de los dineros públicos si está al frente de un gobierno. O peor, cuando se le regalan millones de dólares a la troica de los tres grandes canales históricos de la TV privada gracias al desvío de fondos de Antel en una compra inutil e inmoral. No fue la única en su gobierno, que hoy por hoy es considerado el más corrupto de la historia, y no solo la reciente, exceptuando a la dictadura, faltaba más. Incluyendo, por cierto, a la otra dictadura, la de Terra, que su bisabuelo supo apoyar, fiel a esa coherencia reaccionaria del herrerismo.

Otro aspecto curioso radica en la debilidad que Luis Lacalle Pou asume al reclamar una cadena nacional del Estado solicitada al Gobierno del Frente Amplio. No hay que olvidar que se trata del mismo medio de difusión que durante su quinquenio negó sistemáticamente a la más grande organización social del país, el PIT-CNT, alegando que la cadena nacional solo está para emitir mensajes de interés nacional, con el agregado, a esta altura cómico, de esgrimir que no es para fines partidarios. Otra demostración, no ya de sus contradicciones, no ya de su pasado que no resiste el más mínimo archivo, sino de un ser sin rigor ético. En ese sentido, Luis Lacalle Pou es un patán.

La sola mención de los actos de corrupción de los que, lejos de pasar a saludar, fue el principal autor y operador es una lista difícil de reproducir por lo extensa. A lo que se suma la extrema impericia política al elegir a sus ministros. Es por lejos el presidente con más cantidad de ministros renunciantes en un lustro de los últimos 40 años. Al punto que quienes no renunciaron, tampoco pudieron exhibir ninguna buena gestión. Las urnas lo demostraron.

El Partido Nacional, no el herrerismo, como organización política, tiene todo el derecho de invitar al acto y buscar difundirlo de la mejor manera. Pero no es eso lo que motiva la confusión generada con la aceptación del presidente Yamandú Orsi al entregársela. Ante no pocas opiniones en contra de aceptar brindarle a Luis Lacalle Pou lo que su gobierno negó, queda demostrado que no hay que ser como ellos.

Lección y pico sobre una diferencia que expresa una notoria cultura democrática distinta. A tal punto que sobre esa diferencia de prácticas de la Democracia con mayúscula, que exige convicciones fuertes y coherencia ideológica y política, en sus palabras no se atrevió siquiera a realizar mención alguna sobre la concesión.

Claro que la real incidencia del acto no se puede medir en la esmirriada presencialidad del arrastre de los blancos en la hora actual. Más allá de la importancia de poner el cuerpo en lo ritual, el acto adquiere su magnitud a través de los medios de comunicación que lo estructuran como espectáculo-mercancía, pero también en tanto ceremonia-acontecimiento. En este caso, en la épica de una de las divisas originadas en el combate fratricida por encaramarse en el poder tal cual lo establecía el sentir político de la época y los intereses en juego para enterrar al artiguismo y pelear a degüello por imponer su dominio.

La adhesión a este tipo de actos está impregnada de elementos que trascienden el evento y lo multiplican. Pero, al contrario de lo que se podía pensar, no fue un acto del Partido Nacional ni de su historia. La escena estuvo configurada en clave unipersonal, lejos de lo colectivo de una organización partidaria que suele autodenominarse colectividad. Nada más lejos de la realidad que semejante contradicción personalista.

Si hoy se analiza un culto a la personalidad en el Uruguay, el PN demuestra su total dependencia a un poder personal impuesto por herencia familiar mediante el aparato recaudador más eficiente de la política nacional: el herrerismo y sus múltiples vínculos de clase regados con financiación opaca en favor de la representación directa de la oligarquía más rancia que solo concibe la administración del país por sus propios dueños.

Lo expresó muy claro, no solo el discurso totalmente autorreferencial, sino también en la configuración espacial de esa misa en escena. Implica un espacio configurado, no para integrar al correligionario presente, o mejor dicho ausente, sino para convocar la iniciación de un rito altamente segmentado en función de una dirigencia derrotada que pretende exhibir una fuerza que no tiene. Y se nota.

En ese sentido, la parafernalia del cotillón usual en estos casos, de emblemas identitarios y cantos alusivos, tal vez por lo poco fermental y apocado de la concurrencia, igualmente entró en contraste con un discurso emitido desde su debilidad y vulnerabilidad ante posibles convocatorias de la justicia.

Un soliloquio también es un monólogo, y el acto fue eso. No fue pensado asamblea, los blancos hace mucho que perdieron cualquier tradición al respecto y sería ilógico pretenderlo cuando no conviene abrir ninguna discusión interna ni evaluación alguna sobre desempeños personales. Sin embargo, una pregunta pertinente podría ser la de inquirir respecto de si, acaso alguna vez, Luis Lacalle Pou se animará a realizar una profunda rendición de cuentas de su manejo del gobierno y de la realidad en que dejó al país.

En ese sentido, lo que exhibió fue una pasmosa cara de póker, pretendidamente estudiada para parecer imperturbable a cualquier análisis concreto y haciendo lo imposible para que la retórica, en el sentido más vacío del término, cumpla con la tarea de ocultar, para que el discurso discurra por lugares comunes, perogrulladas y abstracciones que expresan la cobardía de no encarar su responsabilidad. Algo curioso porque muchos de quienes le adornaban el tinglado están a punto de pagar el pato ante los casos de corrupción, y vaya si necesitan que el expresidente asuma y no sean ellos los chivos expiatorios que van al sacrificio, aunque se lo merezcan.

Lacalle Pou intuye que no puede hablar de su pasado ni de la pesada mochila de la presidencia de su padre, pero tampoco de la suya propia. Sabe que lo único que le queda es saltar hacia el futuro rezando que pueda llegar impune. Pero eso no quiere decir que pueda hacerlo inmune.

Para eso necesita colocarse este tipo de máscaras, para también enmascarar la realidad, y de paso intentar que todos se parezcan bastante, que no es otra cosa que jugar a las mascaradas de una política concebida como estrategia electoral y carrera personal.

No hay que olvidar que toda organización termina jerarquizando el papel de los mediadores. La diferencia está en si se apuesta al juego de rituales solo con la mediación de un líder, o, mejor dicho, el dirigente inamovible, no por sus grandes dotes de liderazgo sino por su alto nivel de coacción ante secuaces cómplices que terminan por claudicar cualquier aspiración o debate de ideas y prácticas en favor de integrar la camarilla dominante.

A la hora de señalar el modus operandi de los conglomerados de las clases dominantes cada vez menos policlasistas, a diferencia de su pasado, no estaría mal que desde la izquierda nos miremos ante más de un espejo. Más cuando también están en entredicho nuestras propias prácticas.

La diferencia debería estar en discernir y extirpar cualquier adoración acrítica y toda imposición de liderazgos, fuertes o tibios, y mucho menos los autoritarios, en favor de una manera de comunión más diversa que incorpore múltiples saberes y sensibilidades, además de la paridad de género en todos los niveles y en cualquier orden, no siempre secundando.

Y de paso, integrando la profundidad de las acciones de personas poniendo el cuerpo movilizado como esencia de la imprescindible correlación de fuerzas que la transformación social requiere y el proyecto político necesita “como el aire que exigimos trece veces por minuto, para ser y en tanto somos”, como escribió Celaya y cantaba Paco Ibáñez. Por eso lo de antes, lejos del soliloquio y no ser como ellos.

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