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Columnas de opinión | mercado

Cuando el mercado termina frenando el comercio

Lo ocurrido en los puertos argentinos pone en evidencia una paradoja difícil de ignorar. Una medida que buscaba desregular el funcionamiento del sistema terminó provocando un paro total

La desregulación se ha convertido en uno de los ejes centrales del gobierno de Javier Milei. Bajo la premisa de que el Estado constituye un obstáculo para el desarrollo y que los mercados funcionan mejor cuanto menor es la intervención pública, la administración argentina ha impulsado una batería de reformas orientadas a flexibilizar normas, reducir regulaciones y abrir sectores considerados estratégicos. El conflicto desatado en torno al servicio de practicaje y baquía constituye un ejemplo paradigmático de las tensiones y contradicciones que este modelo comienza a mostrar.

Lo ocurrido en los puertos argentinos pone en evidencia una paradoja difícil de ignorar. Una medida que buscaba desregular el funcionamiento del sistema terminó provocando un paro total de prácticos, pilotos y baqueanos, paralizando la entrada y salida de buques en los principales puertos del país y afectando directamente las exportaciones, el abastecimiento de combustibles y buena parte del comercio exterior. Es decir, una política concebida para "agilizar" la economía terminó, al menos en el corto plazo, frenando una de sus actividades más estratégicas.

El episodio invita a una reflexión más amplia. La discusión no pasa por sostener que toda regulación es positiva ni que los cambios institucionales no sean necesarios. Las normas deben revisarse periódicamente, eliminar burocracias innecesarias y adaptarse a nuevas realidades productivas. Sin embargo, existe una diferencia sustancial entre modernizar un sistema y desregular sin considerar la complejidad institucional, técnica y social de sectores estratégicos.

El servicio de practicaje no constituye una mera exigencia administrativa. Se trata de una actividad especializada vinculada a la seguridad de la navegación, al conocimiento detallado de los canales, ríos, mareas y condiciones operativas de cada puerto. En prácticamente todos los grandes sistemas portuarios del mundo existen mecanismos regulatorios que establecen requisitos técnicos para quienes desarrollan estas funciones. La discusión puede centrarse en su organización, sus costos o sus modalidades de contratación, pero difícilmente pueda reducirse a la idea de que cualquier regulación representa un obstáculo para la eficiencia.

Desde una perspectiva de izquierda, el conflicto revela además otro aspecto de fondo: la tendencia a concebir la desregulación exclusivamente como una reducción de derechos laborales y de capacidades estatales, sin considerar que muchas de esas instituciones cumplen funciones de interés público. Los gremios sostienen que la nueva normativa no solo afecta las condiciones laborales de cientos de trabajadores altamente calificados, sino que también modifica un sistema construido durante décadas para garantizar estándares de seguridad en la navegación.

Más allá de la posición que cada uno adopte frente al reclamo sindical, el hecho concreto es que la política terminó generando un conflicto de enorme costo económico. Buques detenidos, exportaciones demoradas, terminales congestionadas y dificultades logísticas representan pérdidas para productores, exportadores, empresas de transporte y para el propio Estado. La paradoja resulta evidente: una política orientada a reducir costos terminó generando costos extraordinarios para el conjunto de la economía.

El debate adquiere una dimensión aún mayor cuando se incorpora la cuestión de la soberanía. Diversos sectores políticos, organizaciones sindicales y medios críticos del gobierno sostienen que las reformas impulsadas en la Hidrovía, la marina mercante y los puertos no constituyen únicamente un proceso de desregulación económica, sino una redefinición del papel del Estado sobre infraestructuras estratégicas. Desde esa perspectiva, advierten que la flexibilización de normas y la mayor participación de operadores extranjeros pueden debilitar la capacidad de decisión nacional sobre corredores logísticos fundamentales para el comercio exterior argentino.

En este contexto también se inscriben las críticas a la intervención del Puerto de Ushuaia y a la falta de avances en proyectos considerados estratégicos, como el Canal Magdalena. Para estos sectores, el riesgo no radica únicamente en la pérdida de puestos de trabajo, sino en una menor capacidad del Estado argentino para definir el desarrollo de sus propias vías navegables, puertos y conexiones logísticas, en un escenario regional donde la competencia entre terminales y corredores de exportación es cada vez más intensa.

Esto no significa desconocer que los sistemas portuarios requieren reformas. Existen desafíos vinculados a la eficiencia, la incorporación de nuevas tecnologías, la digitalización de procesos y la mejora de la competitividad. Pero esas transformaciones difícilmente puedan sostenerse si prescinden del diálogo con los actores involucrados, de evaluaciones técnicas rigurosas y de una planificación que considere los efectos sobre la seguridad, el empleo y la continuidad operativa.

El caso argentino demuestra que no toda regulación constituye una traba y que no toda desregulación genera automáticamente mayor eficiencia. En sectores estratégicos, donde convergen intereses económicos, laborales, ambientales y geopolíticos, las instituciones cumplen funciones que trascienden el mercado. Desmontarlas sin construir mecanismos alternativos puede terminar debilitando aquello que se pretende fortalecer.

La experiencia reciente deja una enseñanza que excede a la Argentina. La competitividad no depende únicamente de reducir normas o disminuir el tamaño del Estado. También requiere instituciones confiables, estabilidad regulatoria, infraestructura adecuada, trabajadores altamente calificados y capacidad de coordinación entre los sectores público y privado. Cuando alguno de esos componentes se rompe, las consecuencias no recaen solamente sobre quienes participan del conflicto, sino sobre toda la economía.

El episodio de los puertos argentinos pone en cuestión una visión simplificada según la cual el mercado, por sí solo, resolvería problemas complejos de organización económica. La realidad muestra que los sectores estratégicos requieren reglas, capacidades estatales y consensos que permitan compatibilizar eficiencia, seguridad, trabajo y soberanía. Prescindir de ese equilibrio puede terminar produciendo exactamente el efecto contrario al buscado: más incertidumbre, más conflicto y una economía menos dinámica.

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