En 1947 la resolución 181 de las Naciones Unidas instituyó la Partición de Palestina que habilitaba el emplazamiento de dos países vecinos. Apenas se resolvió la independencia de Israel, un año después, Egipto ocupó Gaza y Jordania hizo lo propio con Cisjordania. Sendas ocupaciones –en las que no se le concedió la independencia a Palestina– continuaron hasta 1967 en que dichas regiones fueron ocupadas militarmente por Israel, luego de la Guerra de los Seis Días.
Más allá de la historización, la representación actual de este nuevo capítulo de la masacre –con las diferenciales formas de sensibilidad que producen– no parecen ser ecuánimes: las víctimas palestinas son representadas como números sin fisonomía, sin rostros. Por su parte, las israelíes trasuntan un dolor humanizado acompañado de rasgos, nombres y homenajes. Toda cuantificación comparativa del dolor supone una inmediata defección de cálculo sensible: la pérdida de un hermano, un hijo, una niña, es una completa ruina vital, posea el origen que tenga. Frente al gemido de la caída no hay musulmanes ni judíos. No hay comparación numérica. Solo hay reguero de calvario humano.
La característica estructural de esta catástrofe tiene los pies hundidos en una dimensión práctica, en la medida que se instaura sobre la base de una decisión política fundada en lógicas de ocupación. Para el parlamentario israelí Ofer Cassif, integrante de la Lista Conjunta árabe-judía –de militancia antisionista–, “ninguna ocupación colonial justifica el ataque terrorista contra población civil ejecutado por Hamás. Y ningún ataque llevado a cabo por Hamás, por cruento que sea, habilita el bombardeo terrorista contra población civil, llevado a cabo por Israel en Gaza”.
El conflicto en el Mediterráneo oriental posee externalidades geopolíticas: tensiona a la alianza de 31 socios de la OTAN que enfrentan a la Federación Rusa en Ucrania sin haber podido, hasta la actualidad, derrotar a Moscú, ni en términos militares ni económicos. En este marco, el unilateralismo del G7 se ve debilitado con un nuevo frente de conflicto en el que se resiente el andamiaje occidental destinado a limitar a los BRICS. Mientras Washington y Bruselas intentan alternativizar o sabotear la articulación del Sur Global con la Ruta de la Seda, verifican con preocupación cómo los países de mayoría islámica se alinean con Moscú y Beijing.
En 1929 Albert Einstein envió una misiva al científico británico de origen bielorruso, Jaim Weizmann, en la que se consignaba: “Si nosotros nos revelamos incapaces de alcanzar una cohabitación y acuerdos con los árabes, entonces no habremos aprendido estrictamente nada durante nuestros dos mil años de sufrimientos y mereceremos todo lo que llegue a sucedernos”. Weizmann fue elegido como primer presidente de Israel dos décadas después de haber recibido aquella carta. Luego del fallecimiento de este último, en 1952, se le pidió formalmente a Albert Einstein convertirse en su sucesor. Sin embargo, el físico galardonado con el Premio Nobel desechó el ofrecimiento.