Estos, a nivel de masas, sin embargo, se convierten cada vez más en sustitutos de la telefonía directa. Es decir, son muy raros quienes hoy sostienen el código de llamar por teléfono; si el otro lo puede atender, lo atiende; si no puede, le devuelve la llamada, para tener de esa manera una comunicación muchísimo más enriquecida que la que se pueda dar por audios o por mensajes de texto de WhatsApp o de otras redes sociales. Además de menos fatigosa. Esta vez la máxima de Virilio se ha convertido en involucionista: hemos perdido el ascensor para ganar la escalera, porque ciertamente no hay adquisición sin pérdida.
Santiago Alba Rico, columnista español y ensayista de la Red Voltaire, entre otras, afirma que tendencialmente nuestra ágora actual son individuos aislados dándose la espalda, digitando mensajes para teléfonos con función de secretarios filtradores de la comunicación. No obstante, sí se ha adquirido un carácter evolutivo con la videollamada en vivo, que además puede ser grupal. Este aspecto, aplicado sobre todo en los ámbitos laborales, tuvo entre otros pioneros a Carlos Perciavalle y China Zorrilla, que trabajaron buena parte de su vida comunicándose telefónicamente entre Uruguay y Argentina, e incluso hicieron un espectáculo teatral basado en sus comunicaciones telefónicas. Pero esta tendencia en los ámbitos laborales refiere a comunicaciones menos cuantiosas que las de la vida en los ámbitos estrictamente personales. Y esta cuestión no hace más que agravar un mundo en el que, según Godbetter, los seres humanos estamos profundamente solos y aturdidos, temblando, conteniendo el llanto y sin saber qué hacer, aparte del mensaje de WhatsApp que puede, si se lee, eventualmente librarnos de una urgencia.
En cuanto al segundo motivo para utilizar tecnologías analógicas en las comunicaciones de los centros mundiales de decisión, es la seguridad de evitar intercepciones y espionaje. Por eso Putin declaró que había leído una carta que le envió Jamenei, el líder supremo de Irán, en forma epistolar “decimonónica” prácticamente. Esto ya ocurría en tiempos de la resistencia a la dictadura en Uruguay. A veces los contactos debían hacerse con un chiclet, que era un papel pequeño donde escribíamos seña, contraseña, lugar y horario. Lo plegábamos hasta que tuviese la forma de un chicle, lo forrábamos de cinta adhesiva y, de esa forma, nos asegurábamos de que, en caso de caer, quien tuviese la información masticase y tragase el "chicle", salvando al destinatario de una “ratonera”, evitando que el otro cayera. Era para evitar además los teléfonos que podían estar pinchados. Ya por seguridad se evadía la tecnología.
Esta semana, al enterarme por Putin del modus operandi de su relación con su par iraní, imaginé al mensajero de esa carta, al chasque de esa misiva, haciendo escalas de avión inusitadas y pronto para, ante cualquier riesgo, trozar en papel picado el mensaje y engullirlo en un avión de línea o en la sala de un aeropuerto.
En cuanto al contenido de la carta, solo Jamenei y Putin lo saben. Es posible que éste, luego de leerla, la haya prendido fuego y tirado al váter las cenizas, tal cual el compañero receptor del “chicle” una vez desplegado, leído y memorizado.